Sábado, 16 de diciembre de 2017

Preceptos y valores

PRECEPTOS Y VALORES

 “El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable...El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”. El libro del Deuteronomio pone en boca de Moisés estas palabras que hoy se proclaman en la celebración de la Eucaristía (Dt. 30,10-14).
Sin duda estas observaciones eran útiles para los hebreos que sentían la tentación de pensar que los mandamientos eran imposibles de cumplir. El texto les decía que no estaban en las nubes, sino en su propio corazón. Pero esa reflexion no pertenece solo al pasado.  Alcanza en nuestro tiempo una evidente actualidad.
Adorar a Dios, honrar a los padres, defender la vida humana, promover una limpieza integral, luchar por la justicia y mantenerse fieles a la verdad. Esos valores, tutelados por los mandamientos, responden a los anhelos más profundos de nuestro corazón. Esos ideales éticos nos hacen personas y contribuyen a crear una cultura humana y humanizadora. 
 
EL DOBLE AMOR
 
Esos valores pueden ser descubiertos por la razón. Por eso son comunes a todos los pueblos. Ahora bien, lo específico de los cristianos es que los hemos visto reflejados en Jesús de Nazaret. La carta a los Colosenses nos presenta hoy a Cristo Jesús como imagen del Dios invisible y como principio y prototipo del ser humano (Col 1, 15-20).
 En el evangelio que se proclama en este domingo reaparece la pregunta por los mandamientos (Lc 10, 25-37). Un letrado pregunta a Jesús cuál de ellos es el más importante. Tal vez era una pregunta teórica. Entre los letrados se discutía cuál de los mandamientos era el más importante. El gancho del que podía colgar toda la Ley.
 También en nuestro tiempo es importante esa pregunta. El Papa Francisco nos dice que la evangelizacion ha de centrarse en el núcleo central de la fe, que es el amor misericordioso de Dios. Pero nosotros solemos hablar de todo menos de Dios. 
De todas formas, Jesús devuelve la pregunta al letrado. Así podemos descubrir que él mismo había ya descubierto la importancia de los dos mandamientos principales: el amor incondicional a Dios y el amor desinteresado al prójimo.
  
 EL PRÓJIMO
 
Es verdad que en aquel tiempo muchos se preguntaban quién es el prójimo al que hay que amar. Algunos se negaban a reconocer como prójimos a los que no pertenecían a su pueblo, a su religion y a su cultura. Otros, rechazaban a los vecinos que no cumplían la ley.
• Esa cuestión permanece en nuestro tiempo. De hecho, excluimos del amor a pobres e inmigrantes, a niños no nacidos o a enfermos incurables. Tenemos nuestros propios criterios, que a veces llamamos “carismas”. No reconocemos como prójimo al que Dios nos presenta.
• El criterio para reconocer al otro como prójimo es muy discutible. Rechazamos al que no simpatiza con nuestro equipo deportivo. O al que no da su voto a los políticos de mi partido. ¿Por qué es tan difícil firmar alianzas para el bien de todos? ¿Quién nos ha dado el derecho de excluir a los demás?
- Señor Jesús, con la parábola del Buen Samaritano te has reflejado a ti mismo. Nos has enseñado a descubrir a nuestro prójimo. Y nos has enfrentado con nuestra última verdad. Bendito seas, Señor. Amén.
                                                                                  José-Román Flecha
 
VISITAR Y CUIDAR A LOS ENFERMOS
 
Esta obra de misericordia nos exhorta a conocer la suerte de los enfermos. Y nos recuerda que es preciso completar la eficiencia técnica con una presencia humana al lado del enfermo. La atención a la fragilidad de los enfermos hace más evidente que nunca la necesidad de vivir y de transmitir la ternura.
 La atención a los enfermos es en el Antiguo Testamento un signo del poder de Dios. Abandonado por sus propios parientes, un enfermo pide a Dios que no lo deje bajar al abismo (Sal 88). Otro enfermo expone ante el Señor el estado en que se encuentra, para pasar inmediatamente a implorar su compasión (Sal 102).
  Junto a la protección divina, también la compasión humana es importante para el enfermo. El profeta Elías se compadece de la enfermedad que llega a la casa que le ha acogido. Cuando el hijo de la viuda de Sarepta cae enfermo, Elías ora por él y se lo devuelve vivo a su madre (1 Re 17,17-24).
 En los evangelios se dice que quienes tenían enfermos los traían hasta Jesús (Mc 1,32; Lc 4,40) y los colocaban en las calles para que él los curara a su paso (Mc 6,56). Se recuerda que Jesús sanó a muchos de sus plagas y enfermedades (Lc 7,21).
Esa tarea forma parte del mandato de Jesús a sus discípulos: sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos (Mt 10,8). De hecho, Jesús los envía a predicar y a sanar a los enfermos (Lc 9,2; 10,9). Finalmente, en la profecía del juicio final Jesús se identifica con el enfermo que espera ser visitado (cf. Mt 25,36.39).
En la carta de Santiago se encuentra una referencia explícita a un rito de unción y de oración sobre los enfermos. Esa oración y esa unción se identifican generalmente con el sacramento de la unción de los enfermos (Stg 5,14).
 Muchos piensan que hoy no queda espacio para llevar a cabo esta obra de misericordia. Pero no es verdad. Todos podemos aprender las tres actitudes que san Juan Pablo II extraía de la parábola del Buen Samaritano.
• Hay que cultivar la sensibilidad humana para aprender a detenerse para descubrir el dolor de los que sufren.
•   Es necesario aprender a compadecerse y colocarse sinceramente en el puesto de la persona que sufre.
• Hay que aprender a prestar al enfermo, y en general a todas las personas que sufren, una ayuda apropiada y eficaz, tanto personal como institucional.
Quien se acerca con delicadeza y generosidad a un enfermo recibe más que lo que entrega. Con su paz y su oración, el enfermo nos descubre lo que somos en realidad. Nos revela nuestra debilidad y la fuerza de la gracia. El misterio de la cruz de Cristo.  Al visitar y atender al enfermo, nos acercamos al Señor.
Esta obra de misericordia constituye también en nuestros días un gran desafío para promover una mayor humanización de la sanidad. Y una defensa decidida de la dignidad de la persona humana.
                                                                 José-Román Flecha Andrés