Domingo, 17 de diciembre de 2017

La Palabra danza en las culturas. Una Biblia compartida

¡Quien pudiera tener alas y volar a Buenos Aires, para estar presente en el Coloquio de Raspanti sobre La Palabra danza en las Culturas, danzando y aprendiendo de esa forma con vosotros!.

Tiene el lector en un programa del curso, y la invitación que sus directores, mis amigos Graciela Dibo, Nélida Sinzhato y Ovaldo Napoli, formulan como sigue:

Tenemos el agrado de invitar a estudiantes y docentes de su Institución a participar en este Coloquio Internacional de Estudios Bíblicos, a realizarse en nuestro Salón del Bicentenario del Instituto, durante los días 7 al 10 de julio de 2016.

Este Coloquio, “La Palabra danza en las culturas”, quiere redescubrir y actualizar el dinamismo de la Palabra /Dabar en la pluralidad de las culturas y su inspiración para la fe y la esperanza de los pueblos que la acogen y la encarnan. El subtítulo, “Pluralidad y diversidad en la Biblia y en su interpretaciones,” motiva a leer en interpretar los textos bíblicos desde la riqueza de la complejidad de nuestros contextos culturales, siguiendo el método de interpretación bíblica latinoamericano: VIDA-TEXTO-VIDA. Acompañan como facilitadores:
Marcelo González (Argentina) Dr. en teología
Maricel Mena (Colombia) Dra. En Ciencias de la religión y estudios bíblicos
Larry José Madrigal (El Salvador)Lic. En teología. Terapeuta

(cf. http://raspanti.edu.ar/Coloquio2016/ ).

No estaré este año con vosotros, amigos, pero quiero enviaros unas palabras que he preparado para vosotros sobre el tema, desde una perspectiva bíblica, que es más lo mío.

Si Dios quiere seguiré reflexionando y os mandará otra aportación, sobre el Baile de Dios en su Trinidad (Perijóresis) y en la historia de la Biblia, recordando siempre la danza de culturas que define vuestro pueblo americano.

Desde San Morales de Castilla hasta Haedo-Morón del Gran Buenos Aires, mi saludo. Os envío mi lectura de la Biblia cristiana, en danza con la Biblia escrito o hablada de otros pueblos y cultura, una danza en la que quiero aprender a caminar y vivir con vosotros.

BIBLIA, PALABRA QUE DANZA, UN BAILE DE CULTURAS

Los textos sagrados son fuente de diálogo y enriquecimiento, de baile de vida entre religiones y culturas.

Todas las religiones y culturas poseen relatos o textos sagrados (himnos, plegarias rituales), que son una riqueza para ellas y para el resto de la humanidad.

De esos textos, especialmente de los que han sido fijados en libros oficiales y de su relación con la paz y/o la violencia religiosa, trata lo que sigue, desde la perspectiva de la danza de Dios, que es comunión de vida.

En principio, los textos (orales o escritos) son un “mito”, es decir, una resonancia del misterio, que se escucha y se cuenta (se canta, se dice), con palabras que tienen sentido más. De ordinario, los mitos van acompañados de ritos, gestos que manifiestan y revelan su sentido: no son textos decir y pensar, sino para decir y hacer.

Los mitos se extienden y propagan, según las culturas religiosas y así manifiestan la riqueza sagrada de la existencia, en sus diversas formas. No hay un mito primitivo, aunque algunos autores, desde W. Schmitd (Dios celeste) hasta R. Girard (chivo emisario) han querido encontrarlo, sino muchos, según los diferentes pueblos, aunque todos o la mayoría tienen un aire de familia, pues se centran en los temas primordiales de la humanidad: cielo y tierra, hombre y mujer, nacimiento y violencia…

Los grandes mitos, relacionados con el eterno retorno de la vida que vence a la muerte, se han transmitido de forma oral, durante siglos y milenios, adaptándose a los ritmos y culturas de la vida humana. Según eso, los “textos sagrados” son muy anteriores a los escritos estrictamente dichos, que sólo han podido fijarse y transcribirse desde hace poco más de tres milenios en zonas donde ha existido una Escritura sagrada.

Por eso, hablar con aire superior de religiones con “escritos sagrados”, frente a las otras (que no tienen libros) es no sólo orgullo, sino ignorancia. Las grandes religiones existían antes que hubiera libros sagrados. Más aún, los principales fundadores de religiones (como Buda o Jesús e incluso Muhammad), aunque vivían en un contexto con escritura no han escrito, sino que han hablado. En principio, lo sagrado es la Palabra, la comunicación, antes que la Escritura, que es tardía en el conjunto de la humanidad.

Más aún, incluso después que la escritura se ha extendido y se ha aplicado entre las religiones, sólo las monoteístas pueden tener y tienen un tipo de Biblia (Torah o Corán) como Libro donde Dios habla a los hombres, revelándoles su más hondo secreto, algo que otros pueblos (que no tienen Biblia) desconocerían. Como teofanía o revelación “canónica” de Dios, la Escritura sólo ha surgido en las religiones proféticas, en las que Dios se manifiesta de un modo personal.

1. Tres tipos de religión

Dentro del contexto anterior, podemos distinguir, en general, tres tipos de religiones, con sus “libros” diferentes.

(1) Estrictamente hablando, las religiones cósmicas o paganas no tienen Biblia, a no ser que por Biblia se entienda la Naturaleza y la Vida en su conjunto. Esas religiones saben que Dios habla, es decir, se manifiesta, pero añaden que lo hace a través de su presencia en los fenómenos básicos del mundo o de la vida, especialmente en los procesos de la naturaleza (vida y muerte, cielo y tierra, plantas y animales, hombres y mujeres...).

En ese contexto, hablar de una Biblia especial, que sería exclusiva de algunos pueblos o culturas, que habrían recibido revelaciones más perfectas de Dios, mientras otras se hallarían condenadas a la oscuridad es una mentira. A tientas, desde el comienzo de los tiempos, los hombres y mujeres han buscado y han palpado a Dios, pues los cielos y la tierra hablan de su gloria (como sabe Sab y Heb 1, 1-2). Ésta es la Biblia Universal, el mundo entero, el conjunto de la vida sagrada, tal como ha venido a expresarse en las grandes tradiciones religiosas de los pueblos.

Esta Biblia Universal (que sigue siendo propia de la mayoría de la humanidad actual) es variada y unitaria. Ella tiende a ser a la vez politeísta (lo sagrado se expresa de diversas formas) y también monoteísta (los elementos sagrados se vinculan). Todas las escrituras posteriores, fijadas en un libro concreto, lo mismo el Corán que la Escritura judeo-cristiana, dependen de aquella Biblia Universal del cosmos, que se expresa en mil mitos o relatos sagrados que han ido fundando la historia religiosa de la humanidad, unitaria y cambiante. Los que olvidan (o reprimen y desprecian) esa Biblia en sus diversas formas pervierte el camino de la humanidad y se pervierten ellos mismos.

Ciertamente, algunas religiones históricamente más desarrolladas en lo referente a la escritura han logrado fijar en unos libros sus grandes experiencias religiosas, creando así Escrituras donde exponen sus mitos o recogen sus fórmulas rituales, como ha podido suceder en el Libro de los Muertos (Egipto) o en los Vedas (India) etc. Pero ellas no los entienden de un modo exclusivista, como revelación única de Dios; el camino de la revelación de Dios se expresa más bien por tradiciones sagradas.

(2) Las religiones místicas, más propias del lejano oriente (hinduismo, budismo, taoísmo) acentúan la presencia de Dios en el corazón humano o, mejor dicho, en el mismo entendimiento profundo, que así viene a presentarse como verdadera Biblia. Ellas no pueden hablar, según eso, de un libro exterior, escrito a tinta o con letras, sino de la Escritura que el mismo Dios (misterio divino) va grabando en el corazón humano.

Los representantes de estas religiones pueden escribir y han escrito miles y miles de libros, al menos en los tres últimos milenios, una vez que la Escritura se ha extendido entre las élites pensantes de la población, de China y la India hasta Roma. Pero esos escritos resultan siempre posteriores, como una ayuda exterior. La Escritura es el mismo corazón humano, la experiencia compartida de los hombres y mujeres, pues Dios va inscribiendo su palabra en el proceso de interiorización de los creyentes o sabios, en la experiencia de liberación mental, en la hondura o vacío (=plenitud) de la mente de aquellos que se sienten unidos al Absoluto y que comparte con otros su experiencia, un camino de tradición religiosa.

Estas religiones tienden a ser panteístas, pero no en sentido negativo (como si todo fuera igualmente sagrado y diera lo mismo), sino en sentido positivo: la vida está lleno de Dios (de lo divino) que se expresa de un modo especial en los hombres que saben abrirse al misterio y comparten su experiencia, en una tradición sagrada, de tipo personal, no por mediación de libros. Estas religiones pueden tener libros especialmente valiosos en los que se ha venido a decantar de un modo intenso la experiencia del Dios que llena todo; entre ellos podrían contarse las Upanishadas del hinduísmo, el Tao de China, la Tripitaka del budismo… Pero, estrictamente hablando, ellas no los necesitan, pues su Biblia es la vida interior de cada hombre o mujer, que descubre lo divino dentro de sí, en un proceso de interiorización y de tradición sagrada (en una línea de yoga o meditación trascendental).

(3) Sólo las religiones monoteístas o proféticas (judaísmo, cristianismo, islam), que han nacido ya en un tiempo en que los libros eran importante para las élites de la sociedad, han llegado a tener una Biblia estrictamente dicha, es decir, un Libro especial que recoge la revelación de Dios y define aquello que ha de ser la vida de de los creyentes (en sentido canónico). Sólo las religiosas que suponen que Dios es Persona y que se ha manifestado ya de un modo concreto (personal) a través de las palabras y gestos (acciones) de unos hombres muy particulares, concebidos como mediadores o reveladores de lo divino en la historia, pueden escribir y acoger una Biblia, como testimonio especial de su tradición sagrada.

Partiendo del judaísmo, cristianos y musulmanes han pensado y piensan no sólo que Dios se ha manifestado por unos hombres especiales (locutus est per prophetas), sino que ha fijado su Voz en unos libros sagrados, que recogen su manifestación. Ciertamente, ellos pueden aceptar de algún modo las “biblias” anteriores, porque Dios habla también por el cosmos y en el corazón de los humanos, pero añaden que la Palabra Sagrada se centra de un modo especial en el Libro o conjunto de libros (Biblia, es plural) que recogen la revelación más honda de ese Dios.

Al destacar así el valor de un Libro como signo sagrado superior, estas religiones pueden aportar y aportan una experiencia muy valiosa al conjunto de la humanidad, abriendo puertas de conocimiento y experiencia que antes parecían cerradas. Pero, al mismo tiempo, ellas corren el riesgo de volverse exclusivistas (como si sólo ellas tuvieran la llave de Dios y pudieran conocer su misterio) y violentas (negando el valor de las otras religiones).

Esto nos sitúa ante un problema. Precisamente aquellos libros que deberían ayudarnos a conocer mejor a Dios (el misterio de la vida), abriendo así puertas de conocimiento universal y comunión para todos los pueblos, pueden convertirse (y a veces se han convertido) en medio de imposición y de rechazo de los otros. Éste es el problema: los libros sagrados de aquellas religiones que dicen tener una revelación especial de Dios (judaísmo, cristianismo, Islam…) y que debían haber sido un testimonio de apertura y universalidad, han venido a convertirse a veces en medio de imposición y de violencia.

2. Un Dios, tres biblias.

Siguiendo en la línea de la reflexión apartado anterior, a partir del cristianismo, podemos hablar de tres biblias o libros sagrados, como dijeron muchos Padres y Teólogos antiguos. Aquí vamos a suponer, como cristianos, que la palabra de Dios se ha expresado de manera intensa a través de Jesús, cuyo testimonio ha sido recogido la Biblia cristiana, centrada en su mensaje (Sermón de la Montaña) y en la experiencia de su vida y en su pascua. Pero desde esa Biblia Pascual de Jesús podemos volver hacia atrás y recuperar el valor de las otras biblias (como hacen, de formas convergentes, desde su perspectiva, judíos y musulmanes).

1. Los cristianos aceptamos la biblia de la naturaleza, pues Dios habla por ella, como saben los que han dicho que hay dos “revelaciones”, una natural (por el mundo) y otra sobrenatural (en la historia de la salvación culminada en Cristo). Desde nuestra perspectiva, la revelación “natural” ha de entenderse también como “sobrenatural”, es decir, como expresión de la gracia universal de Dios, que actúa a través del mundo, de la naturaleza. En ese sentido, los cristianos seguimos siendo de alguna forma paganos: vemos a Dios y oímos su voz en el hermano sol, en la hermana luna, en la madre tierra y en la hermana muerte. El primer libro de Dios es el mundo/vida del que formamos parte. Por eso, una Biblia escrita posterior, que no nos ayude a reconocer el valor sagrado de la naturaleza y a dialogar con las religiones cósmicas no es cristiana.

La Biblia no quiere destruir el valor de las religiones cósmicas (paganas), sino abrir con ellas un camino de humanidad, en una línea de respeto mayor hacia la naturaleza sagrada, como han puesto de relieve algunos movimientos ecológicos. En esa perspectiva debemos recuperar el carácter religioso del mundo y de la misma vida humana, el valor del varón y la mujer, en igualdad y complementariedad.

Sólo un Jesús que recupere y potencia la Palabra cómica y vital de Dios podrá ser inspirador y fuente de una Biblia abierta a todos los seres humanos. De un modo convergente, debemos recuperar por Jesús el valor de todos los pueblos y culturas de la tierra (con su biblia cósmica y vital), superando el exclusivismo de algunos grupos judíos que se consideraban depositarios privilegiados (y a veces únicos) de la revelación de Dios, como si ellos solos fueran dueños de la Palabra de Dios.

La Biblia de los seguidores de Jesús sólo será Palabra de Dios en la medida en que nos permita recuperar, por tanto, el valor sagrado de la naturaleza, la igualdad entre varones y mujeres y la apertura a todos los pueblos y culturas de la tierra. No será una Biblia para algunos, en contra de otros, sino Libro abierto a todos, desde el mundo (en fidelidad al cosmos), en una historia dirigida al encuentro universal. Sólo leída en esa línea puede entenderse de verdad.

2. Hay una Biblia de la interioridad, como ha sabido San Pablo cuando dice que la Escritura o Carta de Dios está escrita en nuestros propios corazones (cf. 2 Cor 3-4). Sin esa voz interior, sin esta Palabra de Dios que resuena en la intimidad de cada ser humano, no se puede hablar después de una Biblia de Jesús. La primera Palabra de Dios no es un libro exterior (que puede escribirse con tinta o grabarse en un soporte electrónico), sino aquella Voz que se graba de una forma viva en cada corazón de hombre o mujer que la escucha o responde.

Según eso, el libro exterior está al servicio de ese “libro interno”, que es la verdadera Biblia de la Vida de Dios en cada uno de los hombres y mujeres. De esa Biblia interior (del Dios que inscribe su vida en aquellos que le acogen) han hablado no sólo las religiones orientales (budismo, hinduismo…), sino también los judíos y los musulmanes, que saben que existen un “libro celeste” que es la Voz del único Dios (como totalidad del ser y de la vida) que se expresa en muchas voces (pues habla y se deja grabar-acoger en cada uno de aquellos que le acogen).

No tiene sentido hablar de un libro externo (de una Biblia multiplicada en miles y miles de letras hebreas o arameas, griega o árabes) si es que no hablamos antes de ese libro o Biblia interior, universal, que se expresa y se despliega en cada ser humano en la medida en que es capaz de escuchar la gran “Voz” y de dejarse llenar por la presencia sagrada. Al servicio de esa Biblia interior está la Toráh de los judíos, lo mismo que el Nuevo Testamento de los cristianos y el Corán de los musulmanes. Por eso, antes que hablar de disputa entre libros, debemos hablar de la unidad del Libro de Dios que se expresa en aquellos que le acogen en su interior, en una línea que vincula a todos los pueblos de oriente y occidente. Sólo leída así se entiende y aplica de verdad la Biblia cristiana.

(3) Hay, finalmente, una Biblia Histórica, fijada en un libro, que, estrictamente hablado, sólo se ha dado en las religiones proféticas, que han puesto de relieve la función de unos hombres especiales (Moisés, Jesús, Mahoma) por medio de los cuales Dios se ha manifestado o encarnado de un modo intenso, como dicen sus libros sagrados. Pero las religiones que admiten una “Biblia histórica” no pueden negar ni rechazar las biblias anteriores, sino que suponen su existencia, pues su Dios se manifiesta también por la naturaleza (como saben las religiones cósmica) y por la vida interior de cada ser humano (como saben las religiones de la interioridad). Pero, suponiendo eso, ellas añaden que ha existido una teofanía o manifestación histórica de Dios, que se ha expresado de un modo especial en unos libros sagrados.

Aceptando lo anterior, estas religiones proféticas añaden que Dios se ha manifestado de un modo especial, diciendo una Palabra intensa, a lo largo de un proceso histórico o en momentos especiales, a través de ciertos individuos privilegiados, que son los profetas, cuya memoria se conserva en unos libros sagrados. A veces se ha pensado que este “revelación especial” inutiliza (o condena) las revelaciones, como si fueran menores, imperfectas o perversas. Así, los magos y sacerdotes paganos, que conciben a Dios como poder del cosmos, serían impostores, puros idólatras a quienes se debe “convertir” por la fuerza o exterminar. Por su parte, los místicos de la interioridad, que buscan a Dios dentro de sí mismos, estarían al fin equivocados, pues Dios no habla en el interior de cada uno, sino que lo ha hecho sólo a través de un profeta especial (Moisés, Cristo Muhammad).

Pues bien, en contra de eso, los auténticos cristianos (y judíos y musulmanes) saben que sus profetas y sus “biblias” no van en contra de los libros de la naturaleza y de la interioridad, sino que nos ayudan a entenderlos, descubriendo y desarrollando mejor su sentido. Los profetas (autores de los libros sagrados de las religiones monoteístas) no son puros sacerdotes cósmicos, ni expertos en mística interior, sino hombres y mujeres que se atreven a escuchar y recoger la palabra de Dios en la historia, asumiendo así un camino y tarea de revelación que se expresa en la liberación de los oprimidos (judaísmo), de los pobres (Jesús) y de los marginados de su tiempo (Muhammad).

3. Una tarea de para las religiones del Libro

De esa manera llegamos al tema de “los tres libros”. Parece que el primero de los grandes fundadores que distinguió claramente entre religiones sin libro (que para él eran paganas, incultas) y religiones con libro o más cultas (judaísmo y cristianismo) fue Muhammad. Las religiones sin libro reflejarían una tradición que puede cambiar, pues no está fijada en un documento normativo. Son "paganas", del pago o campo, y se mueven en un plano de naturaleza (de incultura).

En contra de eso, en su nuevo contexto, la verdadera cultura se identificaba con la Ciudad (Jerusalén, la Meca) y con el Libro, que se suponía revelado y escrito para siempre, como expresión de una voluntad positiva y clara de Dios. Según eso, las religiones del Libro poseen un Documento que puede presentarse como norma religiosa e incluso como código civil sagrado; ellas serían religiones de los hombres cultos. Sólo habría un Libro de verdad (el Corán), que judíos y cristianos han desfigurado o no han logrado fijar plenamente en su Torah y en su Evangelio.

Pues bien, como he venido suponiendo, esa distinción resulta muy problemática, Hasta hace poco tiempo, muchas grandes culturas transmitían su saber y tradición de un modo oral, por tradición (sin necesidad de Escrituras). Además, los mayores creadores religiosos (como Buda y Jesús) no han fijado su enseñanza por medio de textos escritos, sino por la palabra directa, poniendo a cada hombre o mujer ante la revelación de lo divino. Además, tanto Buda como Jesús desconfiaban de los hombres de Escritura (letrados), pues ellos utilizaban los libros para oprimir a los pobres e incultos.

En esa línea resulta siempre necesaria una sabia protesta contra la fijación normativa de un Libro, que algunos que se creen superiores (escribas, magistrados) utilizan para su provecho. Por eso es bueno “devolver la Biblia a los pobres”, a los no especializados, e interpretarla como fuente de diálogo universal. Sólo así se puede seguir justificando el Libro, que las tres religiones acogen de modos diversos y complementarios (Torah, Nuevo Testamento, Corán) como testimonio de una Palabra que se ofrece a todos, de un modo liberador, como fuente de diálogo y no de imposición de unos escribas de turno.

Desde ese fondo deben plantearse, en línea cristiana (y creo que también en línea judía y musulmana) los principios que han de guiar la interpretación del Libro Sagrado: (a) Que sea recuerdo y principio de liberación para pobres y oprimidos. (b) Que sea inspiración y fuente de un diálogo universal.

(1) La Biblia israelita surgió a lo largo de mil años de historia, con textos de diversos autores, escritos en muchas formas literarias, pero con un principio de unidad: Dios ha liberado a los hebreos (oprimidos), para que así puedan ser testigos y promotores de una esperanza de libertad y plenitud para todos los pueblos.

(2) La Biblia cristiana (Nuevo Testamento) la escribieron cristianos de las tres primeras generaciones (del 30 al 120 d. C.) para mantener el testimonio del mensaje y de la vida de Jesús como fermento de un Reino de plenitud y concordia para todos las naciones de la tierra.

(3) Finalmente, el Corán fue codificado por los seguidores de Muhammad en unos pocos años (¿treinta o cuarenta después de su muerte?) recogiendo sus palabras de juicio y su promesa de creación de una comunidad universal de hermanos creyentes.

Son tres biblias, en parte distintas, pero pueden y deben entenderse como expresiones del único libro universal de Dios en la medida en que asumen el impulso sagrado de las religiones cósmicas y la experiencia de interioridad de las religiones místicas, iniciando un movimiento de liberación y diálogo salvador dentro de la misma historia. Esas “biblias” se hacen Libro de Vida y Libertad en la medida en que abren espacios de comunión liberadora y de esperanza para el conjunto de la humanidad. Desde ese fondo quiero trazar una línea de interpretación y aplicación de las Escrituras en las “tres religiones:

a) Más que religión de un Libro cerrado en sí mismo, los judíos forman la religión de un pueblo que se siente enriquecido con una “Ley” (un Libro especial) que les capacita para ser testigos y adelantados de una esperanza de libertad para todos los pueblos; si interpretan su Biblia de otra forma (como signo de superioridad o dominio sobre otros) pervierten su sentido y se pervierten ellos mismos como pueblo de Dios.

(b) Más que religión de un Libro, los cristianos son religión de un Hombre (Jesús), de quien da testimonio su libro (Nuevo Testamento), haciéndoles testigos y portadores de una experiencia de libertad y un diálogo abierto a todas las naciones; si interpretan su libro como medio para imponerse sobre los demás, imponiendo sus creencias (incluso por la fuerza) destruyen el sentido del Libro (evangelio) y niegan a Cristo.

(c) Estrictamente hablando, sólo el Islam es del Libro (no de un pueblo, como el judaísmo; ni de un mesías como el cristianismo). Los musulmanes no tienen pueblo escogido, en el sentido judío del término. Tampoco creen en la encarnación de Dios (ni en Cristo ni en Mahoma ni en ninguno de los hombres). Ellos creen en el Libro, como revelación definitiva de la Palabra Eterna de Dios. Pero, en su sentido más profundo, esa es una Palabra de pacificación universal. En el momento en que la utilicen como forma de superioridad o de dominio, como invitación a una posible violencia grupal o a una imposición religiosa están negando su verdad, están negándose a sí mismos.
Esto es lo que puede decirse y se dice de un modo general. El problema está en la forma de concretarlo en la lectura concreta, es decir, en la “hermenéutica” personal y comunitaria, científica y religiosa de los tres libros que dicen ser el Libro de Dios:

(1) El Islam tiene una historia espléndida de aplicación pacífica, mística y universalista del Corán; pero algunos musulmanes pueden correr el riesgo de forzar su sentido de un modo violento. Por eso es bueno que vuelvan a la raíz de gratuidad y de universalismo del que surgió el mensaje de Muhammad, centrado en el Libro, como testimonio supremo de la Unidad de Dios.


(2) También algunos judíos han corrido el riesgo de interpretar su Torah de un modo exclusivista, minucioso, a espaldas de otros pueblos. Sólo en la medida en que se abran al conjunto de los pueblos de la tierra, como testigos de una esperanza universal, contenida en su Biblia, ellos podrán cumplir su tarea pendiente en la historia, ofreciendo a todos los hombres y mujeres la semilla de su Libro mesiánico.

(3) Finalmente, muchos cristianos han interpretado su Nuevo Testamento en claves de ontología vieja, de política de poder sacral centralizado y de dominio violento sobre el mundo; pues bien, sólo en la medida en que vuelvan a entender y cumplir su Biblia desde Jesús, que no fue un escriba (hombre de libro), sino un profeta del Reino de Dios, ellos podrán ser fieles a su misión mesiánica en el mundo. Los cristianos que devolver su libro (el Libro de Jesús) al conjunto de la humanidad, a través de su opción por el Reino, desde los pobres de la tierra; ellos mismos serán de esa manera (sin imposición ni violencia) el testimonio de la Verdad de su Libro.

Ésta es una tarea que judíos, cristianos y musulmanes han de cumplir en su diálogo mutuo (como religiones proféticas del Libro), pero abriendo al mismo tiempo un diálogo universal, con las religiones de la naturaleza y de la interioridad, como hemos destacado en la primera parte de este reflexión, dialogando, al mismo tiempo, de manera nueva con aquellos hombres y mujeres que no tienen ya ninguna religión. Pero con esto desabordamos nuestro tema. Pensamos que con lo dicho habrá quedad clara nuestra respuesta a la pregunta del título: Los textos sagrados ¿son fuente de conflicto o de entendimiento?