Martes, 12 de diciembre de 2017

Dominicos OP-tantes optan por misión laical en un mundo posmoderno

La revista OPtantes (http://www.revistaoptantes.org.co/ ), de los OP optan por un nuevo compromiso cristiano, propio de los Hermanos Predicadores (Frailes Dominicos) de Colombia, en un número dedicado a la misión de los laicos en la iglesia.

El número trata del Laicado, en sus diversas formas, e incluye 13 contribuciones de gran valor, escritas en su mayoría por la nueva generación de los Frailes Dominicos, llamados a realizar un intensa misión en la nueva Iglesia. He tenido el honor de escribir el primer trabajo del número, como encuadre temático del conjunto:

-- Laicos (del laos o pueblo de Dios) son todos los cristianos, antes de toda división entre ministros ordenados y "simples" fieles (palabra que en sí misma resulta inexacta).

-- Laicos son de un modo especial los hermanos predicadores..., tal como empezaron siéndolos los OP (Ordo Fratrum Predicatorum: Orden de los hermanos predicadores).

-- Por eso el envío a predicar el evangelio es un envío laical. En esa línea, mi trabajo trata de las voces laicales en un mundo posmoderno.

Resumen

Frente al surgir de un nuevo ídolo (el Poder y Capital), la Iglesia debe mantenerse vigilante al seguimiento de Jesús. La tesis de este artículo gira entorno al AMOR de los creyentes laicos como CAPITAL de la Iglesia. Es el amor que se hace en sí mismo misionero, palabra de predicación y testimonio, a favor de la verdad y de la dignidad humana. Es el amor que proviene de Jesús, por encima de las leyes del mercado, un amor que transfigura y recrea la existencia humana.

La nueva misión de la Iglesia en el siglo XXI, será una misión laical, de hermanos que anunciar el evangelio con la palabra de su vida.

ÍNDICE

Enviados a predicar el Evangelio. Xabier PIKAZA
Ser laico comprometido es tener vocación de servicio. Filiberto PATIÑO GARCÍA
Contracorriente en la posmodernidad Fr. Diego Armando GALÍNDEZ DÍAZ, O.P.
Formación integral. El quehacer docente del laico tomista. Nohora Lucía REYES
Aportes desde la pedagogía de la respuesta. Fr. Hernán ARCINIEGAS VEGA, O.P.
El laicado: una presencia de conversión Fr. Carlos CÁCERES PEREIRA, O.P.
El laico y su espiritualidad. Fr. Walter Oswaldo RUEDA BRIEVA, O.P.
El laicado en el carisma dominicano. Fr. Yamil SAMALOT-RIVERA, O.P.
Cebs, una Iglesia viva. fr. Diego SÁNCHEZ BARRETO, O.P.
Hacia una luz como evangelizador: el laico. Fr. Andrés VIAÑA FERNÁNDEZ, O.P.
Laico en la Iglesia universal, perspectiva histórica. Fr. E. Y. ORDUÑA O.P.
El ser histórico del laico. Fr. Juan David MONTES FLÓREZ, O.P.
Ver más lejosUna crítica a la globalización. Fr. Pedro ÁLVAREZ , O.P.

"ENVIADOS A PREDICAR EL EVANGELIO...VOCES LAICALES EN UN MUNDO POSMODERNO
Xabier Pikaza

1. Principio de amor, el “capital” de la Iglesia

Predicar es dar testimonio del evangelio de Jesús, con la propia vida, para que hombres y mujeres, de unos pueblos y otros, puedan vivir en libertad como hermanos, discípulos de Cristo, conforme a la palabra final del evangelio (Mt 28, 16-20). Se han ensayado otros medios, de lucha o adoctrinamiento, persecución o disputa racional, pero no son evangélicos y acaban siendo inútiles. La única respuesta cristiana es la palabra y testimonio del amor que se expresa en el encuentro personal y el pan compartido, desde la pobreza.

Un sistema político-social, que se dice demócrata pero es impositivo, quiere globalizar el mundo desde el Dios-Capital, considerado como fundamento o sustancia (cf. Lc 15, 13) de todo lo que existe, 'mamona' antigua (Mt 6, 24; Lc 16, 13), ídolo supremo de la modernidad. Ése es el gran adversario, un ídolo o “demonio” perverso y fuerte, que engaña o enmascara todas las relaciones humanas, en clave de producción, al servicio del mercado donde el capital culmina su despliegue, y quiere hacerse dueño de cuerpos y almas.

Éste es el riesgo, la gran herejía moderna, mucho más peligrosa que a lucha de loa albigenses en tiempos de Santo Domingo de Guzmán. En contra de ella, la tradición cristiana sabe que el único Dios real es el Amor, revelado donación y regalo de sí mismo, sin acudir al poder ni a la guerra, desde la fraternidad concreta, a ras de tierra, como los primeros compañeros de Domingo y de Francisco de Asís, que se llamaron hermanos predicadores y que eran laicos más que grandes obispos o presbíteros.

Esto lo más importante: la realidad no es capital para tener, producir y vender, sino don para dar y compartir, descubriendo de esa forma el misterio del Dios de la Vida, que es el Dios de Jesús. Un tipo de hombre moderno siente vacío, no conoce su valor como persona, y por eso quiere asegurar la vida en lo que tiene, es decir, en el capital y así se per-vierte (vierte su riqueza) y construye formas de vinculación humano o globalización que destruyen a los pobres. Pues bien, en contra de eso, la Iglesia no tiene otra respuesta que el amor personal y social, desde su propia pobreza, entendida en forma de comunión gratuita de la vida. Ésta es la tarea primera, una tarea laical, de pueblo de Dios antes que de jerarquía.

La riqueza asegura a cada uno en lo que tiene, afirmando en su poder a los que tienen, para imponerse así sobre los otros, pues ella crea siempre jerarquías impositivas. Pues bien, por encima de ella, está el Amor generoso, que supera toda imposición, pues da gratuitamente lo que tiene, no sólo dinero, sino (sobre todo) solidaridad personal y palabra.

El que interpreta la vida como riqueza material (Capital) debe defenderla y defenderse, para así asegurar lo que tiene, producir más y venderlo, para afirmar la propia vida en lo tenido, es decir, en algo externo. Esta idolatría del Capital (no del dinero entendido como medio de relación e intercambio de bienes) nace de la envidia y del miedo de unos otros. Para mantener lo que quiero, y sentirme seguro, en ese plano, debo dominar a los demás, y competir con ellos, pues de lo contrario me dominarían.

Así nace la idolatría del Capital, que es la máxima mentira, pues me impide conocerme de verdad y ser yo mismo, dando lo que soy y recibiendo de un modo gratuito el don de los demás, sin miedo ni afán de supremacía. Frente a ella se eleva la “misión” cristiana del amor, propio de aquellos que predican con la vida, dándose a sí mismos, como “laicos” (miembros del laos o pueblo cristiano), sin más títulos que el de ser hermanos, como pone de relieve Mt 23, 8-12: “No llaméis a nadie Padre, ni Maestro, pues tenéis todos un Padre que es Dios y vosotros sois todos hermanos”.

− La verdadera riqueza es dar. Quien ama es rico dando, dándose a sí mismo, regalando su vida y su tiempo, de un modo gratuito, sin cálculos de rentabilidad. Así decimos que Dios ha creado por amor todas las cosas, por generosidad, sin pedir nada a cambio. Sólo se tiene de verdad (riqueza) lo que se da.

− La vida es regalo. El Capital busca seguridades, imponiendo su ley. El que ama, en cambio, se regala y se da a sí mismo, de tal manera que renuncia a su seguridad, poniéndose a merced de sus amados. Así hace Dios al encarnarse en Cristo (y en cada uno de los hombres), como sabe San Pablo, que ve el amor (1 Cor 13) como centro y sentido de todos los servicios cristianos (1 Co 12-14). Esta es la vida, el “capital” de la Iglesia.

2. Una iglesia “regalada”, todos hermanos

En lo anterior se funda el ministerio de pan compartido, que es signo de amor concreto, por el que cada uno regala a los demás lo que tiene, superando el nivel de un capital que se busca a sí mismo, utilizando (y matando) a las personas. El capital no ama, ni valora a los hombres y mujeres, sino que se consigue con esfuerzo y se conserva con violencia, de manera que unos deben enfrentarse con otros para mantenerlo y todos corren el riesgo de quedar sometidos bajo su poderío, como instrumentos bajo su servicio. Por el contrario, el Amor-Vida que es Dios actúa sólo para las personas, esto es, para que los hombres y mujeres vivan, como expresa el signo de la eucaristía.

La iglesia es la comunión de aquellos que creen en el Dios de la vida y la fraternidad, revelado por Jesús como principio de comunidad universal. A veces ella parece que se ha olvidado de esto, como si la jerarquía no tuviera obligación de cumplir el evangelio. De esa forma ha surgido a veces una especie de disociación. Como individuos y pequeños grupos los cristianos se sienten llamados a vivir el Amor-Pobreza de Dios, sabiendo que su verdadero “capital” consiste en darlo todo, en darse. Pero, como institución, la Iglesia ha buscado a veces su propia seguridad, con leyes y privilegios que puedan convertirla en un tipo de 'capitalismo espiritual'. Este es quizá su mayor riesgo: querer asegurarse en su riqueza. Pues bien, ella tiene que desandar ese camino, para situarse de nuevo ante el Dios de Jesús, en gesto de pobreza radical.

La Iglesia no es una institución o sociedad como las otras, que depende de su “capital” monetario o social, político o jurídico, para realizar sus fines, sino una comunión que brota del Amor de Dios, pues su única finalidad es ofrecer el testimonio de su pobreza y comunión abierta a todos los hombres. Sólo volviendo a ese principio, en fe radical, ella puede llamarse cristiana, esto es, misionera, Lógicamente, su primer ministerio es un ministerio laical, propio de todos los cristianos.

Por eso, la Iglesia debe renunciar a otros poderes, abandonando la riqueza-honorable de sus instituciones, para ponerse sobre el suelo firme de la vida, que es el amor de Dios (amor humano y solidario) que se expresa y triunfa de un modo gratuito, en esta misma tierra. Otras instituciones no pueden renunciar a sus poderes, pues si lo hiciera quedarían sin nada, desnudas, perdidas. La Iglesia, en cambio, sólo es verdadera y rica en la medida en que renuncia a otros poderes, para así presentarse como un “orden” o comunión de hermanos pobres, que predican con su propia vida, enuncia a la violencia, dándose a sí mismos, en favor de todos (cf. Mt 6, 19-21 par).

Solamente así, haciéndose pobre por decisión (y para compartir la vida con los pobres del), ella mostrará que es rica y creyente, en manos del Dios-Amor. Por eso, en cuanto Iglesia, ella no debe buscar nada propio, de manera que los posibles bienes de sus miembros no han de ser para ella, sino para los pobres (cf. Mc 10, 21). Sólo a partir de ese principio podrá hablarse de “vocaciones” cristianas para el evangelio, que empiezan siendo vocaciones laicales:

− La iglesia no es una institución entre (como las) otras, sino comunión de personas que creen en el Amor creador. Por eso, en contra de la visión del capitalismo donde importa ante todo el dinero, en la Iglesia importan ante todo (y solamente) las personas, cada uno de los hombres y mujeres, hijos de Dios, hermanos de Jesús “predicadores” del evangelio con su vida. Como testigo del Dios-Amor, sin Capital alguno, inició Jesús su travesía mesiánica, aunque sus discípulos, en cuanto ciudadanos de este mundo tenían ciertos bienes, que podían poner al servicio de la comunión (multiplicaciones: cf. Mc 6, 36-38; 8, 4 par) o de la destrucción humana (en la línea de Judas, cf. Mc 14, 10-11 par). Sin Capital comenzaron los primeros ministros cristianos, anunciando el evangelio y creando comunidades de creyentes hermanos, volviéndose signo comunitario de la riqueza de Dios y protesta frente a los riesgos del Capital.

− Dentro de esa Iglesia surgirán vocaciones para los “nuevos ministerios” no clericales, como los de los primeros hermanos de Domingo de Guzmán, a partir de la misma dinámica eclesial, no desde el poder o dinero, sino desde el impulso del Espíritu de Dios, que se expresa en la vida de los creyentes, como decía San Pablo (cf. 1 Cor 12-14). En principio, esos ministerios no son “clericales”, no empiezan por los obispos y presbíteros, sino por creyentes impulsados por la voz del evangelio, en medio de un mundo que pierde su rumbo y que corre el riesgo de perderse, destruyéndose a sí mismo.

− La empresa capitalista organiza a sus “ministros” al servicio de la producción y consumo; no le interesan las personas como tales, sino su propio engranaje, el crecimiento sin fin del mismo sistema, hasta “explotar” un día por falta de base humana. En esa línea, el capitalismo ha venido a convertirse en la única empresa real de este mundo, poniendo a su servicio tierras y culturas, pueblos y estados, universidades e incluso religiones. Todo parece hallarse bajo el mando de esta institución suprema, donde el Capital es Dios y el Mercado la única Iglesia, sin más fin que la enriquecerse a sí misma, produciendo y gestionando de bienes de consumo.

− La misión eclesial proviene, en cambio, del Dios de Jesús y está al servicio de la comunión personal entre los hombres, es decir la fraternidad abierta hacia la Vida del mismo Dios, que es Resurrección (que es el .triunfo y plenitud de los expulsados, asesinados, marginados de la historia). Su nota básica es la gratuidad. Ella no quiere producir para vender, ni convertirse en simple oficina de servicios sociales, con unos costes y tareas, unos rendimientos y evaluaciones que pueden programarse y planearse de un modo mundial. Ciertamente, ella realiza múltiples servicios sociales (acoge a los niños sin familia, asiste a los enfermos, defiende a los oprimidos, acompaña a los pobres…). Pero quiere ni puede ser rentable en línea de producción para el mercado, sino en clave de gratuidad, para bien de los hombres, pues su tesoro está en el cielo (cf. Mt 6, 19-21), es decir, no se contabiliza en PIB, ni en fondos del FMI, sino en humanidad, en crecimiento gratuito de la vida.

3. Una misión de hermandad

Hay actualmente una “crisis de vocaciones clericales”, al menos en las iglesias de las naciones más “desarrolladas” (¡perdónese esta palabra, que es no sólo injusta sino mentirosa!). Da la impresión de que un tipo de “empresa clerical' está en crisis (como estaba en crisis un tipo de monacato, en tiempo de Domingo de Guzmán). Pues bien, mirada en profundidad, esa “crisis” de seminarios (de vocaciones para los ministerios jerárquicos actuales) puede ser un reto positivo, una bendición, pues nos obliga a plantear mejor el tema de las vocaciones laicales.

− La gran Empresa Capitalista quiere hacernos funcionarios al servicio de sus “bienes”, según las necesidades de un mercado (regulado por el Capital). Ella “forma” (y deforma) para eso, de manera que el mundo entero se ha vuelto una gran 'fábrica', una empresa productora ramificada en mil empresas menores, pero gobernadas por el mismo capital-mercado.

− La Iglesia, en cambio, no es una empresa productora al servicio de algún tipo de “poder” espiritual, sino una comunidad de comunidades. Por eso, sus ministros no han de distinguirse por su eficacia externa (productora), sino por su capacidad de ponerse al servicio de la comunión de todos, empezando por los pobres, ofreciendo experiencia de gratuidad personal por encima de cualquier sistema.

Ciertamente, la empresa productora es necesaria en un nivel de mundo pues el hombre debe 'dominar y organizar la tierra', comiendo con el “sudor” de sus manos y su mente (cf. Gen 1, 26-27; 2, 15-17). Más aún, hay modelos de producción que pueden resultar mejores que otros, desde el pastoreo y labranza directa de la tierra hasta las redes más complejas de electrónica. Pero allí donde la producción/empresa se deja en manos de sí misma, en un camino que lleva del Capital al Mercado, el hombre corre el riesgo de perder su identidad. Lo que de verdad importa en el nivel humano no es la producción, en términos de eficacia, sino la vida de los pobres, la defensa de los oprimidos: que los hombres y mujeres “sean”, que reciban, compartan y entreguen la vida, en libertad, como personas. Desde aquí deben entenderse las tareas y los ministerios laicales:

− Tarea primera: amor que suscita gratuitamente vida personal. No hay ninguna empresa o producción más alta que ésta de ofrecer la vida, en gratuidad personal, para bien de otros seres humanos. No hay capital ni empresa que pueda dar así vida y compartirla, no hay máquina que pueda sustituir al amor humano.

− Segunda: amor que vincula. Los ministros cristianos han de ser hombres-mujeres que aman, al servicio de la comunión del evangelio, en comunidades concretas. A diferencia de la empresa del capital produce objetos exteriores de consumo, redes de información impersonal, ellos quieren extender fraternidad.

− Tercera: una misión gratuita, es decir, sin posesiones, volviendo al ideal de Domingo de Guzmán y de sus hermanos “mendicantes”, que eran signo de gratuidad, de una iglesia que no tiene bienes propios, sino que vive compartiendo todo, al servicio de los cojos-mancos-ciegos, los pobres y expulsados del sistema, los “amigos” de Jesús.

Para realizar su tarea de gratuidad, este Jesús “dominicano” (ministro laico del evangelio) no necesita una empresa fundada en medios económicos, sino que la empresa es él, somos nosotros, ofreciendo y compartiendo la vida, desde la palabra, cuerpo a cuerpo, en fraternidad concreta.

4. Una misión concreta, un ideal de iglesia

La misión de la Iglesia no está al servicio de cosas o redes de administración que pueden separarse de la vida de los hombres y mujeres, y que necesitan gran capital para producirse y mantenerse. La misión es la misma vida de la Iglesia, al servicio del amor y de la libertad de los demás. Por eso le importan las personas, los hermanos misioneros, los hermanos misionados, al final todos hermanos:

− La iglesia es siembra de humanidad, no empresa en competencia con otras empresas (cf. Mc 4, 1-11 par). No busca el rendimiento exterior, no toma para sí misma los frutos de su posible 'viña' (cf. Mc 12), sino que se limita a sembrar Palabra, como hacía Jesús (Mc 4). Ciertamente, quiere 'buenos operarios', pues la mies es mucha y los obreros pocos (Mt 9, 37), pero no como funcionarios de empresa, que producen y calculan, en competencia con otros, sino como voluntarios agradecidos de la vida.

− La iglesia no contabiliza ganancias al modo de la empresa. No quiere aumentar la producción en beneficio propio, pues ella no es fin, sino medio, al servicio del Reino; ni lleva cuenta de sus inversiones, porque invierte todo, dándose a sí misma; no factura las posibles ganancias, porque todo lo regala; no necesita asegurarse, pues no quiere la seguridad de una “inversión de fondos buitre”, sino que sus creyentes comulguen entre sí, compartiendo en gratuidad la vida. No tiene libros de registro, pues sus bienes o ganancias se registran en otro nivel de gratuidad, por encima de la competencia y de los ladrones del mundo, sobre la polilla y el paso del tiempo que todo lo corrompe (cf. Mt 6, 19-21).

− La iglesia es comunión que permanece, pues 'las puertas del infierno no podrán vencerla' (cf. Mt 16, 18-19). Por eso, los cristianos dicen que ella es infalible, indefectible, de manera que se mantendrá en la verdad de su entrega por siempre, pero sólo en la medida en que se entrega por los otros. El día en que ella pretenda mantenerse por sí misma morirá, como las demás instituciones del mundo.

De esa forma tenemos que superar la globalización del Mercado, donde no importa la humanidad, donde todo lo que existe es mercancía que se compra-vende, desde el oro hasta los cuerpos y almas de hombres, como afirma de un modo inquietante Juan profeta (mercado de Roma, en Ap 18, 13), a la Comunión de los santos, donde nada se compra ni se vende, sino que se ofrece como Amor gratuito, de manera que todos pueden beber gratis el agua de la vida, bebiendo en amor los unos de los otros (cf. Ap 22, 17). Especialista en gratuidad fue Jesús, suscitando con la entrega de su vida la comunión de los 'salvados', que viven desde ahora en esperanza de resurrección. Especialistas en gratuidad, hermanos abiertos a la vida, desde los más pobres, fueron en el siglo XIII Francisco y Domingo. Su inspiración y ejemplo sigue siendo fuente de Iglesia en el siglo XXI.

Así culmina la “inversión” del evangelio (invertir vida humana, subvertir las relaciones de poder que existen en el mundo), y a su servicio quieren ponerse los ministros del evangelio, como ratifica Pedro, cuando rechaza a Simón Mago, que quería comprar por dinero los dones de la iglesia, enriqueciéndose por ellos (cf. Hech 8, 14-24). El sistema neo-liberal tiende a convertir este mundo en mercado, sin amor ni misterio, sin gratuidad ni esperanza, y así nos sacrifica en aras de su gran empresa, queriendo o sin quererlo, pues no pide permiso para ello. La iglesia, en cambio, sabe que la Vida es un regalo de Amor, puro don, que se funda en la Gracia de Cristo y se despliega en forma de Comunión de creyentes, abierta a todos los humanos.

Eso significa que los creyentes, mensajeros de Jesús, sólo reciben de verdad y sólo tienen como propio, aquello que regalan, dándose a sí mismos. Esta es la experiencia de fondo de la resurrección, que los creyentes vinculan al mensaje y entrega de Jesús, de manera que, al decir los ciegos ven, los cojos andas, los pobres son evangelizados, ellos pueden añadir que los muertos resucitan, es decir, que la vida triunfa de la muerte (cf. Mt 10, 8; 11, 2-4).

Portadores de esa tarea de evangelio, que es una ósmosis de amor, son los ministros de la iglesia, no como sabios capaces de anunciar o proponer nuevas teorías, sino como creyentes que dicen el mensaje de Jesús diciéndose a sí mismos y mostrando aquello que Dios ha realizado en sus vidas por Cristo, haciéndoles capaces de amar por encima de las leyes del mercado.