Martes, 12 de diciembre de 2017
Las Arribes al día

La boda

ANTONIO VICENTE / Juez Canino Internacional

Cuando hace, ya, más de 10 años Marian Vicente, hermana de mi yerno, me presentó a su novio Fran Vicente, no tardé en intuir que estos jóvenes estaban hechos el uno para el otro. Marian ya era una  joven empollona, trabajadora, inteligente, optimista,  exigente consigo misma y para colmo de bienes siempre tenía, como sigue teniendo,  la mayor de las sonrisas dibujada en su cara.

Fran no solo enamoró a Marian, durante estos años de noviazgo ha tenido la grandeza de enamorar a todos aquellos que hemos tenido la suerte de conocerle. Aun teniendo las mismas cualidades que la novia tiene por añadidura, algo que cuando le conoces te hace ver que va a ser tu amigo de por vida, Fran suma lo que llamamos ‘don de gente’, con todo el significado que conlleva esta expresión.

Después, con el paso de los años, cuando la televisión le convirtió en personaje mediático tras su participación en la segunda edición del programa de cocina Top Chef, ha seguido haciendo gala de este don y así le hemos visto dispuesto a participar en distintos actos benéficos, a hacer felices a niños, padres y abuelos en alguna cabalgata de Reyes, a viajar al otro extremo  del mundo para llevar hasta  allí las excelencias de la cocina española o a dar un pregón de fiestas allí  donde fue requerido. Siento que no me equivoqué cuando vi que esta pareja ‘casaba’ perfectamente.

Hablando de casamientos, el pasado sábado, Marian y Fran citaron a media tarde  a sus respectivas familias y amigos más íntimos en la iglesia de San Juan de Sahagún  de la capital  salmantina para ser testigos de su boda, con Nacho como maestro de ceremonia; Nacho es un cura que en los años que pasó en Vitigudino difundiendo la Palabra divina creó tal vínculo con sus feligreses, especialmente entre los jóvenes, que ahora, años más tarde, es requerido por muchos de ellos para oficiarles el Sacramento del matrimonio en diversos puntos de la provincia.

Después del acto religioso, nos trasladamos al Parador para disfrutar gastronómicamente, en el marco incomparable de su terraza, del trabajo del propio novio y del equipo de cocina encabezado por su jefe, Santos Vicente,  hermano de la novia, sabedores del cariño y las muchas horas que habían dedicado a prepararlo todo. Esta vez no fueron  lentejas al estilo de mamá,  ni gin tonic solidificado, pero por destacar una de las muchas exquisiteces presentes,  me quedo con el boquerón con aceituna esférica; nunca comprenderé cómo se puede vaciar el interior de una aceituna y tras llenarla de líquido devolverla a su aspecto inicial sin que se note manipulación alguna. La sorpresa que te llevas al comprobar en boca tal manipulación, unido a la explosión de sabores que produce la fusión del ‘jarabe’  inyectado con el boquerón, te hace entender por qué a los jóvenes cocineros se les considera dioses en la actualidad, porque solo a Dios corresponde hacer milagros y las manos de estos gurús de los fogones, en verdad, obran milagros.

Tampoco faltaron los momentos de emoción y lágrimas cuando, a los postres, tomó la palabra el maestro Juan Diego, hermano del novio, para dar la bienvenida a la nueva familia, la de su cuñada, a la que calificó  de ‘gente buena’ y hacer un alegato, a continuación,  de respeto, cariño, agradecimiento y admiración a su madre por    “… hacernos la vida fácil a mis hermanos y a mí…”, sin duda en referencia a sus desvelos y sacrificios desde que Dios se llevó al cabeza de familia cuando los niños eran solo eso, unos niños. Que levante la mano el invitado al que las lágrimas no le desbordaran sus ojos y le inundaran sus mejillas, porque el maestro no solo emociona con su arte, también con su  palabra; grande el maestro y grande la persona. A su  intervención respondió ‘el respetable’ con una atronadora ovación que duró lo mismo que dura una vuelta al ruedo de puerta grande.

Finalmente tomó la palabra Fran para agradecer, primero,  nuestra presencia y después su dedicación y trabajo al equipo de camareros, algunos antiguos compañeros suyos y amigos personales, y luego al equipo de cocina y en especial al jefe, su cuñado, así como a la dirección del Parador por permitirle pasar entre los fogones unos días antes, empezando a prepararlo todo. Mención especial a sus excompañeros televisivos allí presentes, el vallisoletano Javier Peña, fiel a su imagen, nunca se desprende de sus tirantes; y con el mallorquín de Iberostar, Honorato Espinar, pude departir amigablemente un rato en la terraza sobre algún asunto que nos une personalmente.

El fin de fiesta, como cabe suponer, fue después en otro salón, con el baile y todo lo que ello lleva consigo, pero no voy dar más explicaciones para no cansar a  los lectores y sobre todo para no fomentar aquí el consumo de bebidas alcohólicas.

De verdad chicos que, como ya os dijo alguien en una dedicatoria leída en la iglesia, siento mucho si no he sabido elegir las mejores palabras para narrar, a mi manera,  vuestra boda, pero puedo aseguraros que pocas veces habré escrito algo con tanta pasión y cariño. Solo me queda, por tanto, desearos que vuestro amor, como el toreo de algunos, sea eterno.