Domingo, 17 de diciembre de 2017

Mi abuela Pilar (I)

El invierno que cumplí 18 años mi abuela Pilar quiso que pasase la Navidad con ella. Acepté encantado, aunque temiendo el sol desvaído de diciembre, y los callares que parecían anidar en aquel pueblo, invité a tres amigos.

Era noche cerrada cuando el renqueante navío de secano nos abandonó en la intemperie de un cruce que moría en las primeras casas. Nos abotonamos los abrigos de paño, aquellas largas mantas jaspeadas que cubrían hasta una cuarta por encima de los tobillos, y entre risas y pateos para espantar fantasmas y templar los fríos llegamos hasta el portalón. En vano lo golpeamos.

  -Está algo sorda –la justifiqué-, vamos por atrás.

Dimos la vuelta y llegamos hasta una puerta diminuta. Sobre la pared de piedra un candil lloraba lágrimas de aceite y luz. Sacudí la aldaba, giré la manilla y entramos en la breve cancela.

Al oír los golpes llegó mi abuela y al vernos, se le espantó la mirada, retrocedió trastabillando, y resbaló menuda hasta el suelo.

Me acerqué alarmado y la incorporé agarrándola por los hombros.

  -¡Abuela! ¡Abuela! –la zarandeé suave al tiempo que la besaba en la mejilla.

Poco a poco, como el que regresa después de una conmoción, volvió en sí.

  -¡Ah! Eres tú –cayó en la cuenta, y valiéndose de mi brazo se incorporó.

  -¡Pasad! ¡Pasad a la cocina! –animó a mis amedrentados compañeros.

Entramos en silencio y nos acercamos al fuego de la chimenea.

  -¡Sentaos en los escaños! –ordenó con una sonrisa. Os voy a contar que me ha pasado.

  -No te molestes, abuela –le rogué.

  -Quiero hacerlo -y acercó una silla baja de enea y se sentó a nuestro lado-, escuchad.

  “Unos meses después de estallar la última guerra civil” –su voz era apenas un murmullo-, “una anochecida como ésta vinieron de la capital unos individuos con pistolas, fusiles y abrigos largos como los vuestros. Estábamos acostumbrados. Lo hacían todas las semanas para “limpiar el pueblo de emboscados” y recolectar con guadañas de amenazas collares, anillos o pulseras “para comprar armas con las que derrotar a los enemigos”. Aquella vez no les bastó que don Miguel, el párroco, les asegurase que allí sólo quedaban “gentes de orden”. Y cuando creíamos que se habían marchado con sus hierros, sus palabras altas y sus malos gestos, oímos como un grupo de personas entraban sin llamar por esa puerta. Se habían enterado que el abuelo había sido miembro de la Casa del Pueblo.

  -Es cierto –corroboró él sin temor-, aún sigo siéndolo. Y sacó de la cartera un carné manoseado.         

  -Muy bien –sentenció él que mandaba la partida-, tenemos orden de llevarle a la capital.

  -¿De noche? –pregunté extrañada.

  -La patria no descansa –cortó secó el sayón.

  -¡Cúmplase! –zanjó el abuelo temiendo por mi vida y dirigiéndose al patriota en vela le preguntó si al menos le permitirían cambiarse de ropa. El de la cara desabrida asintió y en un santiamén se puso la camisa blanca y el traje de pana de los domingos. Nos dimos un abrazo largo.

  -No te preocupes –me susurró al oído para tranquilizarme- no he hecho nada.

Pasé el resto de la noche trasteando y cuando las oscuridades de la vigilia se iban entregando a la madrugada, unos golpes me arrojaron a la puerta. Era el cabrero. Con voz entrecortada me contó que creía haber visto al abuelo en las tierras del ejido. Ya había dado aviso al alcalde, al cura y al médico.

  -Lo primero es traerlo a casa -incomprensiblemente me tranquilicé.

Cogí la manta maragata de nuestra cama y fui a casa de Manuel que tenía un carromato.

  -Faltaría más –asintió-, voy a uncir el caballo a los varales.

El sol asomó avergonzado cuando coronamos la cuesta de las siete huebras y vi el ovillo pardo en la arruga de un surco. Arrasada en llanto me acerqué a abrazarlo, a llamarlo por nuestro nombre secreto como si fuese el talismán que lo despertase. Pero siguió quedo y vi que el viento de la noche se había entretenido en bordar con escarcha sus ojos abiertos. Le abrigué con la manta y entre los dos lo subimos a la tartana.

  -¡Arre Imperioso! –susurró el cochero temiendo despertarlo.