Viernes, 15 de diciembre de 2017

¿Lo tenemos merecido?

Cada  tengo mas claro que vivimos en un país enfermo, en un territorio que da pasos agigantados hacia una demencia social de magnitudes épicas si esto no lo para nadie.

Puedo pecar de exagerado, de alarmista, pero les escribo por la percepción gélida que me embiste.

Díganme como se asimila que en nuestro país, en esta España del siglo XXI, se insulte descarnadamente, se amedrente mafiosamente o se agreda  vilmente en la discrepancia política. Solo una sociedad achacosa, y con ganas de lío,  permite ensalzar cualquier causa defecando inmisericordemente en las creencias del vecino, los símbolos de todos o en las instituciones comunes.

Y es que no quiero dejar pasar la semana leída. Entre insultos a  políticos, mítines y charlas “reventadas” bien a huevazos o con soflamas cabestriles. Donde ser seguidor de nuestra selección, la española, puede costarte una agresión cobarde y nauseabunda. O que para celebrar el día del orgullo LGTB se recurre a la ofensa  religiosa, por supuesto cristiana. Porque no tienen proteína suficiente para utilizar a Alá o Mahoma.

Pero si hasta han intentado incinerar, aún no saben quien, un par de iglesias en la coruñesa Narón. Aunque me temo que de la escolanía no pintan que sean los pirómanos...

No será este que les teclea el que reste importancia a los hechos o los minimice en la anécdota, ni en la minoría. Nada más remoto. Me parece que es a la vez resultado y preludio de algo peor.

Porque ya no voy a entrar en la general y contumaz ceguera política. Una desfachatez  autoimpuesta, repleta de escasez. Mitad vacía y mitad grandilocuente, de estadistas venidos a menos que únicamente miran hacia su lado. Desdeñando los problemas sin ponerse colorados, “trileando” a un elector asqueado y observando impasibles  unas ciudades, un país, al que se le saltan las costuras más elementales mientras ponen en marcha la calculadora electoral.

Que clase de tara condescendiente e insensata hay que tener para no atajar de una vez, y de manera general, tanto desmán, tanto vapuleo. No sé que más tiene que suceder, o a quien le tiene que suceder.

A veces me pregunto si la transición fue tal, si sirvió para algo, para mucho o para poco. O si se ha estado a la altura para mantener y perfeccionar aquel legado. Aunque soy más del argumento basado en la general pérdida de nivel con el resultado de sobres que vuelan, extravío de objetivos y malversación de intereses e intenciones. Aquí da igual todo, solo importa la manteca, que diría el otro.

Y a río revuelto, ya saben… Se nos cuela por las rendijas este camaleónico leninismo populista, revanchista, y facistoide. Erigido sobre  crisis, desesperación y castigo al latrocinio.

Que tiene la especial virtud de estar  siempre del lado del que ofende y agrede cuando este es nacionalsocialista catalán, un “silbahimnos” de cualquier calaña,  agraviador de lo cristiano o  ignaro boicoteador.

Y es que ayer leía a Ussía, ese “medio cántabro” al que tengo en alta estima por su aguzado ingenio, hablando sobre España. Y proclamaba: “Habrá un gobierno de izquierdas. Lo tenemos merecido”. Amén.