Miércoles, 13 de diciembre de 2017

La religión no es un añadido más

La religión se nos ha presentado como un hecho humano específico que tiene su origen en el reconocimiento por el hombre de una realidad suprema, la cual confiere su sentido último a la propia existencia, al conjunto de la realidad y al curso de la historia...”

Juan Martín Velasco

La religión es experiencia, una experiencia de sentido, que está en relación directa con las preguntas que se hace la razón respecto a nuestro ser y existir. Las características de la experiencia religiosa la abren al misterio como infinito de inteligibilidad que no se agota en ninguno de nuestros conocimientos, porque siempre es más que lo que podemos saber de ella.  Esta experiencia comporta una relación consciente con lo incondicional (realidad absoluta, Dios) no circunscrita a acciones aisladas ni a meros sentimientos, sino que penetra toda la vida del hombre, en cuyo comportamiento se actualiza a través de formas diversas: culto, dogma, moral, instituciones, arte, literatura, etc.

La religiosidad presente en nuestra realidad desde los orígenes del hombre, el hecho religioso ha acompañado la historia humana en todas sus etapas, interviniendo en el desarrollo de la misma. Por otro lado observamos que las religiones son muy numerosas en el ancho mundo, con lo que este fenómeno tiene un peso importante en su vida y desarrollo. Todas ellas tienen algo de común que permite identificarlas como religiones y distinguirlas de otros fenómenos humanos como el arte o la cultura. La religión es un fenómeno universal, donde el hecho religioso, a pesar de la variedad de religiones, presenta una cierta homogeneidad. Con los materiales de las diferentes religiones, se puede hacer un rostro común, al que podemos llamar hecho religioso. Entre esos elementos comunes que forman el rostro del hecho religioso están conceptos como lo sagrado, el misterio, la actitud religiosa y las mediaciones que las que se hace presente el misterio.

Significa esto, que la religión es acompañante imprescindible del hombre, hasta el punto de ser considerada como elemento esencial de su estructura o derivación natural de ella. No un simple epifenómeno o sobreañadido accidental, sino que es existencial o forma de ser necesaria en su vida.

Así desde la historia de las religiones, desde la fenomenología de la religión, el hecho religioso, sería una actitud específica del hombre ante un ser ontológicamente superior. Definiendo la religión desde el misterio y experiencia de lo sagrado, o lo santo, se trata de un hecho humano específico que consiste en el reconocimiento y aceptación por parte del hombre de una realidad suprema que confiere sentido último al mundo, al hombre y a la historia. Es la última respuesta al interrogante del hombre sobre sí mismo y sobre el mundo.

Pero, por otro lado, el hecho religioso, se presenta como la irrupción en la propia vida de una potencia extraña, misteriosa, que conmueve al hombre impulsándolo a cambiar de vida. Le insta a ser él mismo plenamente con la asistencia de otro mayor. Se trata de un movimiento dialéctico que concierne al sujeto humano en su intimidad más profunda, teniendo que dejar de ser lo que es para conquistar otra forma de vida más perfecta. Conseguir esa profundidad y hondura en la vida, otra es la meta de la actitud religiosa, que se traduce en actos y prácticas mediante las cuales, pretende el hombre acortar distancias y hacer presente a Dios en la propia vida.

Lo Sagrado, más que una realidad, es una forma de ser y de aparecer del hombre. Esta realidad en su conjunto que surge justamente cuando aparece lo religioso. No se trata de una suma de elementos, sino de una forma de organizarse dichos elementos. Es una atmósfera, como puede ser el sentido estético de la realidad. El mundo de lo sagrado se separa de la vida ordinaria, no como otro mundo, es el mismo mundo vivido de una forma enteramente nueva. No es un mundo poblado de nuevas realidades, es un mundo organizado, en torno a un nuevo eje, que adquiere una nueva dimensión. Es el mundo de lo único necesario, ante lo cual todas las cosas son sólo relativas y se reducen a la categoría de añadiduras.

En un segundo lugar, está el Misterio, realidad que determina la aparición del ámbito de lo sagrado. En la tradición cristiana es Dios, pero hay religiones que carecen del nombre o de la figura de Dios. Se puede evocar con otros nombres, o ausencia de todo nombre o vacío de toda representación. Con lo que ese nombre puede denominarse el Misterio y es la clave de todo fenómeno religioso, indica esa realidad “totalmente otra” más allá de lo conocido y de lo desconocido. Este evoca en el hombre el sentimiento de lo tremendo un “temblor y temor”, un sentirse reducidos a cenizas, de anonadamiento. Es una realidad inaccesible, pero es la realidad que vale por sí misma y que confiere valor a todo lo que existe, la que es digna de ser y la que fascina y atrae. Una realidad que cuya presencia instaura el orden de lo sagrado en el que se inscriben todos los fenómenos religiosos.

Esta afirmación del misterio, de Dios como realidad que existe más allá de nuestra capacidad de reconocimiento, forma parte de la estructura propia del hombre. El hombre siempre está buscando respuestas, y ese preguntar irrepetible e inagotable, forma parte de su estructura más genuina, es algo que no se puede dar así mismo, que no coincide consigo mismo, que no puede medir, que no puede poseer. El sentido religioso, es una exigencia de totalidad constitutiva de nuestra razón, es decir, precisamente de la capacidad que tiene el hombre de tomar conciencia, de abrirse a la realidad para introducirse en ella y abrazarla cada vez más.