Jueves, 14 de diciembre de 2017

Uso y abuso del automóvil

El otro día me comentaba un amigo alemán que en Alemania la diferencia del uso del coche entre los ciudadanos provenientes de la Alemania del Este y los alemanes del Oeste es muy significativa: así como en la Alemania occidental hace años que ya ha pasado la etapa en la que se usaba el coche para muchos fines, entre otros por el prestigio social o disfrute de un nuevo “juguete” o bien de consumo, los ciudadanos de la Alemania del Este aún están en esa etapa de idilio con el coche. Lo utilizan- me contaba- para cualquier viaje corto o largo, y para mostrar a los demás y mostrarse a sí mismos su alto nivel de vida. Es decir, aún no se han cansado de su continuo uso y no quieren saber nada de todas las consecuencias negativas que el uso masivo del coche produce en las ciudades.

Las vacaciones de verano comenzadas este fin de semana, llenas las playas y lugares turísticos de muchos cientos de coches, me han confirmado que la población española en general (y la salmantina en particular) está aún en esa fase de abuso del coche que mi amigo describía en los ciudadanos del Este de Alemania: aún no se han cansado de ir a todas partes en coche, con niños, sin niños, con perros, sin perros, solos o acompañados. Y cuanto mayor sea el volumen del coche, mejor: más muestra de riqueza, de “poder”, de exhibición.

Los alemanes occidentales ya están en la fase de usar el coche en los límites de lo necesario en sus vidas, nunca de abusar; los desplazamientos al trabajo, al centro de enseñanza, al colegio de los niños, más y más los hacen en bicicleta, o andando o en autobuses. Las ciudades alemanas cada vez son más limpias, menos contaminadas, menos estresantes, más acogedoras. Se han dado cuenta de que el uso del coche en la ciudad se vuelve contra la misma ciudad y sus habitantes.

Los salmantinos (y me imagino muchos otros ciudadanos de capitales españolas) aún no quieren saber nada de los perjuicios de utilizar diariamente en coche sin necesidad: perjuicios para su propia salud, para la de sus hijos, para el aire de la ciudad, para su propio bolsillo. Salamanca es una ciudad en la que la gran mayoría de recorridos exigen menos de veinte minutos andando, o, como máximo, media hora. Las líneas de autobuses urbanos han mejorado significativamente en los últimos años (obviamente pueden mejorar aún más). Las dimensiones de esta ciudad son las apropiadas para convertir Salamanca en una ciudad libre de contaminación, de ágiles desplazamientos y modelo en la conservación de su gran riqueza histórica. Muchas zonas de la ciudad ganarían en calidad de vida, comodidad y estética, si no se abusara del coche; si simplemente se utilizara.

¿Qué ganan los padres, los niños, la ciudad, llevando a sus hijos al colegio en coche? ¿Cinco minutos? No, el motivo de usarlo no es la rapidez, ni siquiera la comodidad; es la ilusión infantil de tener un bien de consumo que muchos de sus padres (y algunos de sus vecinos) no tuvieron o tienen.

Los ayuntamientos son decisivos en el objetivo de recuperar las ciudades para los peatones, para el paseo, para la comodidad en la mayor parte de las compras y gestiones. Sin que se resienta ninguna economía. Mejorando la salud pública.