Viernes, 15 de diciembre de 2017

Los nuevos profetas

¡Qué mala suerte la de mi generación, que tuvo la desgracia de tener unos profesores tan malos que no supieron distinguir el comunismo de la socialdemocracia!  Hemos tenido que cumplir más de setenta años para descubrir que  Karl Marx, Friedrich Engels, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, y algún personaje más en quien se inspiraron, no eran comunistas; eran, en realidad, unos simples socialdemócratas. Es decir, los dos primeros no redactaron El manifiesto comunista pensando en enfrentar al empresario con el obrero, ni en la lucha de clases, ni que el capitalismo es una forma de alienación del ser humano, cuya eliminación debe alumbrar inexorablemente  la dictadura del proletariado y, desde ahí, el comunismo. Nada de eso. Engels, hijo de un adinerado empresario alemán y amigo  de Marx, fue otro filósofo que, según los nuevos profetas, si ha pasado a la posteridad, ha sido, más que nada, por ayudar económicamente a su amigo cuando pasaba tantas estrecheces en Londres. A cambio de esta ayuda económica, Marx se prestaba a recibir clases particulares de economía –es de suponer que le bastaría con un par de tardes- para poder escribir su obra más conocida, El Capital.

Ni que decir tiene que, según estos nuevos predicadores de la teoría política, aquella socialdemocracia surgida en el XIX, y transformada después  en lo que hoy conocemos como Internacional Socialista -que ya no reconoce la lucha de clases, que se declara a favor de las relaciones entre el empresario y los obreros, de los convenios entre patronal y sindicatos-  acabamos de enterarnos que no surgió de la escisión de la I Internacional. De nada le valió a Felipe González dar la espantada en 1979 para exigir que el PSOE abandonara las tesis marxistas y así conseguir que España pudiera avanzar. Los numerosos miembros de esa Internacional Socialista pierden el tiempo. Otros, sin abandonar ni una de las ideas del marxismo-leninismo, ahora resulta que son tan socialdemócratas como ellos –o más- .

Desde luego, la llamada izquierda radical española no formará parte de la socialdemocracia, pero no se sentirá defraudada por ello. Sencillamente habrá conseguido que quien deje de formar parte de la misma sea el PSOE. No por propia voluntad, sino por desaparición. Ya ha fagocitado a Izquierda Unida y el PSOE acaba de morder el anzuelo. Ha sido el primer responsable del auge alcanzado por los populistas, permitiendo que gobiernen en instituciones donde no habían sido la fuerza más votada. Por su no disimulada ansiedad de expulsar al PP del gobierno, el PSOE no ha dudado en ofrecerles un asiento como compañeros de viaje. Ha contribuido a engordar un monstruo que está a punto de engullirle. Ahora deberá pagar las consecuencias, sólo que con el agravante de arrastrar a España a una etapa que, sin temor a equivocarnos, ha fracasado rotundamente allí donde se han instalado.

Los nuevos socialdemócratas de boquilla ya no se recatan lo más mínimo a la hora de mentir, sin con ello se saca tajada. Se ven cerca del poder y, para no ahuyentar a posibles pusilánimes, prefieren colocarse encima la piel  de cordero. Queramos o no, en España lo de comunista aún escuece a más de uno. Cuando tengan las riendas en su mano, tendremos ocasión de comprobar los métodos que tan buen resultado proporcionaron a sus “congéneres socialdemócratas” Lenin, Stalin, etc.; o a los más recientes Castro, Chávez, Maduro, Kim Jong-un, etc.

Si todo sucede como se anuncia, oiremos hablar, y pronto, de nuevas formas y  modelos de Estado, nueva Constitución –la actual es un fastidio-, plurinacionalidades, barra libre para colectivos indignados, compasión con los pobres terroristas que han sufrido tanta persecución y ya está bien de quejarse las víctimas,  menos control estatal y más rienda suelta al infractor, guerra al capital y leña al empresario, mano dura a la Iglesia, OTAN no y bases fuera,… en una palabra, todo un programa de la nueva socialdemocracia. Ah, por cierto, el nuevo socio del complejo Unidos Podemos, en reciente entrevista radiofónica, no se cortó ni un pelo a la hora de asegurar –lo repitió dos veces- que los “trabajadores” de Podemos que asesoraron a Chávez cobraron lo que cobraron “porque esos trabajos se pagan muy bien”; que en Venezuela no hay una dictadura y que Leopoldo López no es un preso político sino un golpista; cantinela que pronto ha aprendido un coro de palmeros salmantinos.

Sigo preguntándome si es esto lo que quiere el PSOE para España, y, de paso, repito la pregunta que se hacen tantos españoles: ¿A qué espera aquel PSOE que tan buen papel desempeñó en la transición -y que tanto sigue necesitando España- para enderezar el actual rumbo que tanto daño le está haciendo? ¿A qué esperan sus verdaderos socialdemócratas?

Lo dicho, hemos nacido demasiado antes. Ahora las cosas son mucho más sencillas. A nuevos tiempos, nuevos profetas; aunque, hablando de temas bíblicos, bueno será tener presente, en su momento,  aquello de “por sus obras los conoceréis”.