Sábado, 16 de diciembre de 2017

La 'omertá'

El nivel de papanatismo que en este país muestran la mayoría de los medios de comunicación, especialmente en lo que respecta al tema deportivo, alcanza tal altura, que en ocasiones el afán patriotero de defensa a ultranza de los deportistas españoles en cualquier competición y frente a cualquier asunto que les afecte llega a convertirse, más que en tupido velo, en parapeto que encubre, en cortina de humo que disfraza y hasta en apagón que oculta la necesaria información sobre asuntos de interés extradeportivo que más o menos directamente implican a algún deportista español, y que son hurtados informativamente en un afán de pretendido abrigo y baboso proteccionismo que traiciona cualquier principio ético relacionado con la libertad de información.

Sucedió con el asunto de la atleta Marta Domínguez, inexplicablemente protegida y ensalzada desde la aparición de los primeros indicios de su comportamiento supuestamente delictivo y hasta el mismo momento de su condena en firme en que ya fue imposible el peloteo cañí de las banderías; algo similar, o casi tan ridículo, como aquellos titulares que pretendían absolver a Alberto Contador en un asunto de supuesto dopaje, intentando ridiculizar con la publicación de ceros, comas y decimales el nivel de sustancias ilegales que se habían encontrado en su sangre, como si el desconocimiento general de alta Química de la ciudadanía consiguiese absolverlo y no hacer sombra a la gran tela roja y gualda que el ciclista lucía en los podios de sus triunfos;  sucede constantemente en cuanto un deportista español, especialmente cuanto más famoso y conocido sea, se ve implicado, afectado o siquiera rozado por cualquier presunción o acusación que pudiese poner en peligro la estúpida ola patriótica que los medios de comunicación forman al unísono con pretensiones que a este firmante le han parecido siempre de intratable mediocridad; sucede con cualquier comentario que se aleje un ápice de la general genuflexión pelotera (el último, el comentario del futbolista internacional Pedro Rodríguez sobre sí mismo, que ha concitado contra él tan bochornosos calificativos periodísticos que reflejan otra vez la catadura de estos forofos periodísticos de medio pelo, o el silenciamiento de las muy oportunas advertencias de Pau Gasol respecto a los problemas sanitarios que podría acarrear la asistencia de deportistas españoles a los próximos Juegos Olímpicos de Brasil); y que  está sucediendo, y esto es mucho más grave, en el lamentable asunto de las acusaciones policiales de los delitos de tipo sexual presuntamente cometidos por dos futbolistas de la selección nacional de fútbol, De Gea y Muniaín, acusaciones que están siendo más que ignoradas ocultadas o silenciadas –es decir, despreciadas- en las informaciones no sólo de los diarios deportivos sino de telediarios, noticieros y hojas volanderas de todo tipo –excepto algunos medios digitales-, que parecen haber suscrito algún pacto o acuerdo de silencio para “proteger” a los jugadores seleccionados ahora en competición, tal vez en la línea o haciéndole los coros a lo declarado al respecto nada menos que por el ministro de Interior en funciones –otro tema, el de la adecuación para el cargo de este individuo, que merecería profundo análisis, aunque a la hora de redactar estas líneas uno lo supone a punto de ser cesado por otros asuntos-, que mostró su preocupación, no por las mujeres víctimas sino por si el tema de sus acusaciones de agresión sexual pudiese afectar al confort, la tranquilidad y, por supuesto, el juego de la selección nacional de fútbol.

Aunque todos los casos en que se produce esa especie de ‘omertá’ informativa o manipulación respecto a asuntos turbios que afectan a deportistas españoles son igualmente despreciables, es cuando hay implicadas víctimas inocentes en presuntos delitos de enorme gravedad, cuando se comprueba que a esas víctimas se les niega la ecuanimidad y, por comparación al desmedido halago al presunto culpable, al que no se le regatea su presunción de inocencia, se tratan de empequeñecer y despreciar sus testimonios. Es entonces cuando la miseria moral de estos silencios periodísticos de estúpida bandería patriotera se torna estruendosa y repulsivamente parcial, y es entonces cuando los mensajes lapidarios que sobre la misión de servicio público dicen ostentar muchos medios de comunicación, sobre el valor de la libertad de expresión que juran defender y el militante sacrificio en pro de la verdad que dicen ejercer, se muestran pura mentira.