Lunes, 11 de diciembre de 2017

Los atajos peatonales.

La imagen que abre este comentario no pretende servir de campaña publicitaria de esa “histórica” churrería del Arrabal, sospecho que los años que lleva abierta es suficiente aval de su buen hacer. En realidad me interesa porque conecta con lo tratado la semana pasada, pero en este caso me fijo en ese trozo donde ha desparecido el verde delante de la churrería y el árbol a su derecha. Aprovecho para señalar que, si se fijan bien, se está regando al fondo a la izquierda en hora de máxima insolación.

El mal diseño, desde el punto de vista de la circulación de peatones, del espacio hace que un trozo de césped (por cierto, no sabía que esta planta fuera autóctona de la Península, su alto consumo de agua parece indicar lo contrario) desaparezca por el paso de personas que buscan lo que dicta la lógica: caminos lo más rectos y cortos posibles. Que en este caso, según vemos en la otra foto, no tiene el correspondiente paso de peatones en la calzada (fuera de la foto a la derecha hay una acera que acaba en nada, como se puede ver en el artículo de la semana pasada). Ya sabemos que la seguridad vial es muy importante para el equipo de gobierno municipal, y lo resuelve eliminando pasos de peatones y confiando en la buena suerte.

A esto lo llamo atajos. Por la ciudad hay muchos, incluso invisibles. Son caminos que surgen como consecuencia de una notable contradicción: el Ayuntamiento diseña nuestras calles y espacios públicos no se sabe muy bien con qué criterios, o desde la perspectiva del minoritario coche, y el mayoritario caminante se empeña en buscar el camino más recto, corto y cómodo. Cuando esto ocurre, salvo raras excepciones, nuestras autoridades locales miran para otro lado. Bueno, en la carretera de Béjar pusieron césped artificial en la mediana y ahora no se nota.

Por poner algún ejemplo podemos observar las fotos del situado en el Paseo del Rector Esperabe, junto a la estatua del Lazarillo de Tormes, sobre cuyo pedestal hace años que decidí no opinar (al igual que el del toro junto al puente romano). Teniendo en cuenta los años que acumula, a pesar de estar en una zona visitada por el turismo, no parece que los munícipes gobernantes lo conozcan y decidido acondicionarlo. Aunque quizás sea mala idea señalarlo, puede que lo rodeen de vallas para impedir el paso, como hicieron tras la eliminación de un paso de peatones frente a un supermercado en la Avenida de Portugal. También los hay menos conocidos, como el que acompaño del Parque de Wüzburg.

Puedo entender que a veces es difícil diseñar la circulación de las personas en el espacio público, aunque en algunos casos sea muy evidente. Hacerlo sin contar con la participación ciudadana correspondiente la verdad que tampoco ayuda mucho. Pero lo peor es que cuando surgen estos caminos no se hace nada por consolidarlos para mejorar su seguridad, sobre todo para aquellos con más problemas para desplazarse a pie. Y cuando se hace, como mencione hace tiempo de un caso en los jardines de Torres Villarroel, se olvida la accesibilidad por ejemplo. La ciudad es de todas las personas que viven en ella, y que la utilizan todos los días mayoritariamente caminando. Tenerlas en cuenta como sujetos activos de su mejora continua parece más útil que vivir en la aparente pasividad. Y según el dicho, rectificar es de sabios.

Y ya puestos, ¿no parece que a alguien se le ha olvidado una acera provisional en esta obra?