Lunes, 18 de diciembre de 2017

… sabemos lo que queremos / y 2 (por el momento)

Casa, lugar, habitación, morada: empieza así la oscura narración de los tiempos: para que algo tenga duración, fulguración, presencia: casa, lugar, habitación, memoria: se hace mano lo cóncavo y centro la extensión: sobre las aguas: ven sobre las aguas: dales nombres: para que lo que no está esté, se fije y sea estar, estancia, cuerpo: el hálito fecunda al humus: se despiertan, como de sí, las formas: yo reconozco a tientas mi morada.

Bet | José  Ángel  Valente

Decía en la primera parte de este artículo, que el objetivo este texto no era sólo recordar lo que ha sido y sigue siendo la lucha contra una normativa a todas luces injusta, que ataca a uno de los más elementales derechos humanos: tener un lugar en el mundo.

Mi empeño es establecer el nexo de unión con algo profundamente lacerante, como es el hecho de que todas estas familias desalojadas/expulsadas/desahuciadas, no lo han sido sólo de sus casas, sino también de su hábitat humano, del mundo (para que no haya dudas).

Perder este espacio primigenio, pero también el último reducto donde salvaguardar tu humanidad, entraña fagocitar tu espacio vital. Significa, lisa y llanamente, tu expulsión de la vida.

Escribe Bachelard que La casa es un cuerpo de imágenes que dan al hombre razones o ilusiones de estabilidad. Reimaginamos sin cesar nuestra realidad: distinguir todas esas imágenes sería decir el alma de la casa; sería desarrollar una verdadera psicología de la casa.

La casa propia como símbolo de lo privativo, de lo más íntimo; aquel lugar donde poder refugiarnos y rehacernos ante la adversidad exterior. Si nos expulsan de ella, socavan nuestro último espacio personal, desde el cual, cobijados gracias a la protección física, pero también simbólica, intentamos reconstruirnos. Territorio netamente humano donde somos nosotros junto con los otros. Donde la relación con los objetos no es meramente utilitaria y funcional, pues en ellos se expresa y se extiende nuestro yo (nuestras fotos y libros), a través de los objetos que llevan nuestro sello, nuestra huella personal (nuestra cama, el sofá, las sillas y la mesa del comedor).                      

Lo que guarda activamente la casa, lo que une en la casa el pasado más próximo al porvenir más cercano, lo que la mantiene en la seguridad de ser, es la acción doméstica. […] En cuanto se introduce un fulgor de conciencia en el gesto maquinal, en cuanto se hace fenomenología lustrando un mueble viejo, se sienten nacer, bajo la dulce rutina doméstica, impresiones nuevas. La conciencia lo rejuvenece todo. Da a los actos más familiares un valor de iniciación. Domina la memoria. […] un poco de cera fragante en su mesa, crea un nuevo objeto, aumenta la dignidad humana de un objeto, inscribe dicho objeto en el estado civil de la casa humana. Precisa con hermosas palabras Bachelard.

Entonces, ¿qué podríamos hacer para sentir esta pérdida como propia a quienes afortunadamente no la hemos padecido?

Hagan el esfuerzo de recordar un objeto familiar y querido que de pronto desaparece, destruido o puede que hurtado. Piensen en su casa calcinada por el fuego o anegada por la crecida de un río, donde nuestros objetos más venerados se han convertido en polvo o esfumado en la torrentera.

Es verdad que en el caso que les contaba la semana pasada, mi amigo no lo perdía todo, nada desaparecía totalmente, lo que percibía eran ciertas fallas que se asemejan a las grietas que se hacen visibles como en las paredes de cualquiera de nuestras casas, anunciando que algo no marcha bien.

Al igual que en el funcionamiento de esas máquinas (si decidimos seguir con el ejemplo de los electrodomésticos), esos objetos humanizados de los que habla Bachelard, que son parte de nuestra vida cotidiana y que, como en el caso de mi amigo, dejan de funcionar, uno detrás de otro, producen una gran desazón, desequilibrio,  y sensación de pérdida.

Conocen acaso a alguien que no padezca grietas en su casa cuando ha visto su sueldo congelado, si es que no se lo han reducido. Cuando a los que carecen de trabajo se le acaban las prestaciones por desempleo y después los subsidios miserables. Cuando comienza uno a percatarse que ya no hay casi nada de nada, y no se puede encender la luz y la calefacción, y después se malcome: entonces la grieta ya no es sólo una fisura, comienza a extenderse cada vez más, y la casa (nosotros) se desmorona.

Cuando te expulsan de tu casa y, para que no vayas a olvidarlo, te siguen obligando a pagarla. Cuando esas fisuras comienza a convertirse en negros boquetes que parecen anunciar fracturas completas, totales; el equilibrio entonces, aunque siempre frágil, desaparece por completo.

¿Es que acaso conocen a alguien de su entorno que no sufra este tipo de grietas? ¿Mi amigo, sus vecinos y familiares? Quizá por ese motivo comenzamos a salir a las calles, habitamos de nuevo en la plaza pública, hemos decidido volver a tomar la palabra y hacernos escuchar con nuevas voces, pero con un reclamo antiguo que viene de lejos.

Ya no nos negamos a ver lo que para unos son sólo fisuras, para otros ya se han convertido en grietas, y para no pocos, en terribles agujeros negros. Sabemos, como dice Bachelard, que El mundo es un nido; un inmenso poder guarda en ese nido a los seres del mundo. Por eso reclamamos nuestro lugar en él.

Y la constatación más evidente y hermosa de esta verdad, sabida y al mismo tiempo olvidada por muchos, se muestra, día a día, en todas las escuelas del mundo: Pedir al niño que dibuje una casa, es pedirle que revele el sueño más profundo donde quiere albergar su felicidad; si es dichoso, sabrá encontrar la casa cerrada y protegida, la casa sólida y profundamente enraizada. Está dibujada en su forma, pero casi siempre hay algún trazo que designa una fuerza íntima. En ciertos dibujos es evidente, que hace calor dentro, hay fuego, un fuego tan vivo que se le ve salir por la chimenea. Cuando la casa es feliz, el humo juega suavemente encima del tejado.

No, no estamos locos, sabemos lo queremos y podemos dibujarlo cada día.

Rafael Muñoz