Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Raíces y alas

Hace unos días, escuche una sencilla historia, una historia de esas que pueden calificarse de “ejemplares”. Se trataba de un joven oficial del Ejército, que explicaba a otro, ya veterano, de la características de un moderno modelo de misil. El joven le indicaba sus ventajas, desventajas, características, capacidades, métodos de empleo, etc. Mientras, el veterano escuchaba atentamente y preguntaba multitud de cosas que el joven se apresuraba a aclarar con todo lujo de detalles, aunque no estaba muy seguro de si podría entenderlas bien, ya que se trataba de una tecnología muy avanzada, tal vez demasiado moderna para un ya avezado militar profesional. El joven oficial se sentía orgullo de su saber y el veterano de su aprender.

Un tiempo después el joven oficial comenzó a estudiar en profundidad el manual de aquel moderno material que debería manejar en su unidad y creyó haberlo aprendido todo. Pero la mejor lección se escondía en las últimas líneas de la última página donde rezaba: Escrito por el Teniente Coronel Don Manuel Rodríguez de la Peña. ¡El autor de aquellos textos era su padre, el veterano al que apabullo con sus más brillantes explicaciones!.

En ese instante, cayo en la cuenta de su inapropiada vanidad, incluso llegó a sentir cierto malestar. ¿Por qué su padre no le había dicho nada? ¿Por qué le había preguntados tantas cosas que ya sabía de sobra?. Las respuestas eran evidentes. Durante sus explicaciones quiso que se sintiera importante y lo logró, además no tenía prisa en darle una importante lección, una más de su padre. Fue una lección de cariño, una lección de humildad. Y se sintió orgulloso de ser su hijo porque supo que su padre también se había sentido orgulloso de él.

Mark Twain, escritor y periodista estadounidense, dijo en cierta ocasión: Cuando yo tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años. Todos los hijos terminamos por comprender muchas cosas cuando el tiempo hace su trabajo y la experiencia es ya compañera de viaje, es entonces cuando valoramos la herencia que hemos recibido, cuando recordamos aquellas palabras a las que antaño no prestamos demasiada atención es, sólo entonces y en ocasiones demasiado tarde, cuando somos plenamente conscientes de lo que nuestros mayores nos han dejado. Y es que como dijo el también estadounidense periodista y escritor Hodding Carter: Solamente dos legados duraderos podemos aspirar a dejar a nuestros hijos: Uno, raíces profundas para resistir; el otro, alas para volar y para vivir.

Sin duda ese fue el más importante legado que el veterano Teniente Coronel dejo a su entonces joven hijo y que tengo la inmensa suerte de poder compartir, porque el joven militar es mi hermano y el Teniente Coronel fue mi padre.