Miércoles, 13 de diciembre de 2017

¿Dejaremos ya de hablar, con obsesión, de política?

Aún calientes los resultados electorales, pero ya en las puertas de un gobierno mínimamente estable, que gobierne al menos los próximos dos años, como dicen los expertos, quizás ha llegado el momento para que los ciudadanos de a pie podamos darnos una larga tregua en torno a la política.

Los psicoterapeutas sabemos que la gente habla de aquello que le preocupa; esta obviedad no se da solo en las consultas psicológicas sino también en la calle, con nuestros amigos, compañeros, familiares. Los meses pasados han sido meses de discusiones políticas, muchas veces agrias, casi siempre inútiles. La política tiene un pie en una cierta racionalidad ( los propios intereses, el nivel de información del sujeto…) y otro pie en el mundo emocional fantasmático ( la historia de la familia, los miedos imaginarios, la propia situación personal proyectada…). Por eso es muy poco útil o inútil del todo intercambiar opiniones políticas: los fantasmas deciden más que los razonamientos.

Del pequeño número de amigos de confianza que tengo, sobresalen dos, con los que tengo dos maneras absolutamente contrarias de actuar en este asunto de compartir las ideas sobre política; con uno, amigo y colaborador desde hace muchos años, hablo, discuto y le escucho, con mutuo enriquecimiento, de múltiples temas: filosofía, literatura, pintura, psicología, ciencia, vida familiar…Es un diálogo enriquecedor y creativo; con frecuencia llevamos a cabo proyectos artísticos o culturales conjuntamente. Pero nunca hablamos de política. ¿Por qué? Porque siendo nuestras diferencias enormes, solamente en este terreno, cuidamos nuestra amistad con cariño y sabemos que una confrontación no sería buena para ninguno de los dos. Con esta estrategia, nuestra amistad es muy valiosa para ambos y lo será siempre.

Sin embargo con otro amigo de gran confianza, cuyas ideas políticas son muy similares a las mías, con exagerada frecuencia nuestras conversaciones van a parar a la política actual, no para contrastar nada, sino, buscando esa catarsis “de andar por casa”, similar a la producida por los gritos en un estadio de fútbol. En ese campo nuestras “conversaciones” no pueden ser más repetitivas, monótonas y carentes de toda originalidad.

Dicen que los ingleses consideran sus opiniones políticas y sus ideas religiosas pertenecientes al ámbito privado o íntimo, por lo que en general está mal visto hablar en público de política o religión. Cada vez les entiendo más. Se vota, cuando haya que votar, como hicimos los españoles el domingo pasado y después confiamos en que los políticos hagan su trabajo: pacten, gobiernen, resuelvan con inteligencia y honestidad los problemas públicos pendientes que cualquier país tiene.

Y si no lo hacen se les deja de votar. Hasta ahí llega la racionalidad. Más allá de ese punto, comienza el complejo y poderoso mundo de los fantasmas que nos habitan.