Domingo, 17 de diciembre de 2017

Verano y humo

A la vista de cómo se trata la cultura en este país, y no sólo políticamente, no es de extrañar que en los programas electorales de los aspirantes en las pasadas elecciones, el tema cultural haya brillado por su ausencia, o haya sido despachado con cuatro frases hechas que más suenan a relleno que a auténticas propuestas destinadas a trabajar culturalmente por un país cada día más alejado del saber.

Confundida, mezclada e indiferenciada de la ociosa fiesta del entretenimiento y el ruidoso colorín de lo verbenero, la cultura y la actividad cultural, colonizadas intolerablemente por instituciones explícitamente negligentes para su gestión (muchos ayuntamientos, todas las comunidades autónomas, las diputaciones y las delegaciones ministeriales de escalafón y trienios), y puesta esa gestión pública cultural en manos mayoritariamente de individuos de irritante negligencia cuyos conocimientos, competencia, preparación y probidad en  tan importante y delicada materia no han sido demostrados y ni siquiera contrastados, la gestión, programación, diseño, proyección y hasta intencionalidad de la programación cultural, especialmente en los meses veraniegos, se ve lastrada por decisiones de tipo personal que a veces hieden y compromisos comerciales y políticos que vienen a reflejar cualquier cosa –desde lo hortera a lo más bochornosamente provinciano, pasando por la imposición de ciertos gustos personales, la permanencia de cualquier utilitarismo subjetivo o la introducción forzosa de caprichos u obsesiones particulares-, echándose siempre de menos una diversidad cultural de contrastada calidad y suficiente proyección tanto respecto a los ámbitos de su desarrollo como contemplando la lógica naturaleza ecléctica de sus destinatarios.

Además de la mezcolanza a veces sin sentido y nunca encuadrada en proyectos o fines generales de programas –parches, cosas sueltas, caprichos, ocurrencias, compromisos, niños bonitos, lo de siempre-, los actos o eventos con que se llenan las hojas de actividades culturales de mil y un organismos públicos, especialmente en verano pero no sólo, la cada vez más asentada concepción por parte de sus gestores de la actividad institucional cultural continua como una suerte de papeleo de oficinas y trámites burocráticos –horarios de las bibliotecas públicas en verano (una aberración), desatención veraniega en museos y centros culturales públicos (una vergüenza), desinterés por el sentido y desarrollo de las actividades una vez programadas e ignorancia de, en su caso, utilidad pública (un bochorno que incluye ignorar el sentido último -también el primero- de la lectura y sus servidumbres y necesidades, desconocer las exigencias de espacio, ámbitos y particularidades técnicas y artísticas de las representaciones teatrales, los conciertos musicales o los actos escénicos en general, desentenderse de la adecuación de los horarios a cada actividad, no atender la necesaria difusión continuada de los actos, descuidar la indispensable atención al desarrollo de cada evento y al mantenimiento y conservación de cada espacio utilizado, etc.), hace que la esencia del valor de la cultura se diluya en una indigerible papilla donde se mezclan, especialmente en el verano, pero no sólo, vergonzantes festejos o bochornosas “tradiciones”, procesiones, espumas, vaquillas, encierros, piscinas, borracheras y otras lindezas de la boca abierta, con actos cuya diferenciación, cuidado y correcta difusión contribuiría, sin gran esfuerzo, a facilitar el adecuado juicio de cada uno,  y no ese ensordecedor colorín más cercano al estupor que al pensamiento.