Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Respeto institucional

Cada vez es más importante el clamor de la sociedad de Salamanca en pro de una Universidad que sea consciente de lo que significa para la ciudad.

Es necesario que entre las instituciones haya respeto. Es importante que colectivos reconocidos sean respetados por las instituciones. Y hay personas individuales que también son reconocidas por las instituciones, que también son respetadas.

Especialmente la Universidad de Salamanca debe ser una de esas instituciones que debe velar, pulcramente, por la educación, por el respeto, por la tolerancia, por la integración, por el apoyo colectivo e individual, por el impulso a los valores que hay detrás de las denominaciones de títulos académicos. La razón no se presupone, se demuestra.

Últimamente, los miembros de la comunidad universitaria lo están perdiendo. Están perdiendo gran parte del respeto institucional. Respeto institucional por la ciudad, por sus instituciones locales, por sus ciudadanos, por los miembros de la comunidad y por los turistas nacionales y extranjeros. Del mismo modo, lo están haciendo por los profesionales que trabajan en la ciudad. El ejemplo que son e inspiran (o eran e inspiraban) entre las gentes de Salamanca está cayendo en picado. Su prestigio personal (por su educación), profesional (por la formación) y social (por ser el motor económico de una ciudad sin industria) lo están dinamitando algunos de sus miembros. Miembros que están ejerciendo sus actividades ajenos a la ciudad que les acoje, incluso, miembros que está permitiendo e impulsando determinados incumplimientos de la legalidad vigente. No en vano, han perdido su sentido de vocación de lo público, de la responsabilidad de ser trabajadores de lo público, de sentirse por encima de mucha gente.

Algunos de estos trabajadores, de diferente rango y condición, llevan, de un tiempo a esta parte, tratando con condescendencia a los trabajadores y las gentes de Salamanca. Nadie es ajeno a esa falta de respeto institucional, que se concreta en expresiones peyorativas y despectivas a profesionales de esta ciudad. Quizá no a todos, pero si a una mayoría cada vez más sonora de la comunidad universitaria, decirles: Los profesionales de Salamanca no son unos seres despreciables, aun cuando parte de su vida económica gira entorno a la Universidad, no sólo viven de ella. Están ejerciendo su trabajo con el mismo respeto que el de cualquier otro miembro de la Universidad. Es más, cuando se pierde la osadía de contestar así a quien, con sus impuestos mantiene lo público, estamos perdiendo el respeto institucional.

No veremos u oiremos a los trabajadores de Salamanca quejarse de algo en concreto, pero cada vez es más importante el clamor de la sociedad de Salamanca en pro de una Universidad que sea consciente de lo que significa para la ciudad. Una institución que no gire sólo sobre sí misma y a espaldas de la ciudad que la acoge. Por mucho que pueda preparar una efeméride como el 800 Centenario con esmero, con fuerte contenido cultural, formativo, congresual, etc. de nada sirve, si lo hace sin contar con la ciudad. Ya hay mucha gente que clama contra las actitudes que la Universidad ha venido haciendo en las últimas fechas. Un calendario académico cada vez más laxo, menos exigente. Un calendario con menos clases, menos exámenes, menos exigencias en los resultados académicos que acaban con cursos finalizados en diciembre y en mayo-primeros de junio, que dejan a la ciudad vacía, muerta, sin vida. Una Universidad que está a merced de su propia inercia en muchos casos sin sentido. Ninguna lógica tiene que se celebren graduaciones académicas desde el mes de abril, cuando aún queda curso. De qué sirven las lágrimas, los abrazos, los besos y cartas de despedida del día de la graduación si al lunes siguiente seguimos con clases, prácticas y exámenes. La lógica académica de otros centros docentes llevaría las graduaciones al período de mediados de junio a julio. Con ello se conseguiría un importante favor a la ciudad: se prolongaría la vida, la estancia, el color que da la juventud universitaria a nuestras calles, nuestros bares, nuestros restaurantes y terrazas. Del mismo modo, con ese cambio de temporada, ventas de ropa, de estética, de complementos se potenciaría nuestro comercio, nuestros servicios y la publicidad de todos ellos. Alargaríamos la vida económica de nuestra ciudad.

Los cursos académicos universitarios han pasado de  11 meses (antes los períodos académicos de funcionamiento iban de septiembre a julio) a unos exiguos 9. Tras la falacia del ahorro para los universitarios, se esconde un cierto aire a menor esfuerzo, menores ganas, menor exigencia, todo ello ahondando en las arcas de la ciudad, en el flujo que mueve el corazón de Salamanca. Su principal industria está funcionando en mínimos, no por falta de medios, si no por falta de energía de sus partes, de los miembros de la comunidad.

Comenzar un calendario académico a primeros de septiembre, impulsaría mayor vida en las Ferias y Fiestas, regenerar con las nuevas inscripciones a los agotados con las últimas graduaciones. Traer la frescura a las celebraciones, aprovechar los beneficios del cambio climático con unos meses de septiembre y octubre aún calurosos como para hacer vida de calle. Si bien es cierto que deberían haber ido de la mano Ayuntamiento, Diputación, Cámara de Comercio y otras instituciones económicas y sociales de la ciudad con las universidades para que se hubiera pedido con decisión una mejora en las becas universitarias que son las que permiten y atraen estudiantes a una ciudad universitaria como esta. Esa acción no se produjo y hoy no llega la gente ni el dinero.

Es tiempo de respeto. De apaciguar la tensión. De pensar que, por muchos recortes a la educación pública, a los sueldos públicos a los recursos para la Institución universitaria, nunca es comparable a los sufrido por las bases de la ciudad. Los ciudadanos de a pie, los pequeños comercios, los profesionales freelance están tratando de subsistir con una carga fiscal del 46% que mantiene esas estructuras públicas. Emprendedores y autónomos que si acaso llegan a final de mes con márgenes de 800 a 1000€ para que viva su empresa o su actividad y su propia vida, frente a sueldos que oscilan entre los 1.500 y 4.000€ con cargas impositivas del 21%, pero limpias de polvo (seguros sociales) y paja (impuesto de sociedades o IVA). Puede que antes, como un mantra se repitiera machaconamente que, en la Universidad están los mejores, los mejores expedientes y los que han trabajado duro por sacar una carrera y por sacar su puesto de trabajo. No seré yo quien lo niegue, pero hoy día muchos trabajadores de calle tienen titulaciones, masters, doctorados o diferentes cursos que demuestran sus capacidades, pero no han podido pertenecer a la comunidad universitaria.  Solo pedir respeto institucional de los trabajadores de la Universidad hacia los ciudadanos. Una comunión en la que todos caben.