Miércoles, 13 de diciembre de 2017

La libertad y la puerta

  El Partido Socialista incluyó el "puerta a puerta" en su propaganda electoral hace casi un cuarto de siglo, estando entonces en el gobierno de la nación. Pedro Sánchez ha añadido un toque de reality show falsamente espontáneo, pero la ocurrencia del efectismo sentimentaloide  y de buen rollo no es nueva. Reproduzco ahora el artículo que publiqué el 26 de noviembre de 1992 en la página 4 de La Gaceta con este mismo título –La libertad y la puerta–. Es mi opinión sobre uno de los riesgos que conlleva el ansia de poder:

      Durante la rueda de prensa que Javier Sáenz Cosculluela, miembro de la Ejecutiva Nacional del PSOE, ofreció en Salamanca [noviembre de 1992] para anunciar la campaña de propaganda "puerta a puerta" quise saber si iban a preguntar a los ciudadanos que visitasen por su grado de afinidad con el partido que los gobierna. Por tres veces evadió responder con un sí o un no. Sabe, naturalmente, que una investigación así roza la Constitución, que dice textualmente que "nadie podrá ser obligado a declararar sobre su ideología, religión o creencias".

       El afán de los promotores de esta campaña –y de quienes no tienen más remedio que secundarla– es presentar la operación de visita domiciliaria como un acercamiento amistoso. Aseguran que no tratan de obligar a nada y que sólo pretenden explicar lo que han sido los diez años de gobierno socialista.

    ¿Es posible que un inconmensurable afán benéfico les haya hecho caer en la ingenuidad? ¿Olvidan, tal vez, que para obligar a alguien a adoptar una actitud no es necesario esgrimir la ley o apuntar con un arma de fuego; que basta con presionar cuando quien presiona es poderoso? Los diccionarios definen el término "obligar", entre otras acepciones, como "ganar la voluntad de uno con beneficio u obsequios" y "hacer fuerza en una cosa para conseguir un efecto". El asunto no radica en que vayan a forzar a nadie a decir nada contra su voluntar. El asunto está en que por el mero hecho de seleccionar a una persona para ser visitada, la sitúa ya como objetivo de una acción que amenaza su libertad y su intimidad personal.

      La Constitución Española dice expresamente que se garantiza el derecho a la intimidad personal y familiar, y que el domicilio es inviolable. Que no vengan con el argumento de que es lícito llamar a las puertas para ofrecer publicidad y propaganda, para vender bienes o servicios o para cumplimentar encuestas. Al margen de la molestia o del agrado con que se puedan recibir tales visitas, ni los repartidores de folletos del supermercado ni los representantes de una marca de aspiradoras, ni los vendedores de enciclopedias, ni los testigos de Jehová... son delegados del poder. Del auténtico poder: de quienes quitan y ponen cargos, encargos y hasta puestos de trabajo. ¿Cuánta libertad les queda a un modesto funcionario o a un pequeño industrial para exponer sus puntos de vista políticos ante ese poder que acredita tenerlos identificados, registrados como abstencionistas y, en el mejor de los casos, bajo la sospecha de "no simpatizar"?

    Como el riesgo de coacción moral es obvio, los partidarios de la campaña tratan de arreglarlo –lo ha aclarado sin ir más lejos el secretario de Organización del PSOE de Salamanca– asegurando que no formularán la pregunta sobre si su interlocutor es "simpatizante, indiferente u hostil", que con "sus opiniones" (las de los militantes visitadores políticos) bastará para rellenar cualquier ficha. Pues resulta que eso todavía es más grave. No sólo se harán fichas ideológicas, en contra del espíritu de la Constitución, sino que se harán en secreto; es decir, sin conocimiento de los visitados, sometidos al criterio arbitrario del cargo o afiliado de turno. Nadie nos explica qué uso se dará de esas fichas. Sáenz de Cosculluela manifestó en Salamanca que no se trata de conocer estadísticas sobre intención de voto, que eso ya lo saben por las encuestas que encargan periódicamente. ¿Cuál es, entonces, el fin?

     No escribo este artículo desinteresadamente. Lo hago para obtener un beneficio. Más exactamente, para prevenir lo que puede ser un muy grave perjuicio. Urge defender la libertad de quienes pueden verse coaccionados porque estoy convencido de que la libertad de los demás es buena para el conjunto de la sociedad y que, por lo tanto, yo saldré beneficiado. Antes de establecerse el Estado de Derecho sufrí en mis propias carnes algunos perjuicios por el hecho de mantener mi independencia. Pues bien, no hace muchos meses he vuelto a sentir la agresión en forma de inquisición profesional y política. No ha sido un asunto grave en sí mismo ni irreparable, más bien una orquestación burda y pueril, pero lo percibo como un síntoma de que el espíritu totalitario no es un invento de alarmistas y desestabilizadores, sino algo próximo y real. Y en materia de libertad, el bienestar es tan frágil que conviene mantenerse alerta ante cualquier amenaza. Los mentores de la campaña ["puerta a puerta" del PSOE] harían bien en reflexionar sobre lo que hace unos días escribió Francisco Umbral: "¿Simpatizante, indiferente u hostil?: Las tres cosas y por ese orden cronológico", vino a decir el escritor madrileño.