Lunes, 18 de diciembre de 2017

Vestir al desnundo

 
1.  Entre las necesidades más importantes del ser humano, como las referidas al alimento, y la bebida, el listado tradicional de las obras de misericordia, incluye también la necesidad del vestido.
Todos nacimos desnudos. Nuestra desnudez inicial es una señal de nuestro desvalimiento.  Pero nuestra desnudez no se prolongó demasiado. Apenas nacemos, la familia y aun los parientes y amigos nos regalan vestidos delicados para cubrirnos.
Sin embargo, la desnudez es también la metáfora del despojo de una persona por parte de la sociedad. Desnudar a un ser humano contribuye a hacerle sentir su indigencia y su total indefensión.
 
2. Para la enseñanza bíblica el vestido es muy importante.  A pesar del pecado, Dios proporciona vestidos a Adán y Eva. La compasión de Dios hacia Israel se refleja en el acto de cubrir la desnudez de la criatura encontrada en el desierto (Ez 16,8). Vestir al desnudo  manifiesta el interés por practicar la justicia con los pobres. También en eso consiste el ayuno agradable al Señor (Is 58, 7).
Juan Bautista exige a los que tienen dos túnicas  que se decidan a repartirlas  con el que no tiene con qué vestirse (cf. Lc 3, 11).  Jesús hace notar que ni el rey Salomón, con toda su gloria, pudo vestirse con la belleza de los lirios (cf. Lc 12, 27-28).  En una parábola impresionante, subraya el Maestro la diferencia entre los espléndidos vestidos del rico y la desnudez del pobre Lázaro  (Lc 16,19-20).  
Finalmente, en la noche de su prendimiento, los criados visten a Jesús con un paño rojo, con el que se burlan de su pretendida realeza (Mc 15,17).  Y en el Calvario, los soldados se reparten sus vestiduras.  La desnudez final de Jesús le convierte en la imagen de todos los despojados de la tierra.
 
3. Esta obra de misericordia puede referirse al vestido y también a la casa, a la asistencia médico-sanitaria, a las materias primas de la región y al derecho de pesca. Nos recuerda la obligación de compartir los bienes necesarios no sólo para la subsistencia física, sino también  para  la afirmación y la defensa de la dignidad de la existencia.
Pero aún hay más. Siempre ha habido personas que han tenido que sufrir la desnudez de la calumnia. Una sospecha ha bastado para someterlas a un juicio público de condena.
En otros tiempos, las habladurías surgían en el circulo de los vecinos.  Después esa lacra fue asumida por algunos medios de comunicación. Más recientemente, el anonimato de los mensajes telefónicos y las redes sociales puede destruir en pocos minutos la credibilidad de una persona. Es posible desnudarla totalmente de su prestigio. Ese despojo es un pecado contra la verdad.  
Las palabras del Rey en el juicio final adquieren hoy una gravedad impensada en otros tiempos: “Estuve desnudo y no me vestisteis” (Mt 25,43).
                                                                                         José-Román Flecha Andrés
 
LA ENTREGA Y LA CONFESIÓN
 “Me mirarán a mí, a quien traspasaron”  Esas palabras están tomadas del texto de Zacarías que hoy se lee en la celebración  de la Eucaristía (Za 12, 10-11. 13,1). El profeta transmite un oráculo del Señor en el que se anuncia en primer lugar la liberación del pueblo judío, cautivo en Babilonia, y después la renovación de Jerusalén.
Por una parte se promete una actución de la justicia de Dios contra todos los pueblos que destruyeron a Jesusaén y deportaro a sus habitantes. Al mismo tiempo se promete un espíritu de gracia y clemencia sobre los habitantes de Jerusalén. Es la inversión de las suertes, como la que reflejará la parábola del pobre Lázaro y el rico que lo ignoraba durante la vida.
Pues bien, en ese contexto se incluye una frase misteriosa: “Me mirarán a mí, a quien traspasaron”. Los divErsos significados que puede adquirir coinciden en algo importante. El sacrificio del Siervo de Dios se convierte en fuente de salvación. Al contemplar a la víctima, las gentes podrán arrepentirse y alcanzar misericordia.
 
LA IMAGEN DEL TRASPASADO
 
En su carta a los Gálatas, san Pablo nos reuerda que los que nos hemos incorporadoa Cristo por el bautismo, nos hemos revestido de Cristo (Gál 3, 27). En nosotros, Dios construye la nueva Jerusalén. Gracias a su misericordia, podemos vivir en la fe y en la esperanza, dando frutos de comunión fraterna entre las personas y los pueblos.
Pero el eco de la primera lectura no se desvanece en el aire. No olvidamos la imagen del traspasado. Sabemos que ha sido aplicada por el evangelio de Juan a Jesús crucificado y traspasado por la lanza de un soldado: “Mirarán al que traspasaron”.
En el evangelio que hoy se proclama, Jesús anuncia su pasión y muerte: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho. Ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día” (Lc 9,22). Evidentemente la muerte de Jesús no había de ser un simple accidente de trabajo.
 
PREGUNTAS Y RESPUESTAS
 
 Esa profecía de Jesús no ha surgido de improviso. El evangelio la coloca inmeditamente después de unas preguntas fundamentales que Jesús dirige a sus discípulos.
• “¿Quién dice la gente que soy yo?”. No era difícil responder. Bastaba con prestar atención a los comentarios de la gente que se iban encontrando con Jesús. Todo lo identificaban con algún profeta. Como los antiguos profetas, Jesús hablaba en nombre de Dios. E invitaba a su pueblo a la conversión.
• “Y vosotros, quién decir que soy yo?”. Esta segunda pregunta era una interpelación directa a la fe de sus discípulos. Ante esas palabras, ellos tendrian que reflexionar y decirse a sí mismo qué esperaban de Jesús y por qué lo estaban siguiendo. Esa pregunta se nos dirige a los creyentes de todos los tiempos.
• “Eres el Mesías de Dios”. Así respondió Pedro en nombre de todos. Si la primera respuesta de los discípulos requeria una cierta información sobre las opiniones de la gente, esta segunda respuesta comporta la confesión personal de la fe en la identidad y la misión de Jesús, el Ungido de Dios. Ante esa respuesta, Jesús revela su futuro de entrega y de muerte.
Señor Jesús, traspasado por nosotros, a ti se vuelve nuestra mirada. Agradecemos tu entrega y tu muerte redentora. Y nos comprometemos a confesarte como Mesías y Señor. ¡Bendito seas por siempre!
José-Román Flecha Andrés