Lunes, 18 de diciembre de 2017

La tozudez de los números

Cuando se acababan de registrar los últimos votos, ya se escuchaban los primeros “regates” de los partidos ante su principal tarea de procurarnos ese gobierno que tanto tiempo llevamos esperando. De las primeras declaraciones de los candidatos –no estaría demás que los políticos las gravaran para poder oírlas a menudo, y así curar su pertinaz amnesia- no parece deducirse que les preocupe en exceso la prisa que mostramos los demás. Da la sensación que, a pesar de lo que expresen ante la prensa, aún no les parece demasiado dos elecciones seguidas sin ponerse de acuerdo, y quisieran provocar una tercera para ver si se produce el  milagro.

El recuento final ha dado a luz unos números analizados exhaustivamente por politólogos, sociólogos, tertulianos y, por supuesto, los propios partidos políticos. Pocos son los aspectos que habrán quedado sin estudiar. Sin embargo, se ha producido una circunstancia poco frecuente. Por primera vez, algún partido –muy pocos- , ha admitido que los resultados obtenidos han sido peores de lo esperado. Si no estoy equivocado, solamente el PP ha obtenido más votos que el pasado 20-D; todos los demás han bajado. Pues bien, ni una de estas formaciones con peores resultados ha entonado el mea culpa.

Unos, con el pánico de ver cumplido el negro porvenir que apuntaban todos los “entendidos”, respiran al comprobar que siguen siendo la primera fuerza de las no ganadoras, y sacan pecho diciendo: ¡de sorpasso, nada!. Ahora bien, de ahí a reconocer que algo ha fallado en su campaña, ni hablar. “La culpa, en todo caso, es de quien en su momento no quiso apoyarnos y ha mentido al electorado pretendiendo arrebatarnos nuestro espacio, al declararse más socialdemócratas que nosotros, cuando eso no se lo cree nadie”. El hecho de haber cosechado los peores resultados de todo este período democrático –100.000 votos menos que el 20-D- ni se mienta, no sea que algún “malaje”  eleve la voz y termine con los sueños del responsable.

Otros no han tenido tiempo de analizar algo que, ni por asomo, podían imaginar esa misma tarde. Todas las encuestas aseguraban adelantamientos –en algún caso hasta la “pole”-, pero la triste realidad iba transformando  el lema “La sonrisa de un país”  en la aparición ante las cámaras de un grupo que parecía “El entierro del Conde de Orgaz”. La sorpresa es de tal calibre que acaban confesando: “nadie sabe por qué las encuestas han fallado, y  nosotros tampoco”. Además de no explicárselo, tampoco hay unanimidad entre sus dirigentes a la hora de buscar responsables. Cuando parecía que nadie –salvo ellos- se había dado cuenta que sumando a su cosecha un millón de votos de IU podían dar un susto, incluso al PP, resulta que les salió el tiro por la culata, porque Unidos Podemos ha perdido un total de 1.060.000 votos, respecto a la suma que esas dos formaciones alcanzaron el 20-D.

Por último, el cuarto en discordia culpa de todos sus males a la “injusta” Ley Orgánica del Régimen Electoral, esa misma ley que ha posibilitado que su formación mantenga los cinco diputados  conseguidos en Barcelona el 20-D, con 100.000 votos menos. Por supuesto que la Ley Electoral, como todas las Leyes –incluida la Constitución- son susceptibles de mejora, pero es la que hoy tenemos y la formación naranja ha perdido casi 400.000 votos. Después de bailar la yenka tras las elecciones municipales; y después de firmar un pacto con el partido que podría acercarles al poder, sin anteponer los mismos condicionantes que exigían a otros,  ¿acaso esperaban otro resultado mejor? Los votantes, como los toros de lidia, aprendemos cuando los políticos nos trastean.

Antes de terminar, hay una cifra no muy comentada, que me gustaría resaltar. La subida de la abstención ha originado que, a pesar de haber aumentado el censo, la participación ha bajado en 1.270.000 votos. Esta circunstancia, que podría servir de justificación para los partidos que han visto disminuidos sus escaños, no es válida siempre que  exista un solo partido que haya visto aumentar considerablemente sus votos

Así pues, que nadie trate de buscar extraños culpables de los malos resultados obtenidos el 26-J. El único culpable es el PP que ha conseguido 690.000 votos más que el 20-D.

Esos partidos que hace muy pocos días se declaraban partidarios de facilitar la formación de un gobierno, más o menos estable, que aleje la posibilidad de unas terceras elecciones –para colgar un duro baldón a nuestra joven democracia-, están a tiempo de sentarse a dialogar con el partido que claramente acaba de ganar. No vale decirlo de cara a la galería y, comprobada la imposibilidad de arrinconarle, hacer lo preciso para que, forzosamente, quedemos abocados a  nuevos sufragios. Todo el mundo debe ceder, y, de hecho, más de un demócrata ajeno al PP, está de acuerdo con la política de alcanzar acuerdos razonables. De lo contrario, si nadie cede, unas terceras elecciones  transformarán ese mantra de alcanzar un “gobierno progresista y de cambio” en una mayoría del PP mucho más holgada. Ahora toca normalizar algo que no puede seguir así más tiempo, y anteponer el interés general a las aspiraciones personales. No olviden los políticos que la gente va aprendiendo.