Domingo, 17 de diciembre de 2017

Cosas mías

Algunas veces las circunstancias nos obligan a pasar mucho tiempo solos. Hay personas que acompañan a sus mascotas, a las que hablan como si de amigos se tratara. Pero otras, consideran esos momentos soledades incómodas y tratan, por todos los medios, de llenarlos con actividades de todo tipo. En mi caso, los aprovecho para escribir mis columnas, o simplemente para pensar. Muchos de mis artículos nacen en tales circunstancias, por lo que no es  difícil advertir los estados de ánimo que preceden a muchas de mis reflexiones.

Aún así, algunas personas que me siguen, sintonizan y comparten algunas de las cuestiones que planteo. No porque estén totalmente de acuerdo con lo que digo, sino porque dejo sobre la mesa problemas generales y situaciones que, en alguna medida, a todos nos afectan.

En más de una ocasión he dicho que la actividad de escribir no me resulta agradable. Pues, a través de mis reflexiones descoloco a los demás, porque los obligo a pensar, y todos sabemos lo incómodo que resulta sintonizar con la realidad cuando hay tantos espectáculos que nos separan de ella.

Uno toma de aquí y de allá las ideas de otros, y trata de adaptarlas a la propia forma de pensar. Pero ninguna situación se repite aunque la creamos igual. Las circunstancias de cada persona son tan diferentes como la fisonomía de nuestro rostro en comparación  con el de otras personas.

A veces siento frustración, y considero que ha sido un accidente nacer y una penitencia vivir. Pero, en otros momentos, percibo la grandeza de la vida y no tardo en darme cuenta que, a pesar de la aparente simplicidad de la existencia, “es un regalo la vida”, y no debemos malgastarla en nimiedades.

A estas y otras conclusiones llego en mis momentos de silencio y soledad. Te aseguro que, encontrarse con uno mismo, no resulta cómodo. No es fácil mantener el diálogo sin los flecos y fantasías con que adornamos las palabras.

Cuando nadie está delante, la autenticidad se impone en todos los sentidos. Necesaria es, asimismo, la reflexión para que nada escape al entendimiento. Cierto que, cuando faltan los demás, sobran los cuidados. Pero adquirimos mayor responsabilidad porque, en tales circunstancias, la verdad se hace nítida y nos muestra, sin la menor consideración, el camino a seguir. En presencia de uno mismo no es posible el engaño. Así lo ha determinado la Naturaleza, a través de contundentes mecanismos que evitan el autoengaño.

Cuando estamos acompañados, ponemos cuidado en las formas, pero descuidamos el fondo. Aún así, no es fácil engañar a los demás. Existe un lenguaje que todos comprendemos. Se trata del lenguaje del las actitudes. El discurso de las palabras, es desmentido por lo que expresamos con el cuerpo.

Hasta el tono de nuestra voz participa de forma activa para dar un sentido u otro a lo que decimos. Nuestro interlocutor lo conoce sobradamente, y no nos rechaza del todo porque, también él, procede de la misma forma en circunstancias parecidas.

Las cosas no van a cambiar, aunque desde esta y otras columnas me atreva a comentarlas.  Aún así, no esta mal repetirlas para que no se olviden. Pero, no me hagas mucho caso, se trata de cosas mías.