Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Las fuerzas vivas

Contaba la semana pasada mi  experiencia en un entierro a la antigua en la muerte de Juan y la Metamorfosis que había sufrido en vida. Hoy voy a deciros que: Lo que retengo en mis pensamientos, con singular nitidez, a pesar de tener ocho años de edad, cuando se inició la trama y más tarde, ya siendo un mozo, cuando su muerte, son las palabras de un grupo de señoras acompañantes en el entierro, y que a la terminación del mismo se resguardaban del sol en la marquesina de entrada al Ayuntamiento del lugar.

Una de las tertulianas con susurro pesaroso, apostillo: “Juan, no hubiera sido nada sin la Rubia… abundando otra: “Si, a pesar de su mala fama”. Y se enzarzaron en dimes y diretes que yo no comprendí hasta que pasado un tiempo me lo aclaró don Arturo, el maestro, en un día en que los dos estábamos sentados en la base de la Cruz del Humilladero y recordando a mi padre me contó: Erase una vez… erase una vez… Cuando un grupo de amigos, el médico, el maestro, el cura, el alcalde y un vecino; todos ellos personas significadas que formaban parte de las “fuerzas vivas” de un pueblo singular y pequeño, que para matar el tedio, se reunían entre semana y jugaban al tresillo y hablaban hasta bien entrada las horas de la noche. Lo hacían cuando la tarde caía y a la luz débil de un farol de mecha y aceite o a la de un carburo de azulada llama, pues no había llegado la electricidad al pueblo. Eso sí, no les faltaba en la timba un buen acopio de aguardiente que clandestinamente se obtenía en las bodegas del lugar.

Tal vez por ello, un día bastante animados por el licor casero, alguien comento  al resto de los reunidos: ¿Por qué no le buscamos una buena novia a Juan?... Y es llegado el momento de explicar que: Juan era una buena persona, trabajador, honesto, servicial y aunque con pocos estudios, tenía ciertas luces acrecentadas con su afición  a la lectura de todo lo legible que llegaba a sus manos y también por la ayuda propiciada a través de aquella vetusta radio de galena… su ¡tesoro preciado¡ con la que estaba al tanto de la actualidad nacional. Pero Juan era un tímido redomado, poco dado a aparentar y tirando a regular en su hablar y vestir. Vivía sólo en su antañona casa y nunca, nunca, se le veía en compañía de los mozos del lugar y menos acompañado de chicas a la salida de misa, buscando agua a las fuentes ni siquiera al baile de tamboril y gaita de los domingos y no todos.

Por ello, a los tertulianos no les sorprendió mucho la petición espontánea de Don Arturo, el maestro: ¿Por qué no le buscamos novia a Juan?...

Pero… al día siguiente, que era lunes y se habían pasado los efluvios del buen aguardiente casero… les aterrorizó. Pero eso lo contaremos el próximo domingo si  Dios quiere.

Anselmo SANTOS

Contador de Historias Humanas