Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Votar por descarte

Cuando la campaña electoral está en marcha y las encuestas anuncian una polarización, voy a revisar el abanico de motivaciones que mueven al voto. No me refiero a la participación política en sentido amplio o la implicación cívica en organizaciones sociales, me refiero al conjunto de motivaciones que operan para decidir. En algunos países se vota por imperativo legal. El voto es obligatorio para todos los ciudadanos mayores de edad. Aunque no quieran, los ciudadanos están obligados a votar por imperativo legal. La no participación está penalizada porque el ejercicio de la ciudadanía se vincula al deber de votar. El ciudadano no puede plantearse el ejercicio del voto como un deseo cívico, se le impone como imperativo legal.
Aunque parezcan ya viejos, los nuevos partidos han puesto en marcha el voto por rebeldía. Ciudadanos y Podemos han reencantado el panorama político y con ello han despertado el deseo, la ilusión y la reacción de una ciudadanía aletargada. No es un voto reaccionario pero si es un voto por reacción ante la pendiente resbaladiza del desencantamiento cívico.

Frente a estos, algunos han puesto en marcha lo que Hans Jonas ha llamado “la heurística del miedo”. Con las fotografías de los supermercados en Venezuela, la alusión a la “cal viva” y la enumeración de las amistades peligrosas de algunos candidatos, la activación del miedo será un factor determinante. Algunos trasvases de votos que se están produciendo y que determinarán el nuevo escenario se explican porque el ciudadano no quiere los experimentos. Tenemos que contar con el voto por miedo.
La mayor parte de los candidatos quieren que nos identifiquemos con sus propuestas y reclaman un voto por convicción. Se esfuerzan para ofrecer un conjunto atractivo de propuestas. Este esquema motivacional responde a una estructura neuronal que moviliza los dos lóbulos cerebrales que intervienen en la decisión: el cognitivo calculador y el emotivo dinamizador. Este esquema tiene otras variantes en el voto por tradición o el voto por valores. El ejercicio de votar expresa el deseo de mantener en el tiempo una tradición social, política y cultural.
Una variante pragmática y schumpeteriana de la anterior es el voto por interés o  conveniencia. El votante expresa preferencias, muestra determinados intereses y se sitúa instrumentalmente ante la vida. Los partidos no sólo expresan orientaciones de valor y sentido ante la vida sino que canalizan soluciones técnicas a problemas prácticos.
Hoy triunfa el voto por descarte. Un esquema motivacional donde seleccionamos un partido no porque nos representa o convence, sino porque hay otros que nos convencen menos. Aplicamos la estrategia del mal menor y tranquilizamos nuestra conciencia eligiendo la opción menos mala. Quizá también sea verdad que en toda opción puede haber algún elemento positivo.