Sábado, 16 de diciembre de 2017

La seguridad de amar a Dios 

Un rey deseaba ser feliz y agradar a Dios. Por eso mandó a los sabios que recogieran todo lo que se había escrito para conseguir tal fin. El monarca, después de que los estudiosos le presentaran varios volúmenes de libros, los mandó hacer una apretada síntesis.

 Al fin de sus días llegó un sabio que le dijo:”Ama a tu Dios; ama a cada ser humano”. Al mismo tiempo apareció un santo que le explicó la frase: “Si quieres ser salvo, añadió, ama al ser humano y así tendrás la seguridad de estar en el amor de Dios”.

  Quien ama al otro está en la seguridad de amar a Dios. Y quien lo ha descubierto en el niño, en el anciano olvidado, en el que sufre por cualquier causa, se compromete como Jesús hasta el final. “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13.2). En aquella tarde, Jesús amó a los suyos como nadie los había amado hasta entonces, los amó, hasta el límite, hasta el fin, hasta el extremo, hasta dar la vida. Jesús demostró este amor al otro en el servicio y en el estar atento en las cosas pequeñas. Echar agua, lavar, secar los pies, era un oficio de esclavos. Este servicio humilde y callado lo hizo Jesús con sus discípulos.

 El amor se concretiza en las cosas pequeñas. Soñamos con lo imposible y no hacemos lo que está a nuestro alcance. Quien ha descubierto a Dios en el ser humano, tiene la misma actitud de Cristo y está dispuesto a “servir”, en lugar de aprovecharse del otro. Para ello necesitará el creyente mantener siempre atentos los oídos y la mirada siempre alerta para percibir la voz de los que sufren para ser mensajero de esperanza, amor y paz. La comunión con Dios nos lleva a ser solidarios con el hermano. “El pan de la concordia no se puede comer donde no hay concordia” (San Agustín).

  “Bienaventurados los que aman el interés del otro como el suyo propio, porque  crearán paz y unidad.

Bienaventurados los que están dispuestos a dar el primer paso, porque descubrirán que el otro está mucho más abierto de lo que podía hacer.

 Bienaventurados los que nunca dicen: ¡Y ahora basta!, porque encontrarán un nuevo comienzo.

 Bienaventurados los que primero escuchan y después hablan, porque a ellos se les escuchará…

Bienaventurados los que pueden someterse y perder, porque el Señor puede entonces ganar” (Klaus Hemmerle).