Sábado, 16 de diciembre de 2017

Cada momento es un tesoro 

Un rey recibió de un ermitaño la respuesta sabia para poder saber cual era el momento más oportuno, el hombre más necesario y la obra más importante.

“Acuérdate, dijo el ermitaño, de que el tiempo más oportuno es el único inmediato, y es el más importante, porque es solamente en tal momento cuando somos amos de nosotros mimos ; y el hombre más necesario es aquel a quien se encuentra en este momento. Y la obra más importante es la de hacer el bien”.

  “El tiempo más oportuno es el único inmediato y es el más importante. Y la obra más importante es la de hacer el bien”.

  Jesús, pasó haciendo el bien sobre la tierra, vivió y enseñó a vivir en el aquí y en el ahora, confiando totalmente en Dios. Nos recomendó el no agobiarnos por la vida pensando qué vamos a comer o qué vamos a beber. Tampoco conviene  preocuparse por el mañana, pues basta a cada día su propio agobio. En estos nos dan ejemplo los niños. El niño vive y se entrega con toda el alma al momento presente. Para entender a Dios, para acoger el Reino hay que vivir y entregarse al ahora, tener la sencillez de un niño.

Ahora sí, el momento presente hay que vivirlo en actitud vigilante, con las lámparas encendidas, para cuando llegue, abrirle cuando llame. Hay que estar alerta como cuando se espera la visita de un ladrón .

Sin duda que lo más importante es amar. El hacer el bien se traduce en las obras de caridad. Cada día Dios sigue llamando por medio de los necesitados y sólo los que lo escuchan y practican las obras de misericordia (Mt 25.35-45) heredarán el Reino y serán por siempre benditos.

Tenemos que vivir en el aquí y en el ahora. Ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Cada momento y cada acontecimiento de nuestra existencia se convierten en una manifestación amorosa de Dios, cuando se vive desde la fe. Cuando se ve con los ojos de la fe o se mira con el corazón. Dios se adueña de éste y se obtiene una visión esencial de las cosas, importando sólo el Reino de Dios y gozándose en cada minuto con lo que sucede.

Viviendo en Dios, todo sabe y habla de Dios. Es entonces cuando desaparecen los miles de interrogantes y las preocupaciones febriles del activismo, viviendo en el hoy, amando y sirviendo con el amor que Dios ha infundido en nuestras vidas.

Es esta actitud contemplativa de Dios la que lleva a vivir en continua sorpresa. Todo suena nuevo: el amanecer, el cielo, la tierra. Y, desde el silencio y el abandono en Dios, todo habla de Dios. Dios habla nos habla de mil modos y maneras y lo hace según la capacidad de escucha que tiene cada uno.