Domingo, 17 de diciembre de 2017

Tras os Montes desde la mirada de Paulo José Costa 

Alfredo Pérez Alencart nos da a conocer unas fotografías del poeta lusitano, y traduce para nuestros lectores un poema inspirado en esta próxima región portuguesa
Paisaje de Tras os Montes
Allí por donde primero transcurre el Duero por tierras portuguesas, ya llamado Douro, estuvo el fino poeta lusitano Paulo José Costa (Leiria, 1976). Dejó por unos días su ciudad del litoral donde vive y se adentró en lo que ellos llaman nordeste trasmontano y Douro internacional. Allí, hacia mediados del mes de junio, capturó estas fotos que hago conocer, así como el poema inédito que he traducido con gusto para nuestros lectores.

Paulo José Costa, tras esta experiencia y parafraseando a Pessoa, dice: “Todo estado del alma es un paisaje”

 

TERRA QUENTE

Assomamos à terra quente, 

aí onde as pedras reflectem o sol como um espelho de ardil. 

A vau um rio transpõe-se de súbito, 

na esperança de um passo firme, 

sabor e jugo em que a água ferve 

na transparência das margens. 

 

O labor das mãos traz o viço farto, 

rasgo e fuga ao tempo acossado 

nas rotas repetidas.

Aqui os insectos colhem o néctar das corolas 

como nós acedemos ao interior dos instantes 

em que somos ainda uma ilusão consentida.

E no render das utopias 

saboreamos um outro amor na inflecção do desejo, 

esse linguajar do medo que coabita 

no obscuro reacendimento da sede.


Aplainamos segredos no espargir das vontades 

e cinzelamos toda a dor no esgrimir da razão insegura.
Perscrutamos os sonhos no consentir da esperança 

e ancoramos o silêncio no descingir das mágoas.

E pulverizamos todo o alento 

no induzir da saudade, 

enquanto aclaramos dos ensejos 

o redimir das demandas.

Por fim, retocamos as incertezas
no urdir do clamor, enquanto o corpo é uma indagação longa,

que se revela firme no assentir das lembranças 

em que aportamos no plano largo da solidão.

TIERRA CALIENTE

 

Nos asomamos a la tierra caliente,

ahí donde las piedras reflejan el sol como un engañoso espejo.

El vado de un río se cruza de pronto,

en la esperanza de un paso firme,

sabor y caldo que el agua hierve

en la transparencia de las orillas.

 

La labor de las manos trae gran abundancia,

rasgo y fuga al tiempo acosado

en las rutas repetidas.

 

Aquí los insectos cogen el néctar de las corolas

como nosotros entramos al interior de los instantes

donde todavía somos una ilusión consentida.

 

Y en el rendir de las utopías

saboreamos otro amor en la inflexión del deseo,

ese lenguaje del miedo que cohabita

en el oscuro reencendido de la sed.

 

Aplanamos secretos en el esparcir de las voluntades

y cincelamos todo el dolor en el esgrimir de la razón insegura.

Escudriñamos los sueños en el consentir de la esperanza

y anclamos el silencio en el desatar de las tristezas.

 

Y pulverizamos todo el aliento

en el inducir de la saudade,

mientras aclaramos de las ocasiones

la redención de las demandas.

 

Finalmente, maquillamos las incertidumbres

en el urdir del clamor, mientras el cuerpo es una larga indagación

que se revela firme en el asentir de los recuerdos

que aportamos en la vasta extensión de la soledad.

 

(Traducción de A. P. Alencart)