Lunes, 18 de diciembre de 2017

En los albores de julio

Estas palabras son una sencilla invitación a descubrir ese tiempo y ese espacio que nos permite vivir la Naturaleza: nuestra casa, patrimonio y adolescencia común. Entrar en ella, ahora en julio, no debe suponer la expulsión de los que la usan y necesitan todo el año.

Ahora se pueden contar con los dedos de la mano las aves todavía entregadas a la reproducción, pero quedan los migrantes tardíos y los prolíficos. Entre los primeros destacan los abejarucos, vencejos, halcones abejeros, águilas calzadas y las especies que sólo se instalan en la alta montaña: roqueros rojos, pechiazules, gorriones alpinos, bisbitas, acentores.

En la segunda categoría entran golondrinas, aviones y algunos paridos, que son perfectamente capaces de reproducirse por tercera vez en el año. Lo más común en el panorama ornítico es que las nuevas generaciones anden emboscadas en las sombras y que sólo se las note al amanecer y al atardecer. Que se formen los primeros grandes bandos del año y que los mismos comiencen a usar lugares fijos para pasar la noche.

Aunque culminada ya la metamorfosis de nuestros principales anfibios, las mermadas aguas dulces siguen albergando gran cantidad de eventos cruciales para sus inquilinos. Freza en un tosco nido, que construye con guijarros, la escasa lamprea de río. El endémico fartet de los salobrales levantinos pone también sus huevos. Inicia el celo el alburno común.

La norteña y escasa salamandra rabilarga se apresta a reproducirse igualmente en estas semanas, más llevaderas para ella por la dulzura del clima norteño.

La canícula anima a otros anfibios y reptiles a cumplir con el insoslayable amor de cada especie por sí misma. Las salamanquesas lo hacen por segunda vez en el año. Algunos lagartos rezagados andan también de galanteo o de puesta. Ponen algunas culebras como las bastardas y las de escalera, la lagartija ibérica, el verdinegro, y nacen eslizones ibéricos y tridáctilos, estos últimos directamente del cuerpo de sus madres, como si fueran mamíferos.

Sea como fuere, en la Naturaleza pasa algo mucho más crucial que todo lo hasta aquí señalado. Como cada año un alud de incalculable peso se abate sobre nuestros campos. Ha comenzado el veraneo de los humanos que, una vez más, alcanzarán en su tiempo de ocio hasta los últimos rincones de costas, bosques y campiñas. En la mayoría de las ocasiones será una presencia dura, con máquinas y motores potentes, ruidosa y masiva. Frente a ella los vivos no pensantes huirán en des­bandada y nada de lo aquí contado será contemplable. El periodo de mayor contacto anual con lo que es nuestro primer ambiente podría muy fácilmente convertirse en un contacto amable, sosegante, enriquecedor, y hasta sumamente entrete­nido. Basta para ello ser algo más lentos y silenciosos, usar nuestros sentidos en todas las direcciones posibles y permitir que la más vieja de las historias nos parezca nueva en su repe­tición cíclica. Porque en realidad cada año resulta diferente y apasionante por necesario. Si no nos cansamos de respirar, amar y divertimos, es sencillamente porque los seres vivos extraemos de la reiteración de los actos energía para la continuidad y la exploración.