Sábado, 16 de diciembre de 2017

Carta a un amigo desesperado

Estimado amigo: aunque no nos conocemos, permítame el tratamiento porque creo que nos parecemos y que nos indignamos por las mismas cosas. Usted y yo somos gente moderada, normal, pretendemos vivir dignamente y que quienes nos rodean no lo pasen demasiado mal, pero llevamos muchos años ya en este desdichado–antes habría dicho bendito- país, sufriendo la indignidad de la corrupción que afecta a tantas instituciones que, si somos medianamente sinceros, la tendríamos que calificar de sistémica o generalizada. Nos levantamos cada día y nos refriegan por la cara los cientos de miles de euros, a veces millones, que hijos de su madre se han llevado a lo largo de los últimos -¿cuántos?- años a cambio de no trabajar, es decir, robando a lo fino, porque todos estos ladrones de guante blanco - políticos y empresarios y  conseguidores de medio pelo, incluso algún sindicalista- son, eso sí, muy finos y educados: si nos los encontramos hasta nos mirarán por encima del hombro, porque ellos forman parte de la cleptocracia que se ha instalado en España. Usted y yo, permítamelo, estamos hartos y hace tiempo que hemos dicho ¡basta!, pero qué importamos usted y yo: nada, en plata, y así si cometemos un pequeño error con Hacienda tenemos a la vuelta el aviso certificado (nunca se olvidan de nosotros, ¡qué casualidad!), a la vez que nos enteramos de abultadas deudas tributarias que por corresponder a los poderosos, se amnistían y hasta prescriben. Porque usted y yo, sabemos hace tiempo que los españoles no somos iguales ante la ley, eso lo dice la magnífica Constitución que se saltan a la torera bandidos de variado pelaje: los españoles somos esencialmente desiguales, y así nos va, y de aquí la desesperación, el escepticismo y la desconfianza en las instituciones democráticas.

Pero de qué nos valen los exabruptos: de nada, salvo para expurgar la bilis acumulada. De ahí a saltar a una descalificación global del sistema, media un paso, paso peligroso, y sabemos por la Historia que a veces se ha dado y tiempo después vienen los mea culpa de turno: no lo vimos, no nos dimos cuenta. Y es que el sistema no es malo, entendiendo por tal su diseño: las normas constitucionales y sus previsiones teóricas, que además deberían hacerse presentes en el día a día de los ciudadanos. No hay sistema menos malo que la democracia y, éticamente, el único de recibo, pero hablo de la democracia cuando efectivamente se realiza, con la división real de poderes y el estado de derecho en acción: la democracia no es solo una palabra, es mucho más. Lo malo del caso, y de ahí el cabreo generalizado y el voto de la desesperación, es que quienes manipulan el sistema han puesto todos los palos posibles para desactivarlo. Y es lógico: se vive mejor sin controles, haciendo lo que te peta, favoreciendo a los amiguetes de turno, poniendo al partido por encima de la sociedad. Y de ello se aprovechan quienes están en sus antípodas. El programa de los que están de verdad con el sistema, y no pretenden aprovecharse solo de él, es claro: hacer que la democracia funcione y todo lo demás se dará por añadidura.

Último ejemplo: en el debate del lunes se produjo un rifirrafe entre Rajoy y Rivera, que cuestionó la independencia judicial. Rajoy tiró por elevación y le lanzó el guante a su rival: ¿es que no son competentes los jueces del Tribunal Supremo, cómo ponerlos en tela de juicio? Pero Rivera no se refería a eso, sino a que llegar al Supremo depende del Consejo del Poder Judicial y sus miembros son nombrados mayoritariamente por los partidos. Y no se elige siempre a los mejores, sino a los mejor situados políticamente. Pero, claro, lo fácil era embarrar el terreno, embarullar, y no entrar en el fondo de la cuestión: de lo que se trataba era de ganar el debate o de no perderlo, lo importante era el interés partidario y no el interés nacional.

De ahí mi consejo: vote, es lo único que le queda, y hágalo en conciencia y con perspicacia. “Sencillos como palomas y astutos como serpientes”, que dijo quien saben. Si no lo hace o elige mal, tiene cuatro años para desesperarse.

Marta FERREIRA