Sábado, 16 de diciembre de 2017

¿Que le pasó a Podemos?

A estas alturas del libro se identifica más a Podemos con el agitador del panorama político español, que con la primera persona del plural del presente indicativo del verbo poder. Pero se quedaron en el condicional perfecto, habrían podido.

Llevan días los morados intentando darle respuesta a tal decepción. Andan exprimiéndose los sesos en busca del origen de su frustración, procurando darle forma a un desengaño que a mi juicio es tan nítido y evidente como difícil de reconocer públicamente. Y no solo porque cayeron en la trampa de los sondeos.

La realidad les ha colocado en un lugar que quizás nunca abandonaron y que tiene en lo viejuno más viejuno su epicentro.

Su resbalón electoral ha sido el de nutrir con famélica inteligencia el discurso del miedo del Partido Popular desconociendo que los extremos no le van a esta piel de toro.

Y lo han alimentado descuidando su carta de presentación: Los “ayuntamientos del cambio”. Convirtiéndolos realmente en puro cambio, pero del malo. En ese basado en la incertidumbre, el revanchismo y la falta de eficacia.

Un ejemplo de incoherencia. Para los “suyos” porque son lo que se empeñan en esconder, una parte del sistema como cualquier otra. Y para los “expectantes” algo que genera recelo y peligrosa duda.

El clima electoral lo tenían a su favor para convertirse en los segundos de abordo. Los populares había polarizado la campaña poniendo a Ciudadanos y el PSOE en una posición en la que tirara para donde tirara sus discursos perdían votos, mientras que los podemitas y sus socios tenían la campaña hecha, pero se llevó el gato al agua Rajoy y sus gurús norteamericanos “gana campañas”.

No recuerdo quien dijo eso de “nunca voy a votar por nadie, siempre voto en contra”, pues está vez sucedió.

A Pablo Iglesias y los suyos se les iban escapando los votos por unas costuras que reventaban poco a poco a medida que abrían la boca. Primero con su coalición electoral con los comunistas. Y es que es difícil de deglutir como un partido “transversal”, “socialdemócrata”, ese de la gente, coge de la mano a los que representan la más rancia y fracasada ideología. ¿Quizás porque son lo mismo maquillados de otra cosa?

Solo se creían ellos que pueden ir por ahí, así de primeras, falsificando su realidad en función de sus intereses. Paseando a terroristas por las instituciones sin que les pase factura. O haciendo de las dictaduras que esquilman países y asfixian a sus gentes, paradigmas de democracia.

Han quedado retratados como ejemplo de la política más vieja, más rancia. Esa que sigo creyendo, que a pesar de todo,  ha naufragado en España. Porque cuando alguien eleva tanto las expectativas sin verdad, rápidamente se vislumbran sus discordancias, sus miserias.

Y es que es normal que de miedo que quienes hace, como quien dice, dos días asaltaban capillas, asesoraban dictadores sin escrúpulos y ocupaban propiedades privadas, puedan tener el BOE en sus manos.

Podemos ha sido incapaz de mantener un discurso limpio, sin máculas. Se ha ido adaptando a una realidad que les iba acorralando. Y aunque uno tiene derecho a  evolucionar y que el pasado se quede en eso, en pasado. Es difícil cuando la sustantividad, tozuda, deja lugar a dudas.

Así que no le den más vueltas, señores de Podemos. Se han quedado en “votus interruptus” porque parte de sus potenciales votantes no se fían de ustedes. Bien por lo que ven,  tal vez por lo que oyen o por las dos cosas.

No entienden que uno se enmascare de esta manera, y en circunstancias del yo o el caos post brexit, el voto es tan miedoso como el dinero. Y se va allí donde cree que hay más certidumbre o menos peligro.

Pero claro, reconocer esto sería como firmar el fin del círculo morado.

Así que nos darán la vuelta al tema, le buscaran tres pies al gato, y todo para seguir en el once inicial. Pero no se olviden de que jugar electoralmente a los extremos es peligroso. Si una de las esquinas no hace lo que debe, la papeleta puede coger el puente aéreo y luego nos lamentaremos.