Lunes, 18 de diciembre de 2017

El peregrino de las 7:35

Cada mañana encuentro a uno diferente. Casi siempre camina solo. Hombre o mujer. En pareja algunas veces. Si no lo veo, lo añoro: habrá madrugado más huyendo del verano, habrá alargado el descanso por el peso de los días… El bastón apoya sus pasos. Una gorra o sombrero alivia el calor ya decidido del sol naciente. La mochila dibuja la silueta de su espalda. Las zapatillas van dejando huella en sus suelas desgastadas. Los ojos a los que no puedo mirar calculan horizontes y destinos. El agua todavía guardada refrescará la seca garganta. La brisa acaricia los primeros sudores. El silencio mece sus voces interiores. Es el peregrino que a las 7:35, minuto arriba, minuto abajo, dejo a uno u otro lado de la carretera, entre la ciudad y el estadio. Salamanca atrás, y allá, en lontananza, al cabo de unos cuantas mañanas, Santiago.

Es su primera etapa o quizá ya lleva varias jornadas. Llegará a Compostela o tendrá que volver a casa sin ganar el Monte del Gozo y abrazar al Apóstol. Seguirá caminando solo o se le unirá algún compañero de fatigas. Tendrá que parar y rehacer sus planes o todo saldrá según lo previsto. Rezará o buscará y se buscará de otra manera. Repetirá o aquella aventura de enmochilarse y gastarse las plantas de los pies se le ocurrirá sólo una vez en su vida, pero de alguna forma, continuará caminando, y al caminar, será ejemplo.

A las 7:35 conviene toparse con alguien libre, anónimo, dispuesto, un punto loco y enamorado, inquieto consigo y con todo, sin miedo al silencio ni al cielo, abridor de senderos nuevos sobre senderos que otros ya surcaron y despejaron. Es buena hora para contemplar, durante apenas un instante, la libertad en figura humana de peregrino, y saludar agradecido su verdad itinerante, y preguntarte, y soñar, y saber que estás en camino…