Martes, 12 de diciembre de 2017

Nomo(vil)fobia, niños soldados y feminicidios

Mientras nosotros tratamos de vivir enfrentándonos a la nomofobia, al otro lado tenemos otros seres humanos tratando de sobrevivir a nuestras adicciones. Lo que ocurre en la República Democrática del Congo es un constante atropello a los derechos humanos, donde las mujeres son doblemente vulnerables.

Jessica Oliveira. Activista por los Derechos Humanos

Nomofobia, ese es el término que hemos acuñado para denominar el miedo y la consecuente angustia a estar sin teléfono móvil. Se estima que cada vez más porcentaje de nuestra sociedad lo padece, y esa dependencia es especialmente preocupante en los más jóvenes.

   El Smartphonese ha transformado en una necesidad para muchos tanto como lo imprescindible del coltán para fabricarlo, material que se concentra en alrededor del 80% en la República Democrática del Congo y, sin embargo, gracias a los conflictos que el control de este material genera, ya se ha llegado a declarar a Ruanda, país limítrofe, como el principal productor de coltán aunque nunca haya tenido yacimientos. Seguimos, como se ve, con las guerras de conquista.

   Se nos ha inculcado, y hemos asentido gustosamente, que es necesario no ya tener un móvil, sino tener la última tecnología en el móvil, esa que avanza a velocidad de vértigo y nos obliga a adaptarnos con la misma rapidez, con un marketing agresivo y una presión social imparable, tanto que no nos hemos inmutado al conocer el terrible y remoto coste humano, ese que se paga tan lejos y tan apartado de nuestras responsabilidades. Sin embargo, creo que sería adecuado, al menos, conocer ese escenario tan lejano, y no por ello menos real. Saber siempre es bueno, y tener consciencia de las cosas también.

   La realidad es que con nuestro Smartphone se relacionan ya más de 4 millones de vidas perdidas, entre ellas las de numerosos niños soldados, y también feminicidios diseñados como la mejor forma de “destruir a la mujer sin matarla, de modo que no pueda mantener a su familia”, como afirma la periodista congolesa y defensora de los derechos humanos Caddy Adzuba. http://www.fpa.es/interactivos/caddy-adzuba/

   Deseamos productos de multinacionales que no aun no teniendo ningún tipo de dificultad para obtener los recursos necesarios por medios legales, que los hay, prefieren aprovechar una oportunidad mejor financiando esas guerras, abasteciendo a bandas armadas que a cambio les suministrarán lo que pidan mediante la explotación brutal de hombres, mujeres y niños.

   Lo que ocurre en la República Democrática del Congo es un constante atropello a los derechos humanos, donde las mujeres son doblemente vulnerables pues viven una guerra en la que son explotadas y en la que se constatan cifras de violaciones aterradoras. Y además, posteriormente, son rechazadas por sus maridos y por su familia dado el deshonor que les supone.

   “No nos violan como un acto sexual, nos destruyen para que nos convirtamos en incapaces, enfermas, discapacitadas. Físicamente, después de las violaciones atroces, te tienes que someter a muchas operaciones y poca gente tiene la oportunidad” cuenta Caddy Adzuba, quien ha sufrido la guerra desde 1996.

   Los niños tampoco se libran de las consecuencias de esos conflictos y evidentes intereses económicos, tanto que son utilizados por los grupos rebeldes como niños soldados sin ningún pudor. Se trata de niños que no conocen otra cosa porque no han vivido fuera de la guerra y la explotación, no han vivido sin violencia.

   Hay otras formas de disfrutar de la tecnología, de fabricarla y de obtener los materiales necesarios. En EEUU se ha logrado un importante avance con una ley que prohíbe expresamente la adquisición de esos recursos por medios no controlados, pues cabe destacar que también existen minas de coltán legales, donde no hay niños obligados a trabajar ni mujeres violadas y donde parte de la población puede trabajar y obtener así un medio de supervivencia.

   Y es que no se trata de una utopía, si no de respetar los derechos humanos.

   Esta es la realidad, mientras nosotros tratamos de vivir enfrentándonos a la nomofobia, al otro lado tenemos otros seres humanos tratando de sobrevivir a nuestras adicciones.