Martes, 12 de diciembre de 2017

Cuando los súbditos votan (P. Zabala)

Recojo esta mañana tres breves reflexiones de P. Zabala, centradas en el hecho creciente de la falta de libertad y pensamientos que destruye nuestras sociedades:

1. Cuando los súbditos votan. El derecho y práctica del voto sólo tiene sentido... en sociedades maduras y libres, cando es un voto entre iguales,responsables de la vida pública.
En contra de eso, cuando los medios y el dinero (con el miedo y la búsqueda de seguridad inmediata en el pan y el circo, panem et circenses de los romanos) han convertido la sociedad en masas de clientes dirigidos por patronos... el voto se convierte en instrumento ciego y manipulado al servicio de los poderosos. Repito, ese fue el ocaso y razón de la caída del imperio romano.

2. La aventura de pensar. La democracia sólo es posible allí donde se instaura y extiende una sociedad del pensamiento en libertad, en la que cada uno se sabe dueño de sí mismo y responsable de los otros, en una búsqueda común en la que todos tenemos unos mismos derechos y obligaciones, en la línea de la Revolución Francesa: con Igualdad, Fraternidad, Libertad.
Pero está llegando una nueva barbarie hecha de manipulación de masas al servicio del fantasma de la propia seguridad (que es la seguridad de algunos, no de todos), una sociedad hecha de miedo a los otros, de engaño organizado. En estas condiciones, sin justicia y fraternidad, la llanada democracia no tiene sentido, es el poder de un "demos" que no es todo el pueeblo, todos los pueblos.

2. Camino de sabiduría. Hay un conocimiento superior, hecho de respeto ante la realidad, de conocimiento de sí, de compromiso solidario con los otros. Cuando falta esa sabiduría se destruye no sólo la esperanza de la vida, sino la misma vida de los hombres, que viene a caer bajo nuevos poderes de destrucción. O volvemos a los principios de la sabiduría o nos destruimos a nosotros mismos.

Los tres trabajos que siguen son de Pedro Zabala, buen amigo. Gracias por tu aportación, por su sabiduría, por su camino de conocimiento y, sobre todo, por tu libertad.

CUANDO LOS SÚBDITOS VOTAN

 

Pedro Zabala

Dicen que ya no estamos en el Antiguo Régimen, cuando los habitantes de las comunidades políticas se clasificaban por estamentos -nobles, eclesiásticos, plebeyos-. Tras las revoluciones que acabaron con él, la ley nos iguala, con independencia de nuestro origen, oficio o residencia. Más aún, nos declaró adultos políticos, dejamos de ser súbditos y nos convirtió solemnemente en ciudadanos.

¿Pero qué significa ser auténtico ciudadano?. Mientras que el súbdito es el sometido que vive en el miedo al poderoso, el ciudadano es un sujeto libre, que se siente miembro activo de una comunidad, en la que participa aportando sus opiniones al espacio público para resolver los inevitables conflictos, solucionar problemas comunes y designando a sus gobernantes, que deben responder ante él de su gestión.

Las fórmulas políticas para organizar esa nueva visión de la política son variadas, de acuerdo con la historia de cada país y de las luchas que se han desarrollado en él para conseguirlo. Pero tienen algunos rasgos comunes: La formulación de unos Derechos Fundamentales y la división del poder en tres áreas -ejecutiva, legislativa y judicial- según la clásica distinción de Montesquieu... Desde el principio, hubo dos concepciones opuestas para interpretar la nueva realidad: la liberal, que desconfía del Estado y reclama esos derechos humanos como anteriores y limitadores del mismo y la que exalta la voluntad general, como origen creadora de esos derechos, sin ningún límite al ejercicio del poder.

Conviene recordar la evolución histórica para llevar a la práctica esos Derechos fundamentales. Al principio el sufragio estaba restringido a los varones poseedores de un determinado nivel de riqueza. Las luchas políticas consiguieron su universalización; costó más el de las mujeres, las valientes sufragistas que arrostraron la cárcel y el escarnio social acabaron consiguiéndolo. A los de primera generación, propiedad privada, libertad de expresión y garantías jurídicas se añadirían los derechos económicos, sociales y culturales por efecto de los sacrificios del movimiento obrero.

Factor clave en los avances democráticos fue la existencia de una opinión pública que se convenció de su necesidad y acabó imponiéndose. Periódicos, hojas volanderas y folletos sin censura previa, ateneos libertarios, casas del pueblo ayudaron a la formación de corrientes de opinión que impusieron los cambios frente a las resistencias de los poderes dominantes.

La aparición de la radio, de la televisión y más recientemente de las nuevas tecnologías creadoras de redes sociales están dando lugar a formas interactivas de forja de opinión. Pero con un sesgo importante: la concentración de los medios de comunicación en manos del capitalismo y la expansión de esa forma degenerada de liberalismo que es el capitalismo globalizado. La implantación en las masas del pensamiento único, la mercantilización de todas las áreas sociales, la destrucción planificada de todas las formas comunitarias de convivencia social.

El contrato social que dio origen en Europa a la fórmula socialdemócrata del Estado del Bienestar se ha roto. El austericidio que se va perpetrando contra sus servicios públicos universales sigue su marcha inexorable. Los partidos políticos se han convertido en cadena de transmisión de las consignas de los poderes económicos; las puertas giratorias y la corrupción creciente les dominan. Los sindicatos mayoritarios viven a costa de la ubre estatal por lo que están amordazados, y a menudo se han contagiado de la corrupción imperante.

El resultado de todo ello es que la mayoría de los pobladores de los países occidentales son ya mentalmente súbditos. Unos porque nunca dieron el paso para convertirse en sujetos activos y otros porque abdicaron de la categoría de ciudadanos que sus Constituciones les reconocen. Refugiados en el consumismo, en sus miedos y en el sálvese quien pueda no tienen más esperanza que la de sobrevivir a duras penas. Muchos hasta no ejercitan su derecho al voto. Y en cuanto a los que lo hacen, ¿qué pasa cuando lo practican los súbditos, llevados de sus miedos, tapándose las narices a la hora de depositar la papeleta en las urnas o no, porque se han habituado al hedor de la corrupción, al haberse encallecido sus conciencias?. ¿Y qué ciudadanos hay que depositan críticamente sus votos y que al día siguiente sigan ejercitando su ciudadanía, controlando desde la base a los que resultan elegidos?

LA AVENTURA DEL PENSAR

 

Pedro Zabala

Nos gusta definirnos como seres racionales. Es decir entes que son capaces de utilizar su inteligencia. Hoy sabemos la conexión recíproca que existe entre pensamiento y lenguaje. Y que la inteligencia, esa facultad que tenemos para resolver problemas -o para inventárnoslos- es compleja, pues al analizarla, descubrimos en ella varios componentes, hasta seis o siete, dicen algunos. Y que no es fría, sino coloreada por nuestras emociones, inteligencia sentiente la proclamó Zubiri.

Se asienta en nuestro cerebro y en toda nuestra corporeidad. Todos nuestros sentidos están implicados en ella. A través de ella penetramos en la realidad -externa e interna- distanciándonos para mejor aprehenderla, ante el asombro de lo que va apareciendo. La inteligencia nos faculta para ir a la caza de la verdad, al acecho de la misma. Una persona inteligente es la que se hace preguntas, no se conforma con las respuestas heredadas, pues con frecuencia, además de las preguntas constantes en el devenir humano, le asaltan nuevas preguntas. Su actitud permanente, por muchos años que llegue a alcanzar, es la de continuo discípulo, de permanente aprendiz.

Como toda aventura, la de pensar no es fácil. Supone esfuerzo y constancia. Es mucho más cómodo seguir el camino trillado, aceptar lo que dicen los demás, tumbarse a la bartola, o sea renunciar a ser persona auténtica, abdicar de nuestra identidad más genuina. Ni el sistema educativo ni los medios de comunicación estimulan la creatividad inherente a la aventura de pensar. Es mucho más cómodo para los poderosos -económicos, políticos, religiosos...- disponer de masas aborregadas, que no han degustado la felicidad de pensar críticamente a los que el pan, el circo y el ruido les llenen sus días, les liberen del aburrimiento y les impidan enfrentarse a sus miedos.

Quienes se embarcan en la aventura de pensar han de huir de varios riesgos. No dejarse alucinar por las apariencias, es el primero de ellos. Detrás de la hojarasca de lo que percibimos se encuentra la realidad que tiene muchas dimensiones. Reconocer sus propios límites, unos internos, los puntos ciegos que impiden captar aspectos quizá importantes de esa verdad que han de buscar. Y otros externos, ¿desde qué coyuntura espacio-temporal-situacional les es dado el acceso a la realidad?. Aferrarse a lo ya aprendido es otro riesgo común. Para aprender cosas nuevas hay que estar dispuestos a a desaprender lo que ya no sirve, aunque en momentos anteriores tuviera su utilidad. Reconocer y buscar siempre maestros que guíen en esa aventura que muchas veces ha de recorrerse entre brumas. Maestros que no ha ser precisamente eruditos, pueden encontrarse auténticos sabios hasta en personas analfabetas que han sabido extraer de sus vidas lecciones importantes.

Hay una brújula muy importante en esa aventura: el sentido del humor. Saberse reírse de uno mismo, no tomarse en serio. Humor y humildad están muy emparentados. Eso facilita reconocer los propios errores, apechugar con las dudas que continuamente asaltan, confesar sin tapujos los océanos de ignorancia que todos tenemos y que cada vez serán mayores cuanto más se avance esa aventura. Esto libera de la soberbia y del fanatismo. Sólo la ayuda cooperativa entre los peregrinos de la aventura del pensar les permitirá avanzar seguros.

¿Ese humor dubitativo no debe extenderse a la propia razón?. ¿Es capaz acaso de penetrar en el hondón más profundo de la realidad humana y cósmica, donde ningún idioma llega a captarla, el reino de lo inefable?. ¿Cómo podemos aludir a esa metarrealidad sino a través del símbolo?. Como decía Erich Fromm: el lenguaje simbólico es el único idioma extranjero que todos deberíamos estudiar

CAMINO DE SABIDURÍA

 

Pedro Zabala

Seguramente los mayores obstáculos que tenemos los seres humanos para vivir plenamente y no meramente sobrevivir son nuestros propios miedos. Unos bastantes generalizados y otros más individuales. El miedo a la muerte es bastante común.

Pero hay otro también bastante extendido: el miedo al silencio. Quizá unido a nuestra condición de seres sociales. No escuchar voces próximas o lejanas, los sonidos de las naturaleza y hoy el estruendo de las ciudades suele despertar temores ancestrales. Pocos hay que se encuentren a gusto en la soledad. Pero, si no me equivoco, es mucho más hondo. Porque si nos adentramos en el silencio, nos encontraremos a nosotros mismos.

La falsa vida en que estamos sumergidos consiste en una huída. Huída de la realidad, de mi hondón más íntimo, de la experiencia del existir. Los intelectuales rechazan esa huída, intentan penetrar en la realidad, en las cosas, descubrir lo que son en su evolución. El sabio, en cambio, deja que la realidad penetre en él. Es humilde, reconoce su no-saber. No le asusta el misterio, sino que busca saborear lo que encuentra. Para ello lucha por vencer su miedo al silencio. Al sumergirse en la con-templación, se despierta en él la pasión por la Vida auténtica. ¿Es de extrañar que sea mucho radical que los tan denostados sedicentes radicales de hoy y que se convierta en un místico revolucionario?.

Vencer el miedo, aprender a practicar el silencio, no es tarea de un día. Es una brega constante, hay que desarrollar la capacidad de atención. Vivir el presente con intensidad, sin huídas a un pasado que ya no es, ni hacia un futuro que no sabe si llegará, ni cómo. Mirar, escuchar, oler, saborear, palpar cada instante, hacia fuera y hacia dentro. El sabio es un discípulo continuo, que va aprendiendo a sonreír ante cada uno de los avatares, agradables o ingratos, que se le presentan en la vida.

El silencio enseña a no ser otro animal de la manada. Capacita para descubrir que debe llegar a ser uno mismo, único y singular. ¿Cómo?:
*Por la escucha de su propia conciencia. Sin dejarse atar por consignas, cánones o doctrinas externas.
*Por la obediencia a la voz de su conciencia. Con todas las consecuencias, de incomprensiones, aislamientos, condenas...
*Por hacer de esa escucha y obediencia su estilo de vida. Al hacerlo es capaz de iluminar, de convertirse en Persona-Faro para quienes le conocen.

Encontrarse con un verdadero sabio despierta tanta admiración como cierta inquietud. Los jerarcas de todas las instituciones lo miran con sospecha y recelo: es tan libre que reconoce y se enfrentar a las tentaciones del tener, del poder y de la vanagloria, dentro de sí y en las comunidades en las que participa. Quienes no han descubierto que la espiritualidad es torrente de vida, intentan analizarla racionalmente, intentando establecer dentro de ella fronteras, distingos y matizaciones. Como decía Pablo D´Ors, refiriéndose a las religiones, éstas son las copas y la espiritualidad el vino. Lo importante es el vino, las copas son relativas, valen sólo en cuanto sirvan para escanciarlo y beberlo; si están rotas u oxidadas, habrá que arreglarlas o cambiarlas. Hubo hace XX siglos en Galilea, un profeta llamado Jesús de Nazaret. ¿Para quienes tenemos el don de haberLe conocido no es la mejor brújula para marcarnos el camino dentro de las brumas de la existencia?