Lunes, 11 de diciembre de 2017

‘Operación Photoshop’, un relato corto de Luis García Jambrina

“ Todo empezó de manera azarosa, como suele suceder con los asuntos que más nos interesan...”

Plaza Mayor / Foto de Ángel de Arriba

Todo empezó de manera azarosa, como suele suceder con los asuntos que más nos interesan. Si aquella tarde no me hubiera llamado mi novia para cancelar nuestra cita, yo no me habría quedado en casa sin saber qué hacer ni, en consecuencia, habría encendido el ordenador ni me habría puesto a retocar fotos de forma compulsiva. Algunos psicólogos dirán que lo que hice lo perpetré para vengarme de ella. No seré yo, desde luego, quien lo niegue. Pero eso no explica lo que pasó después.

La gente piensa que a los fotógrafos nos gusta reflejar la realidad. Nada más falso; a la mayoría nos mueve justamente lo contrario: nuestra pasión es corregirla, manipularla o descubrir su cara oculta. Aquel día yo había quedado con mi novia para ir juntos a ver una película titulada En el punto de mira, pero veinte minutos antes de la hora fijada ella me telefoneó para decirme que le había surgido un compromiso. Según me explicó, acababan de pedirle que le enseñara la ciudad a un grupo de empresarios japoneses. Sí, ya sabía que esa era su tarde libre y que teníamos una cita, pero el resto de las guías estaban ocupadas y no era cuestión de dejar solos a unos turistas tan importantes.

Me la imaginaba recorriendo los principales monumentos de la ciudad, como un pastor que apacienta su rebaño con imágenes. Ellos atentos y con la cámara a punto, siempre delante de los ojos, como si necesitaran un filtro protector para contemplar la belleza, no fuera a trastornarlos, como le aconteció a Stendhal. Sin duda, les reservaría lo mejor para el final; no en vano la plaza Mayor de Salamanca era, según había leído internet, uno de los lugares más fotografiados de Europa. Fue entonces cuando recordé que yo mismo tenía una buena colección de imágenes de la plaza. A instancias de mi novia, la había retratado en todos los momentos del día y en todos los días del año, desde arriba y desde abajo, sin olvidar ni un solo rincón. Así que, a falta de cosa mejor que hacer, abrí mis archivos y me puse a retocarlas. Al principio, con cierta desgana; luego, con creciente entusiasmo; y, por último, con auténtica delectación.

Mi novia me llamó al día siguiente; no, claro está, para pedirme disculpas o preguntarme qué tal estaba o si la había echado de menos, sino para contarme algo que le había ocurrido durante la visita.

–Cuando les estaba enseñando la plaza –me comentó de forma atropellada–, sucedió algo muy extraño. No sé cómo explicártelo. Era como si la plaza Mayor fuera distinta, como si le faltara algo.

–Faltaba yo –bromeé.

–Déjate de bobadas –me replicó–. Te estoy hablando de algo muy serio, ¿te enteras? ¡Algo le está pasando a la plaza!

La noté tan alterada que me ofrecí a ir con ella al lugar de los hechos, para ver de qué se trataba. Aunque hacía una tarde bastante luminosa, las fachadas no tenían el esplendor habitual, como si a las piedras les faltara relieve o se les hubiera gastado el color. También eché en falta las efigies reales de algunos de los medallones que adornan la plaza. No lo podía creer.

–Parece que te alegras –exclamó mi novia al verme tan excitado–. Pues a mí no me hace ninguna gracia.

–Lo siento, no he podido evitarlo –me disculpé yo–. Acabo de descubrir que Photoshop tiene poderes mágicos. Pero no te preocupes –me apresuré a decirle con la mejor intención–, que esta noche lo arreglo todo y mañana volverá a estar como antes. Ya verás cómo no notas nada.

Mi novia me miró horrorizada, como si, de repente, me hubiera vuelto loco o, peor aún, me hubiera transformado en una rata. Intenté explicarle lo que había sucedido, pero se alejó de mí corriendo, como alma que huye del diablo. Varias horas después, me envió por correo electrónico unas fotos que alguien nos había hecho hacía tiempo en la plaza. Pero en ellas ya no estaba yo. Me había borrado y sustituido por otro, uno de esos actores que a ella le encantaban y que a mí, no hace falta decirlo, me repateaban un poco. Era su manera de comunicarme que habíamos terminado.

«Conque esas tenemos –me dije–, pues ahora te vas a enterar». Abrí, uno a uno, todos mis archivos sobre Salamanca y comencé a retocar con rabia las imágenes. Luego pasé a hacer otro tanto con las fotos de esos mismos monumentos que encontré por la red. Con un último clic, desapareció para siempre la célebre rana de la fachada plateresca de la Universidad. Y lo mismo hice con la crestería de piedra del Patio de Escuelas. Después, los cambios se hicieron más sistemáticos, hasta afectar a todo el conjunto. Poco a poco, las doradas piedras, esas que tanta fama y belleza le habían dado a la ciudad, fueron volviéndose pálidas, como si estuvieran enfermas.

Estaba ya amaneciendo, cuando terminé. Muy pronto esos grandes edificios se harían invisibles y ningún turista vendría a visitarlos. La ciudad entera no tardaría en disolverse en el anonimato.

Por Luis García Jambrina