Sábado, 16 de diciembre de 2017

Factor común

   En una discoteca donde la gente celebra una fiesta asesinan a una cincuentena de homosexuales, quizá porque lo eran, quizá porque eran infieles. Había primero diversión, luego hubo violencia, un factor que no debía estar allí. No sé por qué, sin querer faltarles al respeto a esos desdichados, la noticia me hizo pensar en una pequeña broma que les gasto a mis alumnos cuando aprenden el método científico, cuando buscamos una variable común en varios eventos. Si bebo ron-cola al día siguiente tengo resaca, si bebo ginebra-cola también, si bebo whisky-cola también. Debemos concluir que me sienta mal el refresco de cola.

   Violencia de género. Violencia en las aulas. Violencia entre seguidores de equipos de fútbol. Violencia doméstica.

Violencia virtual en los videojuegos, violencia verbal en los chats.
Hay fiestas en discotecas, hay alumnos en las aulas, hay mujeres estableciendo relaciones o rompiéndolas, hay 22 futbolistas disputando un partido, hay juegos para relajarse pasando pantallas, hay redes sociales para comunicarse entre amigos. Hay escenarios, situaciones, actividades de las que su esencia no es la violencia pero que se ven invadidas por ella, por ese factor común que no debería estar allí, y empezamos a desconfiar de los aficionados al fútbol, de los exmaridos, de los compañeros de clase, de los seguidores de otras religiones.

   No pueden aceptarse ya hoy día las teorías de la catarsis que nos dirían que la violencia sale de dentro de nosotros cuando el estrés o la frustración crece y no hay otra espita de salida. No nos desfogamos haciendo deporte o gritando en una habitación cerrada o golpeándonos con trajes protectores para tornarnos seres civilizados una vez relajados. La violencia se ejecuta por obediencia como nos enseñó Milgram, por conformismo como nos mostró Asch. La violencia se aprende como bien nos advirtieron los psicólogos sociales, Bandura el primero, y conviene poner en relación todas sus expresiones. Conviene que nos percatemos del aprendizaje continuo que se produce al estar expuestos a tanta violencia diría que hermosa, atractiva, al incrementarse en muchos individuos la sensación de autoeficacia, de que van a ser competentes siendo violentos, que van a hacer bien el mal.

   Me tocó aprender el manejo del armamento militar cuando aún era obligatoria la mili. El fusil, el subfusil y la pistola automática. Podías llegar a sentirte atraído por el trabajo bien hecho, por la precisión del mecanismo, entender la utilidad de cada parte, como te sucede con el motor de un coche bien bruñido. Pero sostenerlas daba un enorme respeto y escuchar las detonaciones imponía. Hoy, no me explico cómo, todo joven que se precie parece saber empuñar con habilidad una pistola y conoce la mejor manera de apuntar a una cabeza para amedrentar a su víctima. Bueno, sí me lo explico. Juegan a ello. Brazo estirado -veo que ahora se coloca en posición horizontal-, dureza en la mirada cuando no sorna, casi se sentirán protagonistas de una película varonil. También todos parecen saber golpear en la cara, la sangre no les repele, las lágrimas de sus víctimas les causan risa.

Nada de asegurar que la violencia es algo genético que permitió al hombre primitivo luchar por su territorio (quizá sólo los asesinos de sus exparejas se aproximen a ese estereotipo). Y sin duda cualquiera de nosotros podría llegar a utilizar la violencia para defenderse en situaciones extremas como nos mostrara Peckinpah en Perros de Paja (qué poco nos influían aquellas peleas filmadas a cámara lenta, aquel esteticismo) pero no es el caso. Tampoco me refiero a esa violencia de evasión al estilo Juego de Tronos donde se introducen espadas por la cabeza y su punta sale por la boca. Su mera irrealidad la convierte en cuento. Sabemos de la fantasía de esa violencia como lo sabíamos de los cuentos que nos contaban de niños donde muchas veces la muerte estaba presente y nos moríamos de miedo. Y sin duda hay otro tipo de violencia que se lleva aún más vidas, la violencia de los fuertes sobre los débiles, la violencia contra los países pobres, contra niños convertidos en soldados, contra niñas violadas. Pero eso no debe hacernos olvidar que aquí en este que llamamos Primer Mundo ese factor común indeseado va ganando terreno día a día y si no cambiamos los modelos sociales que mostramos en directo o a través de las pantallas, no va a parar.