Lunes, 18 de diciembre de 2017

Un hombre en una isla

   Un hombre llega a una isla. No lleva demasiado equipaje pero de una de sus maletas se nos dice enseguida que es pesada. Contiene libros, comenta. No está de muy buen humor, parecen haberle obligado a hacer este viaje. Sospechamos que es alguien conocido pues, aunque de manera discreta, se celebra su llegada, lo esperan en el puerto. Los niños, por su parte, le piden dinero o le tiran pequeñas piedras. La policía mira.

   Antes, pero doce años después gracias al lenguaje cinematográfico, hemos visto a ese hombre prepararse, con muchas dudas, para un acontecimiento que a tenor de su mirada suponemos trascendental. Ahora está en un despacho bien amueblado que desprende un aire oficial. Él es alguien importante. Una mujer que tiene con él un lazo de difícil explicación irrumpe en la estancia y le reprocha lo que está a punto de hacer. Nos sorprende las atribuciones que se toma con el hombretón sin que su apariencia, a primera vista, lo hiciera suponer. Ella es más joven, él venerable, ella viste con sencillez, él elegante. Pero, sin que él pueda detenerla, ella le lee un papel que él escribió tiempo atrás y que para ella debió tener una relevancia especial pues lo conserva todavía, arrugado, en forma de pajarita. Ella, decepcionada, le cuestiona con palabras su conducta mientras le interroga con la mirada buscando a ese alguien que conoció mucho tiempo atrás, en una isla.

   En una deslumbrante película (en la oscuridad de la sala guiñamos varias veces los ojos, casi sin querer, ante la luz que sale de la pantalla, una luz solar amarillenta, cenital) Manuel Menchón nos muestra la intrahistoria de unos personajes circunscritos a ese entorno insular, esquelético, hermoso; la isla de Fuerteventura. Como unas Hurdes marítimas. Y en la pantalla, sutilmente, asistimos a una metamorfosis de quien llega con tristeza, con inquietud, con resentimiento, con miedo, a un lugar en el que, dice, no quiere morir. Podemos ver los detonantes de esa mutación: la soledad, la capacidad para apreciar la belleza del paisaje, la dignidad de sus gentes ante la adversidad, la ternura que le inspiran unos niños que al principio sólo le producen enfado, la amistad. La transformación que sufre ese hombre nos conmueve: su integridad cuando tuerce el gesto ante las injusticias, insobornable, su lucha contra la comercialización del agua o el abandono de la escuela. El hombre se siente casi ya uno de los lugareños. Interpela a un cura sin fe, reprocha a su amigo político no mancharse los zapatos de polvo, monta en camello, se obstina con dignidad inquebrantable en ayudar a un amigo para levantar un fardo que no moverían ni diez hombres. Por fin un día, tras una jornada como ayudante del pescador local, recibe sudoroso su jornal y se tumba relajado a descansar al sol en un extremo del esquife.

   La isla del viento sólo es una película. Una película hecha por alguien que confiesa amar al personaje pero que se centra en la persona, en ese hombre llegado a regañadientes a una isla del Atlántico y que doce años después plantó cara a los militares levantados en armas. Que el hombre sea Miguel de Unamuno y la escena final se desarrolle en el Paraninfo de una universidad no es lo primordial. Espectadores de países extranjeros que nada o poco sabían de una figura aquí egregia se emocionaron igual con el vibrante final.

   Existe infinidad de información sobre el personaje público pero para saber del hombre que retrata libremente Menchón en aquella Fuerteventura de calles achinarradas como en su Salamanca, escribe, sólo tenemos un puñado de cartas, varias fotografías, testimonios personales. Probablemente la ficción se toma muchas libertades. Pero, ¿por qué no?, quizá pudo ser así. ¿Verdad, Cala?