Lunes, 18 de diciembre de 2017

El perdón y el amor

 
 “El Señor perdona tu pecado. No morirás” (2 Sam 12,13). Este texto nos remite a un inolvidable drama en cuatro tiempos. La primera escena nos recuerda el doble pecado de David: adulterio y asesinato. La segunda escena recoge la parábola que le cuenta el profeta, la confesión arrepentida del rey y la certeza del perdón de Dios, que le transmite Natán.  
 Con frecuencia pensamos que el Antiguo Testamento nos presenta un Dios vengativo, cuando  la verdad es que él mismo se revela como un Dios compasivo y misericordioso. Como las ideas se quedan en las nubes, los textos de la Primera Alianza nos presentan numerosos iconos humanos que reflejan la bondad divina.
El icono del rey David, pecador e interpelado, arrepentido y perdonado, nos representa a todos. Nuentro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Es decir, la memoria de nuestras faltas. La necesidad de escuchar las exhortaciones a la conversión que recibimos todos los dias. Y el horizonte de perdón y de gracia que Dios abre ante nuestros ojos.
 
EL DESDÉN Y LA GRATITUD
 
El domingo pasado comenzamos a leer la carta de san Pablo a los Gálatas. En el texto que hoy se proclama (Gál 2,16-19.21) se repite hasta tres veces que el  hombre no se justifica por cumplir la Ley de Moisés, sino por creer en Cristo Jesús. Con razón puede exclamar el Apóstol: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quen vive en mí”.
 El que ha sido justificado ha sido rescatado del pecado, ha sido perdonado, ha sido hecho justo. Este don no podemos conseguirlo con nuestras propias fuerzas. Ni siquiera por el cumplimiento de las normas de la Ley. La justificación es totalmente gratuita. No se compra ni siquiera con el amor. Es la gracia de Dios la que nos ayuda a amarle como se debe.
De la Ley y del amor nos habla el texto evangélico de hoy. Por un lado están los fariseos como Simón. Ellos  se consideran como exactos cumplidores de la Ley. Eso les basta, puesto que piensan que no tienen nada que agradecer a Dios. Ante Jesús solo sienten curiosidad y desdén.  Por el otro lado hay una mujer pecadora. Ella piensa que nada la justifica ante Dios. Ha recibido su perdón en gratuidad. Por eso lo agradece con gestos que revelan su amor y  su gratitud.
 
 GESTOS Y VALORES
 
Hay un fuerte contraste entre el fariseo que ha invitado a Jesús a comer con él y la mujer que, sin ser invitada al banquete, llega hasta Jesús para realizar los signos de su veneración. Así lo constata Jesús, subrayando tres gestos con tres palabras clave. He ahí tres valores con frecuencia olvidados en nuestra cultura.
• El agua para los pies. Un signo imprescindible ante el huésped que llega de camino. Con él se refleja el valor de la hospitalidad que ha de sustituir a la indiferencia actual.
• El beso de acogida. El saludo habitual que sella el encuentro de la amistad. Con él se nos invita hoy a recuperar el valor de la confianza entre los hermanos.
• La unción.  Con ella se acompañaba el rito de la consagración de los elegidos. Con este signo se expresa hoy la necesidad de reconocer el honor debido a la persona.
 - Señor Jesús, tú nos recuerdas que sólo quien se sabe perdonado es capaz de mostrar amor. No permitas que caigamos en la mentira de considerarnos perfectos. Todos necesitamos el don de tu misericordia. Bendito seas, Señor. 
                                                                                       José-Román Flecha Andrés

 

DAR DE BEBER AL SEDIENTO
 
 1. Junto al azote del hambre, la lista de las obras de misericordia menciona también la  amenaza de la sed.  La  industria y la moderna urbanización han requerido grandes cantidades de agua.
Algunos pueblos y algunas regiones de un mismo país, desvían el curso de los ríos e impiden a sus vecinos un suministro de aguas como el suyo. Algunos conflictos están ya siendo motivados por el deseo de controlar el abastecimiento de aguas.
Hasta hace poco podíamos ofrecer un vaso de agua fresca a quien lo pedía.  Hoy, las grandes empresas multinacionales han privatizado el agua de los manantiales. El agua se ha comercializado y se ha encarecido notablemente.
  Todos los pueblos tienen derecho al suministro de aguas limpias e incontaminadas. Y todos tenemos el deber de utilizar las aguas con responsabilidad. 
Así pues, esta segunda obra de misericordia alcanza dimensiones nuevas que trascienden la buena voluntad de las personas individuales.
 
2. En la literatura sapiencial se dice que “el hombre generoso prosperará, quien sacia la sed será saciado” (Prov 11,25). 
  Junto al pozo de Jacob Jesús inicia el diálogo con la samaritana, confesando su propia sed: “Dame de beber” (Jn 4,7). De esa petición Jesús pasa a ofrecer una promesa: El que beba del agua que él dará nunca más tendrá sed (Jn 4,14).
  Durante la fiesta de las Cabañas Jesús exclamó: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba el que cree en mí. Como dice la Escritura, de su seno brotarán torrentes de agua viva” (7,37-38). El que daba el pan de la vida, ofrece también el agua de la vida. Sólo su palabra puede calmar la sed.
Según la profecía de Jesús, seremos evaluados en el juicio final por haber dado de beber al sediento o haberle negado esa ayuda (Mt 25, 35.37).
 
3. En su encíclica Laudato si’, sobre el cuidado de la casa común, el papa Francisco afirma que “el agua es un recurso escaso e indispensable y es un derecho fundamental que condiciona el ejercicio de unos derechos humanos” (LS 185).
Esta obra de misericordia se ha convertido hoy en una obra de justicia social. Entre las causas que contribuyen a mantener el subdesarrollo y la pobreza en el mundo, está la falta de agua potable. Los desiertos avanzan. Y los pobres son los más perjudicados por los cambios que  causamos o no evitamos en la creación.
 Ahora bien, la experiencia humana de la sed nos lleva, ante todo, a confesar que Dios es la meta de toda verdadera aspiración humana. De paso, nos lleva a la contemplación agradecida por el don de la fe que Dios nos ha otorgado por Jesucristo. Y a seguir a Jesucristo e imitar al que nos ha ofrecido el agua de la vida.
                                                                               José-Román Flecha Andrés