Martes, 12 de diciembre de 2017

Abuelidad

La paternidad y la maternidad son cualidades del padre y la madre, sobre las que se han escrito elogiosos ríos de tinta, desde que los primates bajaron de los árboles y comenzaron su andadura con los hijos de la mano, matando animales a flechazos para alimentarlos, mientras los abuelos esperaban en la cueva.

Hoy las cosas han cambiado y comienza a tomar cuerpo familiar y social en todos los espacios la llamada abuelidad como cualidad propia de los abuelos otorgada a ellos en exclusividad, elogiada por los beneficiarios de sus servicios, agradecida por los servidores e ignorada por el diccionario que se niega a incluir la abuelidad entre sus voces.

Dicen que el término fue puesto en circulación por la psicoanalista argentina Paulina Redler, pero yo prefiero creer que fue juego de poetas cuando Pedro Salinas comunicó por carta a Jorge Guillén el nacimiento de su primer nieto, colmándole de paz, gratitud, ilusión, compromiso y felicidad, como le sucede a todos los abuelos primerizos, segundizos, tercerizos y polidizos.

La abuelidad añade ternura a la ingenuidad infantil; aporta paciencia a la impaciente azarosidad de la juventud; pone calma en la prisa enloquecida de cada día; ofrece seguridad a la incertidumbre; es fuente inagotable de sabiduría; transmite valores en almoneda; recupera con palabras la sordera social; consuela el desconsuelo; y es escuela de experiencia donde aprender a caminar por la vida hacia la felicidad.

Toma hoy la abuelidad carta de naturaleza debido al alargamiento de la existencia, a la incorporación de la pareja al mundo laboral y a la actual precariedad vital de muchas familias, condenadas al infortunio por la codicia de quienes más tienen y menos dan. ¿Qué harían muchos matrimonios si los abuelos no alimentaran a hijos y nietos? ¿Quién llevaría a los infantes al colegio y los recogería a la salida? ¿Cómo llegarían a fin de mes muchos matrimonios sin el empujón de los abuelos?

Son los nietos doblemente hijos de los abuelos por ser hijos de sus hijos, convirtiéndolos en repadres con vocación de incondicional entrega a los rehijos que sus hijos ponen junto a ellos en el camino hacia la estación término, obligándoles felizmente a recomenzar una nueva vida plena de ilusión y renovada esperanza en la resurrección terrenal a una vida que comenzaba a extinguirse por falta del revulsivo vivificante aportado por los nietos.

No hay relación personal, familiar o social que compararse pueda con la mantenida entre abuelos y nietos, ni más bello, generoso y gratificante maridaje existencial. Pero que nadie pida a la abuelidad más de aquello que buenamente pueda dar, ni demandarle sacrificios inasequibles porque convertiría en esclavitud lo que debe ser liberación.