Sábado, 16 de diciembre de 2017

Mi abuela Pilar (y II)

En casa sospechábamos que la abuela Pilar tenía poco aprecio a su yerno, mi padre. No supe los porqués hasta que fui adulto y una tarde de verano, a la sombra de la higuera del corral de su casa, se lo pregunté directamente;

  -Abuela… ¿por qué no te gusta mi padre?

Estuvo un unos segundos mirándome en silencio, luego bajó los ojos y lanzando un suspiro empezó a hablar muy bajo.

  -No es que me disguste –se justificó débilmente-, pero…, alguien te tenía que haber explicado la Historia de “Los Cadenas” –se calló y me miró interrogante-, porque tú habrás oído que a la familia de tu padre la conocen por estos pueblos como “Los Cadenas”.

  -Sí –repliqué rápido-, cuando me enteré se lo pregunté y me dijo que era porque antiguamente tenían unos perros atados con cadenas.

  -¡Jesús, qué tontería! –saltó, y dudando un momento prosiguió-, ya eres casi un  adulto, y es tiempo de conocer la verdad. Escucha…

  -A principios del siglo pasado en España no había servicio nacional de Correos y los paquetes, cartas y envíos se hacían a través de líneas postales que se adjudicaban a particulares por concesiones durante varios años. Pues bien, desde que los más viejos recuerdan, la familia de tu padre tuvo la concesión de la línea de Correos que iba de estos pueblos a Ávila. Todos los días salía de este pueblo una caravana formada por varios mulos rumbo a la capital y llegaba la que había salido aquella mañana desde allí, repartiendo en los pueblos cartas y envíos, y recogiendo otros. Como los caminos eran inseguros, los encargados de este servicio postal estaban autorizados por la autoridad correspondiente a llevar armas cortas y largas para proteger las valijas.

La abuela descansó un segundo, tomó aire e iba a continuar hablando pero la interrumpí.

  -Pero… ¿Por qué les llaman “Los Cadenas”?

  -Está bien, impaciente –replicó-. Los hombres y mujeres de la familia de tu padre siempre fueron carlistas, aunque últimamente los llamasen “tradicionalistas”. Defensores a ultranza del inmovilismo político, que resumían en pocas palabras: “Dios, Patria, Rey y leyes viejas”. Eso lo sabemos todos, pero cuentan los viejos sentados en los escaños al calor de la lumbre, que sus antepasados terminaban las discusiones políticas en las que se reclamaba libertad al grito de ¡Vivan las cadenas!, de ahí el apodo.

Tomó aire y reanudó rápida la explicación

  -En la última guerra civil, tu padre y sus hermanos cogieron las armas y fueron a enrolarse en un banderín del Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montejurra que había en Ávila. Y desde allí partieron al frente. Cuando alguno de ellos regresaba al pueblo con permiso, había que verlo presumiendo con sus camisas y pantalones inmaculados que costeaba un marqués –no recuerdo el nombre-, mientras nosotros el escaso jabón que teníamos era el que hacíamos con las grasas viejas, pocas, que había mucha hambre. Pero lo que más llamaba la atención era que sobre la guerrera llevaban cosida una cruz de madera de un palmo más o menos.

  -Nosotros ni damos cuartel, ni lo esperamos –explicaban con voz fuerte en las tabernas-, si caemos prisioneros que vean la cruz y así sabrán que hacer con nosotros.

  -¿Mi padre también?

  -Por supuesto, aunque no le juzgues con rigor –dijo-, a la muerte del dictador supimos que varios hombres de este pueblo le debían la vida. Los había escondido en refugios de cazadores, en sobraos y hasta en las lanchas de piedra que sujetan las paredes de algunos pozos, llevándoles agua, comida y noticias, para que los vencedores de la guerra, sus compañeros, no les dieran “matarile”.