Lunes, 11 de diciembre de 2017

Por qué aún soy cristiano

La duda es una actitud sana, constructiva y realista. Uno comparte plenamente esta afirmación incómoda e insegura. Certezas tiene pocas, tal vez porque procura preguntarse mucho, unas veces con más tino que otras. Pero con los años pareciera que las estructuras mentales se van entumeciendo y hace falta una mayor energía o, quizás, una voluntad más fuerte para seguir poniendo en causa las propias convicciones.

Algunos dirían que estas primeras líneas son de un relativismo feroz. Uno no lo cree así. Recuérdese, sin ir más lejos, que Descartes construía su antropología sobre la reflexión misma, que debe dominar las pasiones del alma. No se trata de que nos dé igual todo, de que cualquier cosa sea buena, sino de constatar que hay caminos diversos para llegar a la misma conclusión.

Me lo decía hace unos días un buen amigo luterano con palabras sabias: “Se trata de lo mismo con presentaciones diferentes”. Y de lo que hablaba era de Dios. Sí, el diálogo trataba ni más ni menos que sobre teología, esa ciencia que, como dijo algún relativista jocoso, crea su propio objeto de estudio.

Más bien de lo que tratábamos era de teologías, en plural, partiendo de una base que también podría ser discutible, pero que uno no es capaz de eludir: la necesidad que tiene el ser humano de espiritualidad. Esa dimensión trascendental podrá explicarse de muchas maneras, incluso al modo ateo: como en el padrenuestro de Juan Bonilla, donde se alude a “aquella inmensa noche de tormenta en la que el miedo de unos monos te inventara”. Aun así, uno tiene la convicción de la necesidad de lo trascendental, de la insuficiencia de lo terreno y de la limitación de lo humano.

Desde el punto de vista argumentativo posiblemente hayamos dado pasos lógicos inseguros. En ese razonamiento es posible que haya elementos discutibles, por tanto también relativos. Uno no es tan soberbio como para sentirse dueño de la verdad absoluta, pero sí es consciente de que, a pesar de todas las vacilaciones, creció en un contexto concreto en el que la religión era un componente más en la construcción del ser humano. Hay, como es evidente, esa determinación histórica en cada uno de nosotros, aquí y en cualquier parte.

Esa historia que nos crea nos lleva a que unos oren hacia La Meca, algunos hacia el cielo, bastantes hacia su propio interior y a que otros no lo hagan en absoluto. Ninguno de ellos merece mi desprecio, ni mi indiferencia. Me enseñaron que en cualquiera de esos casos hay un ser humano que vive, que padece o que disfruta, que necesita consideración, respeto y amor, que no merece que lo insulten, ni denigren, aunque sea el “emperador gay”, el adalid de la ideología de género o el coletas con cuerno y rabo. Y por todo eso, a pesar de los pesares -que rima con Cañizares-, aún soy cristiano.