Lunes, 11 de diciembre de 2017

Un ciudadano(/una ciudadana), un voto

Escribo estas líneas hoy, viernes negro, porque ayer se batió el record (5.000) de fugitivos recogidos en el mediterráneo en 24 horas, se aprobó la Salida del Reino Unido y estamos en España en vísperas de unas elecciones sin una salida previsible. Trajedia humana, Descalabro europeo y  Atasco nacional. Y en estas condiciones, a votar.  Dudaba si poner la fotografía de El Pensador de Rodin o la viñeta de El Roto. Y me decidí por la viñeta...

Ha costado lo suyo tanto lo del voto universal, rigurosamente nuevo en la historia humana, como lo del voto de la mujer (honra y homenaje a todas las sufragistas, especialmente a nuestra Clara Campoamor). Ha sido un alarde humano de igualdad ciudadana y de participación activa en el gobierno de la cosa pública. Aunque no tanto porque luego la práctica del voto y sus consecuencias dejan bastante que desear.

Por muchas razones hay no poca rebaja democrática. Porque a veces el voto llega sin pensamiento ni elección. O viene cargado de presiones y reivindicaciones. O está rodeado de envoltorios de egoísmo y de intereses. O se desliza por la rendija sin nada dentro aunque ponga nombres de candidatos. O es un voto a la contra diga lo que diga la papeleta o se aleja a la deriva porque a él qué le importa lo que suceda sea lo que sea que le da igual. O está muy bien emitido y votado pero poco le importa luego al beneficiario de ese voto. O lo imposible de meter en un voto lo que se piensa. Y así hasta cientos de miles, de votos, claro.

Y por ser un logro histórico digno de ser ejercido y respetado, hay que ejercerlo y respetarlo. Aunque luego tu voto se vaya a la nada por culpa de la ley D'Hondt o porque tu partido no ha sacado ni diputado ni senador siquiera o porque en cuanto se cierra la ceremonia y todos se proclaman ganadores empiezan a olvidarse de la vida real de la gente que levantó aquellos votos sobre los que ellos se alzaron ganadores. Si te he visto no me acuerdo; perdón, si me has votado no me acuerdo…Y no te vuelven a mirar hasta cuatro años después. Si es que no lo hacen antes obligados por su torpeza en llegar hasta el final reglamentario.

Con estas sombras sobrevolando va el votante a su colegio electoral y deposita su voto con esmero casi religioso. Y hace bien porque hay algo grave y profundamente humano en un gesto tan simple y hasta, en el peor de los casos, quizás tan inútil. Y al salir se siente entre liberado y satisfecho, aunque haya votado con algún  malestar o vacilación. Ha cumplido con su deber. Sucederá después lo que suceda, pero él ha puesto su parte. Está hecho y se va a dar una vuelta por el jardín que linda con su colegio electoral

Y en el paseo, al ver la buena gente que va y viene, que saluda o que mira, que se apresura o que pasa despacio sin prisa, gente de toda edad y condición, con cara de sufridos ciudadanos, preocupados por su casa y su futuro, por sus hijos o por sus viejos, por su ciudad o por su mundo, por la juventud o por los presos, por los emigrantes o los pensionistas, por los sindicatos o por la Iglesia, por los autónomos  y los parados, por… 

Al verlos pasar le viene al corazón un sentimiento de pena y hasta de sobrecogimiento, porque tiene la impresión, quizás falsa, de que a la vuelta de la esquina electoral los políticos se olvidan de los ciudadanos de a pie, de estos que pasan y pasean por el parque. Y con el sentimiento le viene a la mente una idea que le parece tan clara sin duda como quizás imposible. Se le ocurre algo de necesario  cumplimiento para seguir el juego democrático: una comisión de seguimiento compuesta por una lista variada de ganadores y perdedores, que controle, exija, llame la atención, descalifique, apruebe o desapruebe… con lo cual lo de la democracia saldría ganando. Le parecía perfecto para un gobierno democrático, probado, controlado y comprobado.

Al llegar a casa lo comenta con su mujer y ella, sin quitar los ojos de la revista que está leyendo, le dice:

  • Anda, pues esa comisión ya existe y por partida doble o triple, el Congreso y el Senado, además de las Comisiones. ¿Y de qué vale eso? Tú verás, tú que has ido a votar.
  • La miró sorprendido y no supo qué contestar. A pesar de todo estaba satisfecho de su deber cumplido y ya se vería si todo esto valía para algo o para algo peor o para nada. Al tiempo.

    Y se puso a leer el periódico pensando lo que muchas veces había comprobado: - ¡Qué mujer ésta! Siempre tiene respuestas para todo.