Martes, 12 de diciembre de 2017

Dar posada al peregrino

Esta obra de misericordia evoca los tiempos en los que los peregrinos llegaban a una aldea pidiendo alojamiento. En realidad nos invita a repensar nuestra capacidad para la acogida y la hospitalidad. Esta antigua obra de misericordia se actualiza hoy en la acogida a los numerosos inmigrantes y refugiados que buscan acogida en países que consideran más prósperos y más seguros. 

En las páginas de la Biblia encontramos numerosos ejemplos de gentes hospitalarias con relación a los pobres y a los extranjeros. 

 Abraham acoge en su tienda a los peregrinos que llegan hasta Mambré y en ellos  acoge al mismo Dios (Gén 18, 3-5). La hospitalidad de la viuda de Sarepta hacia Elías es recompensada con el aumento de la harina y del aceite.  El recuerdo de la esclavitud en Egipto  motiva la norma de acoger al forastero y al emigrante: “Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto” (Dt, 10,19).

   En Betania Jesús es acogido por Marta y María (Lc 10, 38, 42) y en Jericó se hace invitar por Zaqueo. Aquel gesto de hospitalidad lleva al jefe de los publicanos a compartir sus bienes con los pobres y a practicar la justicia con los defraudados (Lc 19, 1-10). La hospitalidad para con los forasteros, con los que Jesús se identificará en el juicio final, es uno de los signos  para  discernir  la sinceridad de los creyentes (cf. Mt 25, 35.43).

Finalmente recordamos la exhortación de la carta a los Hebreos: “No os olvidéis de la hospitalidad; gracias a ella algunos hospedaron a ángeles sin saberlo” (Heb 13,2).

La hospitalidad es la gran victoria contra los estereotipos que proyectamos sobre el prójimo, al que consideramos peligroso. Quien acoge a otros en su corazón demuestra tenerlo grande y abierto.  Quien acoge a otros en su hogar, puede esperar ser acogido. Y, sobre todo, puede  ejercer la gratuidad del amor.

Con el ejercicio de la hospitalidad a los pobres, a los marginados y a los inmigrantes podrán vivir los creyentes el espíritu de la fraternidad. Al mismo tiempo, denunciarán el individualismo de nuestro mundo. Y, por fin, anticiparán proféticamente la acogida que el Padre celestial nos ha de dispensar en su morada eterna.

La obra de misericordia que nos invita a dar hospitalidad al peregrino nos obliga a preguntarnos por nuestra responsabilidad en ignorar la situación de las personas que se ven privadas de un hogar y aun de la esperanza de adquirirlo. Pensamos en los prófugos que son obligados a abandonar sus casas y sus países de origen. Y en los inmigrantes que son vistos como una amenaza para los ciudadanos.

Y pensamos también en todos aquellos a los que nos negamos a aceptar como colegas y como hermanos. Seguramente debemos preguntarnos cómo nos sentiríamos si nos encontráramos un día en su lugar.

                                                                         José-Román Flecha Andrés

 
LLAMADA Y SEGUIMIENTO
 “Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo.”  Con esas palabras responde Eliseo a la llamada que le dirige el profeta Elías. Efectivamente, Elías le concede ese permiso, Eliseo ofrece un convite a su gente y vuelve para seguir al maestro que lo ha llamado. Así se nos cuenta en el texto que se lee en la primera lectura de este domingo (1 Re 19,16b.19-21). 
El profeta Elías había sido llamado por Dios para defender la fe de su pueblo. Una fe que se veía amenazada por el culto a Baal, que había introducido la reina Jezabel. Después de un tiempo pasado en el silencio, a orillas del torrente, aquel profeta, tan austero como celoso, había cumplido con fidelidad la misión que le había sido encomendada. 
Pero ahora llegaba la hora de su partida. Y el Señor que lo había llamado, le ordenaba que ungiera a Eliseo como profeta y sucesor suyo. El mensaje había de sobrevivir al mensajero. Si Elías había defendido la majestad de Dios, Eliseo había de manifestar su misericordia. Ambos profetas obedecían al impulso del Espíritu de Dios.  
 
ACOGIDA Y SEGUIMIENTO
 
Al Espíritu se refiere también san Pablo cuando exhorta a los Gálatas a no dejarse guiar por los deseos y los instintos inmediatos: “Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne… Si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley” (Gál 5,13-18).   
El instinto de la ira domina aún en Santiago y Juan. Desearían castigar a las gentes de aquel poblado de Samaría que se negó a acoger a Jesús y a sus discípulos cuando se dirigían a Jerusalén. Las diferencias culturales y religiosas, los recelos y  los prejuicios no permitían  a los unos la hospitalidad mientras que sugerían a los otros el desquite (Lc 9,51-62).
Pero el evangelio de hoy no se refiere solamente a estos dos discípulos que todavía no han asimilado el espíritu de su Maestro. El texto presenta a otros tres que podrían haber seguido el camino del discipulado. Al primero, Jesús le revela su propia pobreza. No tiene donde reclinar la cabeza. Al segundo le recuerda la primacía del anuncio del reino de Dios.
 
SEGUIMIENTO Y GENEROSIDAD
 
 El relato  evangélico que hoy se proclama trata de presentar algunas formas de vocación que debieron de repetirse una y otra vez en las primitivas comunidades cristianas. De hecho, se concluye con el diálogo entre un tercer candidato y el mismo Jesús:
• “Te seguiré Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia”. Con esta frase el texto evangélico nos recuerda el gesto filial de Eliseo. En la comunidad de Israel era muy importante el respeto a los padres y la vinculación con la familia de origen. Este candidato quiere seguir a Jesús, pero no quiere ignorar  a su gente.
• “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”. La respuesta de Jesús se diferencia de la respuesta del profeta Elías. Jesús no condena las atenciones de una persona a su familia. Pero ayuda al candidato a comprender la radicalidad de la vocación al seguimiento del Mesías.
- Señor Jesús, te damos gracias por habernos llamado a seguirte en la misión que te ha sido confiada. Tus gestos y tus palabras llenan nuestro corazón y nos seducen. Ayúdanos a comprender que el seguimiento exige una disponibilidad generosa.   
                                                                                     José-Román Flecha Andrés