Viernes, 15 de diciembre de 2017

Besos

 

Aquella noche, Rafael, no dejaba de dar vueltas. El tic tac del reloj registraba un volumen inusual. No había despertado como de costumbre para ir al baño, todo lo contrario, eran las cuatro treinta de la madrugada y aún no había conciliado el sueño.

Era Domingo, y su joven esposa le dejo descansar hasta muy avanzada la mañana. Cerca del mediodía se oyó un golpe, era el despertador, se había caído al suelo. Rafael, al alargar el brazo para coger el teléfono, lo empujó fuera de la mesilla. En medio de la oscuridad, solo leyó el final del mensaje. La palabra “besos” culminaba el texto.

Este vocablo sirvió para desenredar la madeja del sueño. Mientras se vestía, iba recordando su periplo nocturno. Vio a Juanito, amigo de la infancia, convertido en mendigo. A la vista de todos, descansaba sobre el frío suelo en la sala de un cajero automático. También advirtió la nula actividad de la máquina. Unos por miedo,  otros por vergüenza, dieron descanso al mecanismo.

La palabra besos colgaba aún de su memoria. Recordó que estuvo deambulando por distintos espacios, y en todos ellos se hicieron presentes los afectos. Besos y abrazos se dispensaron en todos los lugares, excepto en el espacio del cajero. Allí era impensable concebir los abrazos, y mucho menos los besos. ¿Quién puede besar a un mendigo al que ni siquiera nos acercamos?

En este entramado de afectos, recordó sus primeros besos de amor; esos que nos elevan a los cielos hasta sacarnos de la órbita de la certeza. Cuando nos enamoramos, un mundo idílico nos envuelve, pero se trata de  caricaturas de lo cierto. Poco tiempo después, estos sueños se desvanecen, mostrándonos las verdaderas formas de la realidad. Ahí comienzan los primeros sufrimientos del amor; esos que nunca se olvidan.

La Naturaleza deja bajo nuestra tutela las decisiones más comprometidas, y nos oculta los caminos acertados para tomarlas. Otorga los mandatos, pero elude la responsabilidad por los errores. Se me ocurre que, esta forma de proceder, persigue el equilibrio. Pues, si existiera segregación en el medio natural, faltaría la uniformidad porque, una parte de seres no obtendría de la otra aquellos elementos que necesita para neutralizar sus tendencias.

También recordó Rafael los besos de su madre, tan repetidos, tan espontáneos. Casi nunca había razones para merecerlos, pero tampoco faltaban. Siempre estaban a punto para remediar los miedos; las angustias de un chiquillo que despierta a la vida con demasiadas preguntas en su cabeza. Aquellos besos no tenían precio, a pesar de ser tan abundantes, no disminuían en  eficacia por su efecto reparador. Esto lo comprendió Rafael cuando ya no estaba a su lado.

En su trasiego nocturno, recordó una estación de ferrocarril. También allí vio a su amigo Juanito. Con un bolso de la mano, buscaba información en los paneles luminosos, sin saber hacia donde dirigirse. No lo saludó, tampoco él advirtió su presencia.

En este espacio, repleto de bullicio, Rafael, se fijaba en la gente, la observaba y registraba mentalmente la emoción de los encuentros. Medía la presión de los abrazos y, sobre todo, se fijaba en los besos. Aquellos besos no eran como los de su madre, pero eran auténticos. Una mezcla de afecto, con un sabor añejo de ausencia y deseo de encuentro.

Esa noche, Rafael, estuvo muy ocupado, y no despertó antes de verse dentro de un centro comercial. Allí no encontró a su amigo de la infancia, quizá porque ese lugar no es apropiado para mendigos. En esa estancia, todo el mundo es admitido a excepción de los mendigos. Quienes no cuentan con dinero, no están autorizados a manosear los artículos para dejarlos, finalmente, tirados en cualquier lugar. Los dependientes pasan buena parte de su jornada colocando lo que otros, sin ninguna consideración, desparraman como las gallinas.

También aquí, nuestro personaje, percibió los besos. Observó reiteradamente los encuentros fortuitos de la gente. Los besos eran de compromiso; algo forzado y molesto.  Aproximaban el rostro con precaución y los labios besaban el aire. Esos besos, como las pompas de jabón, carecían de consistencia. En pocos segundos, desaparecían los afectos simulados en el encuentro.

Aquella mañana, su esposa, le castigó sin el beso de costumbre. Pudo ser un descuido, o quizá estaba molesta por su tardanza en levantarse. Pero hay una cosa que nuestro personaje aprendió aquella noche: Nada significan los besos, si desconocemos por qué los damos,  o si faltan razones para recibirlos.