Jueves, 14 de diciembre de 2017

Contra el vicio de “revotar”, la virtud de reflexionar

 

No hay más remedio que votar mañana. Votar, porque siempre hay que agradecer poder hacerlo, poder decidir aunque sea a distancia, por aproximación, sin entusiasmo, sin demasiada convicción en el contenido de la papeleta o sin verdadera certeza de que no haya que volver a la urna. Votar porque hubo un tiempo en que no se podía votar, y votar para no dejar de poder votar. Aclarada la premisa, lo de “revotar” no debiera repetirse. Y ya jugar con “trivote”, ni de broma.

 

Después de seis meses de postcampaña, precampaña y campaña, el 25 de junio vuelve a ser jornada de reflexión. No sé si el 19 de diciembre no reflexionamos lo suficiente, pero el caso es que hoy se nos propone otra vez reflexionar. A mí se me ocurre que ha sido posible una campaña electoral sin cartelones ni banderolas en las farolas, con las cuatro tiendas del tetrapartidismo agrupadas casi en torno a la plaza del Liceo y sin inquilinos en el buzón condenados a la bolsa de reciclar papel y luego al contenedor azul (es lo que tiene cambiarse de casa entre elecciones). También se me ocurre que, para no perder la costumbre, han vuelto a decirse cosas gruesas. Ahora no se han insultado con adjetivos (des)calificativos, pero unos y otros siguen opositando para convertirse en indeseables “hunos” y “hotros”.  Dice Mengano: “Fulano no es de fiar”, y el 27 de junio por la mañana tendrá que empezar a fiarse de él (¡ja!) por aquello de los pactos de gobernabilidad y esas minucias. Mal presagio.

 

Otra de las estrellas de la campaña han sido las etiquetas. Hemos visto a líderes de una coalición en la que está integrada el Partido Comunista de España reivindicarse socialdemócratas, y también al candidato del PSOE apelar al histórico votante del PCE. Las fábulas de galgos y podencos de la izquierda española siempre han sido un clásico y, me temo, no dejarán de serlo, aunque lo de las adscripciones ideológicas (y mucho menos, partidarias), a la mayoría de los españoles, nos deja bien fríos. Eso es todo lo cerca que están de la gente.

 

Si acaso un año de estos ya pueden sentarse a legislar y a gobernar, cada uno a lo suyo, me atrevo a sugerirles que piensen en acabar con las elecciones generales. Que es muy sano celebrar legislativas por un lado y presidenciales por otro, separación de poderes también al votar. Un gobierno que ejecute y unas cámaras que elaboren leyes. Así les ahorramos a los diputados el trago de poder empantanarlo todo con la dichosa investidura. Los españoles elegiríamos a nuestros representantes (por ejemplo, los años de Eurocopa) y a nuestro presidente si es preciso con segunda vuelta (digamos que los años de Mundial), y todos a trabajar desde el primer día. Reflexiónenlo, señorías.