Domingo, 17 de diciembre de 2017

Los himnos sin letra no dicen mentiras

 

Esta noche no sonará el himno nacional de España en el estadio de Burdeos como todos deseábamos, ya que desde el lunes existe una nueva generación de niños españoles “normales”, los nacidos hacia 2006-2008, cuyos primeros recuerdos de la Selección son un fiasco mundialista y una decepción eurocopera. Retomando tradiciones. Andando el tiempo, no lo dudo, escucharán el himno antes de una final con feliz desenlace.

 

Escucharlo, que es manera inigualable de sentirlo, pues la música suena distinto cuando suena por dentro. No hace falta “lorolearlo”, prescindiendo incluso de la repetición de la primera parte y teniendo que corear tres veces la segunda, como ocurre en los graderíos cuando juega la Selección; en las finales de Copa, a menudo, se canta el Himno a la Grosería, también denominado “libertad de expresión”.

 

Escucharlo en pie, abrazados, sin necesidad de mover los labios y la lengua, simplemente hacer silencio respetuoso cuando suena la Marcha de Granaderos en honor de España. Esa liturgia de los himnos, no digo que no, adquiere tintes épicos al aunarse las voces, pero siempre me queda el sabor amargo al ver a unos cantar y a otros no. Escucharlo en silencio me suena a solemnidad, a elegancia, a armonía, a que cada uno le ponga la letra de su sentimiento diverso pero la melodía salvaguarde la unidad de los proyectos comunes, sustentados en unos pocos fundamentales cimientos, en unas notas que a todos digan algo compartido aunque no a todos digan exactamente lo mismo.

 

La música me suena a verdad y en las letras se cuelan mentiras. No ya los deseos, las ansias o las aspiraciones de un equipo de fútbol, que todos riman con “campeón”, todos son los más pundonorosos y a limpios y deportivos nadie les gana. Las mentiras de mayor peso se leen (y se escuchan) en las letras de himnos de naciones y regiones. Por faltar a la verdad histórica o por mostrar como ciertas falsas vías de convivencia: la guerra, el odio al que es diferente, la exaltación exagerada de lo propio… Sin ir más lejos, nuestros vecinos franceses y portugueses cantan unos himnos que, en boca de los españoles, serían descritos como “imperialistas”, “franquistas”, “ultraderechistas” y otras lindezas. En francés y en portugués son sinónimo de “libertad”. ¿Y qué decir del Himno de Riego adoptado por la República Española con su llamada a dar la vida por la patria y su alusión al Campeador? ¿Se lo saben y lo cantan los de las banderas tricolores o sólo conocen las versiones anticlericales y antimonárquicas?

 

Los Países Bajos dedican su himno a Guillermo de Orange, del que dicen (cantan) que siempre honró al Rey de España. No se lo creen ni ellos… pero lo entonan y aquí no ha pasado nada. Leyenda negra antiespañola también abunda en los himnos de las naciones hermanas de América, muy fraternales algunas estrofas, si bien suelen interpretarse las moderadas. Por lo tocante a nuestras comunidades autónomas, sigo pregúntandome a qué conflicto bélico se refiere el himno andaluz, basado en una emotiva pieza religiosa, el “Santo” de Cantillana, cuando dice aquello de que “la bandera blanca y verde vuelve tras siglos de guerra”.  En Villalar los castellanistas se aventuran a especular sobre la bastardez de los reyes, en Cataluña se inflama el independentismo a base de pacíficos golpes de hoz bien afilada, mientras en Galicia la letra oficial de su himno considera “imbéciles y oscuros” a los que no entiendan la lengua gallega. El “Gora ta gora” es la confesional letra que el PNV pone a la música del himno oficial del País Vasco: ya puestos a solapar bandera e himno… El precioso himno valenciano no gusta a Compromís porque comienza así: “Para ofrendar nuevas glorias a España…”.

 

Aunque esta noche no vaya a sonar en Burdeos, aunque sea abucheado por todos los nacionalistas de las diferentes regiones españolas como alarde de una supuesta libertad (el único nacionalismo montaraz y vergonzante es el constitucionalismo español, claro), aunque algún reciente candidato a presidir “Estepaís” (o sea, España) lo definiera como “cutre pachanga fachosa”, qué hermoso es nuestro himno sin letra, el himno nacional de España.