Jueves, 14 de diciembre de 2017

Polvo, sudor y hierro...

A mí me gusta estudiar los temas sobre el terreno, y, si el tiempo pasado es muy largo y no  permite mancharme de barro, entonces, no me queda más remedio que echar mano de los libros, que dan fe de los hechos. Cuesta dar con ellos, pero la paciencia y constancia todo lo pueden.

Hace unos días, me encontré con Juan Villuga, terminaba de escribir su “Repertorio de todos los caminos de España, de 1546”, me cuenta es que bien sabido que, hasta mediados del siglo XVI, no se empiezan a utilizar las carrozas y coches, y que, hasta entonces, el caminante va a pie o en cabalgadura. Los caminos eran sendas estrechas y veredas dificultosas, mal trazadas por el paso de las bestias y carretas. Eran descuidados por el Estado y olvidados por los concejos, expuestos las más de las veces a encuentros y sorpresas atentatorias de salteadores y bandoleros. Sólo eran aderezados, cuando tenía que transitar algún personaje ilustre con su séquito o era anunciado el paso de una litera fastuosa, llevando el tierno cuerpo de una princesa o infanta casamentera”.

Pero Juan Villuga, en su “Repertorio”, me presenta las rutas más importantes de España, reseñando los lugares por donde discurren y la distancia en leguas, que separa a cada localidad. No se detiene en la descripción de las calzadas secundarias; por esta razón, no habla de la calzada vieja de Peñaranda, que cruzaba por el Hortezuelo, bajaba por la Huelga hasta Santiago de la Puebla. Aquí se bifurcaba y un ramal seguía por Melardos, Gómez Velasco, Carabias, Gallegos de Crespes..., y el tramo principal seguía la ruta de Alaraz, San Miguel, Piedrahíta, (hoy montada por la carretera de Cañizal - Piedrahíta), atravesaba El Barco de Ávila, y subía el puerto de Tornavacas y Cabezuela del valle.

Estos caminos de polvo y lodo eran transitables sólo durante el período de abril a noviembre, hasta que las lluvias y nieves del invierno el polvo lo convertían en barro y, a los grandes baches, en charcos; con este panorama, el paso por ellos resultaba un infierno.

Y no fue Juan Villuga quien me describió el camino que utilizaron los vasallos del Ducado de Alba y sus predecesores para ir a Madrid. En este caso, mi informador fue Fernando Colón, hijo del descubridor de América, en su obra “Descripción y Cosmografía de España”, de principios del siglo XVI.

De Alva hasta Madrid ay XXXII leguas, vase por Pedrosyllo, a Macotera, a Bóveda, a Salvadiós, a Ximehalcón, a Castro Nuevo, a Pascual Grande, a Villanueva de Gómes, a la Puebla, a Labajos, a Villacastín, a las Navas, a Espinar, a Guadarrama, a La Torre de los Dones,  (Torrelodones), a Aravaca”.

 

Este camino no lo he trochado nunca, pero nuestros andantes arreadores de bueyes, y las caballerías y carros, cargados con sacas de lana y demás productos, dejaron su huella, que aún se siente caliente, porque la historia nunca se enfría: está ahí con su eterno rescoldo.

Polvo, sudor y hierro,

       por la terrible estepa castellana...