Lunes, 18 de diciembre de 2017

Nocturnidad

Entre los muchos placeres que disfruto a lo largo del día, destacaría la observación nocturna del cielo. A pesar de la contaminación lumínica que todo lo invade. Pocas cosas encuentro tan placenteras como sentarme en un lugar lo más oscuro posible y levantar la mirada hacia la parte visible de este universo, pensarlo infinito y disfrutar de saberme parte de él. También he de reconocer que he hecho el amor más de una vez con la Luna: disfrutar del contacto carnal con una mujer teniendo la certeza que nuestro satélite, Selene, nos miraba y sonreía, como no puede ser de otra manera, en esos momentos de goce compartido, entrega y mutua compenetración.

Que la Luna es una parte desgajada de la Tierra es una teoría ampliamente aceptada: cien millones de años después de la formación de nuestro planeta, un cuerpo, del tamaño de Marte, al que se le ha dado el nombre de Theia, impactó contra la Tierra primigenia, arrancando lo que se convertiría en el único satélite natural que poseemos. Desde ese mismo momento, la mutua atracción gravitatoria desencadenó una serie de acontecimientos que favorecieron la aparición de la vida aquí. El primero de ellos fue la disminución de nuestra velocidad de rotación: pasamos de días de 6 horas a los actuales de 24, gracias al freno que supone el movimiento de las mareas; estas mismas mareas, más pronunciadas al principio, por una mayor cercanía lunar, removieron y mezclaron las aguas oceánicas, posibilitando el origen y la evolución de la vida.

Una vida que habría tardado más en aparecer, de haber aparecido, y que sería totalmente distinta a como la conocemos. Además, el efecto de frenado hizo que los vientos provocados por la propia rotación fueran mucho menores: se estima que, si el día durara únicamente 8 horas, los vientos alcanzarían una velocidad entre 160 y 200 kilómetros por hora, es decir, hablaríamos de huracanes permanentes de categoría 2 ó 3, según la escala que utilizamos para su medición, la escala de Saffir-Simpson. También hay que tener en cuenta que, sin la Luna, la inclinación de nuestro eje de rotación no sería estable, lo que traería aparejadas variaciones extremas de temperatura y un clima radicalmente diferente al que conocemos. Y, según algunos autores, hablamos de veranos de más de 100ºC, e inviernos de 80ºC bajo cero.

Observemos la Luna con el respeto que se merece. Incluso si, ahora, desapareciera de repente, una civilización alienígena la pretende para su propio planeta, los cambios serían drásticos y todo se alteraría. Nuestra evolución ha tenido lugar bajo la presencia de la luz lunar, por lo que los ritmos biológicos de casi todas las especies animales y vegetales se romperían totalmente: migraciones, celo, hibernación, etc., abocándonos a la extinción total. Al desaparecer las mareas, las corrientes y flujos marinos también cambiarían, abandonando su comportamiento actual, con lo que tampoco tendríamos refugio en lo que fue, inicialmente, nuestro líquido placentario… otro motivo más para seguir haciendo el amor bajo la mirada de Selene.