Jueves, 14 de diciembre de 2017

Como un pájaro

Durante mucho tiempo, los filósofos, los sabios y los libros nos han contado que el fin último del hombre es conseguir la felicidad. Que la vida, tan solo es un paso intermedio para lograrla. Que nos pasaremos nuestros días buscando cosas, personas o momentos que nos ofrezcan la ilusión de rozarla con los dedos. Que, en conclusión, todo lo que hacemos de alguna manera son medios para llegar a ese fin. Sin embargo, nadie tiene una definición exacta de la felicidad. Si preguntáramos a un niño del tercer mundo que en qué consiste para él la felicidad, probablemente contestaría que tener un plato de comida delante. Si hiciésemos la misma pregunta a un millonario, la respuesta sería mucho más complicada. O quizá ni si quiera tendría respuesta, porque puede que él crea que tiene todo para ser feliz. Y sin embargo, no ha tenido nunca la sensación que tuvo aquel niño al ver un puñado de arroz. Puede que cada uno tengamos un concepto diferente de la felicidad, pero lo que todos sabemos es que no es permanente. Sabemos que es efímero. Sabemos que estar alegre o contento es como un primo hermano suyo pero que no es lo mismo. Sabemos que la felicidad puede ser una actitud, pero que la vida no siempre coincidirá con nuestra actitud. Y es que hay baches, tropezones, pozos y lagunas que queramos o no aparecerán en nuestro camino, y a veces el dolor será difícil de soportar. La felicidad parece más bien un sueño de Hollywood, una película a las seis de la tarde un domingo lluvioso, una canción que se te clava en el alma, un atardecer en el silencio de un abrazo... Pero todo ello son ráfagas, no estados. Son emociones, intensas y cortas. Pero no son sentimientos duraderos. Es por ello que cuando vivimos algo que nos deja sin respiración nos es difícil explicarlo con palabras. Nos es difícil volverlo a reproducir y tener las sensaciones exactas. Nos queda como una resaca y una brisa que roza el corazón. Es como un pájaro que se acerca lo suficiente para que veamos su bonito plumaje pero que jamás se deja atrapar. Y es que la felicidad vuela, vuela libre. Va y viene.  Y es necesario que lo haga para que la persigamos, para que corramos y nos cansemos. Para que la veamos alejarse y cojamos fuerzas para ir tras de ella de nuevo.

Creo que la vida consiste en averiguar qué es lo que te acerca a ella. Estoy segura de que cada vez que hacemos felices a los demás estamos acercándonos un poco más a esa meta. Creo que hay pocas cosas que llenen tanto como ver la sonrisa que has provocado, o el llanto que has calmado, o la mirada que has ilusionado. Creo que entender la felicidad de otros nos hace más humanos y también nos hace entendernos a nosotros mismos. Creo que lo contrario a la felicidad es el miedo y el conformismo. Que a veces la confundimos con comodidad y es uno de los errores más comunes. Porque para ser felices hay que ser valientes. Hay que arriesgar. Hay que levantarse y dejar los sueños en el sofá. Salir por la puerta y saber que te encontrarás mil piedras y mil puertas cerradas. Que tu imaginación y tu esperanza estarán echando un pulso constante a la realidad. Y que puede que con ello no cambies el mundo, pero sí tu mundo y el de los que te rodean. Creo que abrirse, expandirse, viajar, conocer, ver y palpar otras vidas son formas de conocerse. Y de eso se trata. Conocerse es más importante que buscar la felicidad. Porque el que busca la felicidad sin conocerse está destinado a la frustración. El que busca por caminos ajenos se encontrará con las manos llenas de nada. Sin embargo, el que vive para conocerse y se busca a sí mismo, encontrará de una forma u otra su norte. Encontrará tesoros por el camino y sabrá a quién regalarlos cuando otros los necesiten para seguir. Hará con sus propios pasos una forma de vida que le irá llenando cada vez más, con cada vez menos. O al menos intentará no tener sus expectativas por debajo de sus posibilidades. Ni tampoco por encima de sus límites. Y es que la felicidad no es mucho ni poco, simplemente es. Supongo que se parece a esa versión de uno mismo que más anhelamos. Aquella versión que exprime hasta la última gota de nuestra esencia y nos hace sentir únicos en el mundo. Es aquello que da sentido a lo más pequeño. 
La felicidad es la eterna desconocida de la que todo el mundo habla. La que está pero no se sabe dónde. La que a veces te parece ver en el brillo de los ojos de alguien. La que llega sin avisar y se va sin hacer ruido.

“Si quieres comprender la palabra felicidad, tienes que entenderla como recompensa y no como fin” Antoine de Saint-Exupéry