Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Una de Historia

En las Elecciones Generales a Cortes celebradas en noviembre de 1933, durante la Segunda República (1931-1939), la victoria fue de las derechas con 204 diputados, donde la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), obtuvo 115 actas y fue el partido más votado. Los partidos de centro sacaron 168 escaños, destacando el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux con 102. El triunfo inequívoco de las derechas sorprendió a todos, y particularmente a los atónitos anarquistas que no habían querido participar en el proceso electoral.

Las izquierdas obtuvieron 94 diputados; 58 el Partido Socialista Obrero Español, 19 Esquerra Republicana de Cataluña y 17 otros. A la derrota contribuyeron la insensata abstención de los anarquistas, muy críticos con el Gobierno, la irreparable conflictividad social, que volvió conservadores los votos, como conservador aseguran los expertos que votaron las mujeres cuando lo hicieron por primera vez en nuestra Historia.

Según los resultados de las elecciones debería formar Gobierno el partido de derechas más votado, la CEDA, pero la intensa conflictividad social lo desaconsejó, por lo que el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, nombró jefe del Ejecutivo a Alejandro Lerroux, líder del Partido Republicano Radical. La CEDA se comprometió a apoyarlo en las Cortes. Deudores de sus promesas, el nuevo Gobierno paralizó la reforma militar y los estatutos de autonomía, anuló la reforma agraria y las expropiaciones, decretó la libertad de contratación y de salarios. Las escuelas dejaron de ser mixtas, se restableció la financiación del clero y se detuvo la secularización de la enseñanza. Esta rectificación de la política del bienio anterior trajo un aumento de los disturbios y algaradas en el campo y en las ciudades, dirigidas por los sindicatos UGT y CNT. Pero lo que hizo estallar vértigos y tormentas fue la aprobación, en abril de 1934 de la Ley de Amnistía para los militares golpistas contra la República –José Sanjurjo-. Los truenos provocaron la caída de Lerroux. El 28 de ese mes Alcalá Zamora nombró jefe del Gobierno a Ricardo Samper, otro republicano radical, que continuó en la línea de deshacer las reformas del bienio anterior; derogó la Ley de Términos Municipales y expulsó a los aparceros de las fincas que habían ocupado al amparo en la Ley de Intensificación de Cultivos.

En estos primeros meses de gobierno “restaurador”, el PSOE se radicalizó con Francisco Largo Caballero, rompió con los partidos republicanos burgueses y formó un frente con anarquistas y comunistas, para hacer la revolución social y tomar el poder. Seguramente la situación internacional justificó esta alianza; Adolf Hitler en Alemania y Benito Mussolini en Italia perseguían a socialistas y anarquistas, y en Austria, Engelbert Dollfuss había prohibido todos los partidos políticos.

La izquierda, recelosa, temía que en España ocurriese algo similar, por lo que decidieron adelantarse e iniciar la necesaria rebelión en septiembre, mas al llegar el final del verano entendieron que la enmarañada situación no era la propicia, y aplazaron el levantamiento para octubre.

  -En octubre será nuestro Octubre –dijo Largo Caballero, en velada referencia a la revolución rusa de octubre de 1917 en la que los bolcheviques se hicieron con el poder.

Los acontecimientos les allanaron el camino. El primero de octubre dimitió Samper por enfrentamientos con Lluis Companys, presidente de la Generalitat. El “Honorable” pretendía poner en práctica la Ley de Contratos de Cultivos aprobada por el Parlament y por la Generalitat, que había sido declarada inconstitucional por el Tribunal de Garantías Constitucionales. Companys sostenía que el fallo del alto tribunal era un ataque al Estatuto de Autonomía de Cataluña.

El 4 de octubre Niceto Alcalá Zamora volvió a nombrar a Alejandro Lerroux jefe del Ejecutivo, y al formar su Gobierno, Lerroux incluyó a tres miembros de la CEDA como ministros de su gabinete (Justicia, Agricultura y Trabajo).

  -El poder ha de ser íntegro para nosotros (…) La democracia será un medio, no un fin –había dicho el diputado salmantino José María Gil Robles, líder de la CEDA.

Ante estos nombramientos la izquierda española, alarmada, creyó que la derecha iba a dar un giro al fascismo como Alemania e Italia, justificación más que suficiente, según ellos, para decidir que había llegado la hora de hacer la planeada revolución.

El 5 de octubre de 1934 la UGT convocó una huelga general revolucionaria conocida como la “Revolución de Octubre”. Al descontento, miedo e indignación de las izquierdas se unieron las reivindicaciones nacionalistas vascas, su proyecto de estatuto de autonomía había sido rechazado de nuevo en las Cortes, y las catalanas, por la cuestión de la Ley de Contratos de Cultivo que defendía Esquerra Republicana.

Excepto en Asturias, la CNT no participó ni en la huelga ni en el levantamiento. En Madrid hubo tiroteos por las esquinas y sacaron las tropas a las calles. En Cataluña proclamaron el Estat Catalá, dentro de la República federal española pero el ejército, leal al Gobierno central, bombardeó la sede de la Generalitat y liquidó sin dificultad la marejada catalanista -que tampoco consiguió el apoyo de la escurridiza CNT- suspendió su Estatuto de Autonomía y el presidente Companys y sus consejeros terminaron en la cárcel.

En Asturias la insurrección triunfó porque encontró amplio apoyo popular, incluidos los anarquistas, a la llamada Alianza Obrera. La revolución social asturiana, que allí se llamó Revolución Socialista de los Consejos Obreros, se puso en marcha. Los revolucionarios tomaron Asturias con las alarmas del miedo y la dinamita de las minas, y sitiaron Oviedo. Después de conquistar la capital destituyeron a las autoridades y por medio de comités organizaron la producción, la enseñanza, la sanidad, los servicios, etc. Habían hecho la revolución socialista y los proletarios tenían todo el poder.

El encargado de la represión fue Eduardo López Ochoa, Inspector General del Ejército, y el ejército colonial de Marruecos a las órdenes de Juan Yagüe Blanco, con el sobrecogedor resultado de unos 1.500 muertos y alrededor de 30.000 detenidos. Se dictaron 20 sentencias de muerte y las tropas africanas, Legión y regulares, fueron denunciadas por torturas y brutalidad.