Jueves, 14 de diciembre de 2017

Un globo, dos globos, tres globos

Parece un juego y no lo es; hasta parace intrascendente y es todo lo contrario; el tono es entre irónico y juguetón, sin embargo el contenido es grave y de peso. Júzgalo tú, amable lector.
 

No es lo mismo un caso paradójico que un cojo parado en casa ni es lo mismo un bloguero que un globero. A esto venía yo, porque estamos en tiempos de innumerables blogs (“palabra en el ancho mundo de la telaraña”) que llenan de palabras y palabras el campo del ciudadano y también en tiempos de mucho globo (“aglomeración de una masa de cualquier componente”, posteriormente “masa gaseosa en contenedor esférico”) que sube y sube ante la mirada medio atónica del hombre, y de la mujer, de la calle.

Pues eso, que en eso estamos. Y con estos tres ejemplos. Por eso lo de los tres globos del título.

Con la propaganda electoral planeando irremediablemente sobre mi existencia diaria me imagino un globo enorme relleno de palabras y palabras al viento, ya sabidas, reconocidas, memorizadas saliendo interminablemente de todos los expendedores políticos de cada sitio y de cada momento. Seguramente no hay otro modo democrático de hacerlo, pero lo asocio necesariamente a un enorme globo que va creciendo inútilmente y sube y sube alejándose de la realidad de la superficie de la tierra, desconectado, sin tocar tierra, perdido en la estratosfera del partido o de la ideología que lo sustenta. Esto sucede a ráfagas, según toque, y luego vuelve a empezar cuando se cumplen los plazos fijados. Y da la impresión de que en la plena ascensión del globo casi todo el mundo se confiesa entre desesperado y confuso, pero toma parte en la ceremonia como le dice su deber ciudadano.

Y el globo, en estos días, sigue ensanchándose amenazando sus costuras como un obeso y sigue como un obseso ascendiendo inevitable más alto y más lejos cada día.

Otro globo de actualidad diaria es la fiebre comunicadora por tierra, mar y aire por palabra y por icono a través de medios actuales imparables que te estallan como un tsunami en tu propio bolsillo. Están ahí, hinchados como un globo que crece y crece sin límite ni razón. Y no has acabado de levantar la mano y ya te llegan tres fotos que captaron aquel instante y antes de que levantes el dedo del botón de envío ya te responden siete miembros de tu grupo. No hay respiro entre tanto ahogo ni posibilidades de comprensión en tal compresión de elementos amontonados. Y el globo sigue inflándose por el hálito inflador de todos a una. Hasta dimensiones desbordantes.

Están el twiter (“gorjeador o piador”), el wshap (“¿qué passsa?”), el facebook (“cuaderno con caras”, se podría decir fachalibro, pero sería equívoco), youtube (“túcanal”, “tútv”), blog (“palabra en la telaraña”, ya citado), pinterest (“chinchetainteresa”), tumblr (“breves blogs”), instagram (telegramasinstantáneos), …y no sé cuántas vías más que a la vez y sin equilibrio que modere crean una enorme burbuja inasible y obsesiva como un globo que sube y no para y no deja tiempo para oír, ver, palpar y pensar y disentir y crece y  crece sin opción para detener el globo hinchado que amenaza con inutilizar por inundación el ancho campo humano de la comunicación entre personas. Amén. No es para tanto pero casi, porque ¿y si sí?

Porque hace ya dos mil cuatrocientos años un tal Aristóteles (Gran Moral  II, 5) advertía que “cuando los bienes son demasiado abundantes corrompen a los hombres por su exceso”. Y acababa sentenciando que la verdadera sabiduría está en la moderación. Por eso he enredado todo este rollo de telaraña, para desinflar el globo, hoy tan superhinchado y deshumanizador, y poner en medio la moderación que pedía el viejo filósofo clásico.

Mientras tanto los miro una vez más, son cinco (dos como de poco más de 30 y tres entre 10 y 15), siguen sentados alrededor de la mesa y cada uno sigue inclinado sobre su móvil tecleando a dos manos. Diez manos inflando el globo desde hace casi media hora.

Y en el tercer globo para el que ya no tengo espacio suficiente. Ese trataba de repasar una serie de localizaciones de montones de palabras infladas con evidente exceso y que además, según norma admitida, corren peligro de ser menos escuchadas cuantas más sean. Alguna llegaría a ser atendida, pocas serían entendidas, un porcentaje escaso serían escuchadas y ni siquiera la mayor parte resultarían oídas. Desalentador, pero seguimos hablando y hablando, emitiendo ruidos y ruidos, produciendo palabras y palabras en todas las direcciones, mientras el desguarnecido ciudadano huye despavorido buscando refugio ante tanta inclemencia.

Y se reparte este tercer globo por las áreas más nobles de la vida, la familia (tan llena de consejos, prohibiciones y advertencias), la iglesia (con sus sermones, documentos y recomendaciones sin número en un lenguaje muchas veces obsoleto), la sociedad educativa (tan sabia ella dando principios sin cuento y buenas maneras a la ciudadanía), los intelectuales o similares, si los hay (con sus sesudos párrafos y su reclamación de valores en un sonsonete que así ya no cuela), los medios de comunicación, manuales, visuales o digitales (con una retórica a la que desde la primera sílaba se le ve el plumero y sólo los desaprensivos acaban apresados por ella) y muchos más espacios sociales en los que la palabra ha perdido su solvencia y su dignidad, convirtiéndose, en cuanto se junta con otras de su especie, en un globo inflado de palabras al viento. Y el globo sube y sube…

Eran tres globos, pero podían ser treinta. Sin duda exagero, pero repito: ¿Y si es que sí?