Miércoles, 13 de diciembre de 2017

San Juan y los cuatro puntos cardinales

Puede ser un juego interesante. ¿Valdría san Juan -su vida, sus obras y hasta su muerte- para fijar hoy los cuatro puntos cardinales de esta ciudad de Salamanca y sus alrededores? La pregunta es buena, pero no sé si lo es la respuesta que propone el artículo...

Juan González Castillo, alguna vez Martínez por parte de su madre, vino a Salamanca a estudiar cánones en el colegio de San Bartolomé en 1457 cuando tenía 38 años de edad y seis más tarde, acabados los estudios y con diversos servicios pastorales cumplidos,  por mayor fidelidad al evangelio se hizo religioso Agustino con el nombre de Fray Juan de Sahagún, su lugar de nacimiento, después de dar sus bienes a los pobres. Se dedica sobre todo a la predicación y pronto fue reconocida su capacidad para ese servicio de la Palabra y su valentía para denunciar las banderías que dividían la población en aquel siglo XV y las situaciones de malas conductas públicas sin miedo ni rebajas. Fue nombrado por el Cabildo Predicador de la ciudad y acabó siendo elegido superior del gran Convento de los Agustinos. Tenía especial devoción a la Eucaristía y sus celebraciones solían ser demasiado largas especialmente cuando eran sin fieles asistentes, de forma que nadie quería ser su monaguillo. Murió envenenado a los 58 años edad en plena acción pastoral y parece probable que lo fue por una señora que se sintió ofendida y muy perjudicada con su predicación al denunciar abusos e inmoralidades que tocaban de cerca a altos cargos de la ciudad.

Se recuerdan en su vida, con mejor o peor exactitud histórica, muchos hechos milagrosos; entre los más conocidos el gesto de sacar a un niño de un pozo, amarillo por las hierbas en la superficie del agua, con la ayuda de su cinturón agustino que se alargó y alargó hasta llegar al fondo del pozo. O el otro, más espectacular, de aquel toro desmandado que subía bravo y amenazador por la Puerta del río haciendo huir a toda clase de gente. Juan se plantó en la mitad de la calle, levantó el brazo y dijo con voz fuerte: “Tente, necio” y el toro se amansó y desde entonces, dicen, la calle así se llama. Es justo recordar que igual gesta se atribuye en circunstancias parecidas a San Francisco Solano allá por las misiones de Gran Chaco y a San Pedro Regalado en Valladolid, que por eso es patrón de los toreros. Sin olvidar el milagro social de San Juan al apaciguar los bandos que dividían violentamente a las familias nobles de la ciudad; el fin de los enfrentamientos y la firma de la paz los recordaría la hermosa inscripción, entonces y ahora de actualidad ciudadana, que adorna la portada de la casa nº 90 de la calle San Pablo: IRA ODIUM GENERAT, CONCORDIA NUTRIT AMOREM. Exacto.

Y entre estos datos y otros que lógicamente aquí no caben sobresalen cuatro puntos, bien cardinales, para asentar la convivencia de una ciudad. Y San Juan, patrono fiel, tendría que acompañarnos a los salmantinos para conseguirlos y mantenerlos. Podrían ser estos.

La convivencia ciudadana en la Salamanca de hoy y en sus alrededores, con su iniquidad diaria, sus discriminaciones en casi todo, con tan injusto justo reparto de posibilidades, con demasiados egoísmos y desamores… está muy lejos de lo que san Juan querría sin duda para su ciudad de adopción; y esas cuestiones deberían ser en estos días promesa seria de políticos y empeño diario de todos los salmantinos. Que él, buen patrono, se nos una para una ciudad más abierta a todos y más acogedora y justa para cada uno de sus habitantes, sin bandos ni injusticias. Es éste uno de los puntos cardinales.

El segundo puede ser, y debe serlo, ese nivel, alto y evitable, de hostilidad, de rechazo y descalificación que se nos cuela en casi todo y en cualquier nivel de convivencia que se analice. Es verdad que todos los medios a nuestro alcance nos arman con argumentos, casi siempre interesados y manipuladores, para enfrentarnos a los demás, quienes sean, que eso quizás está por ver. Y en tiempos de elecciones esa desviación ciudadana, enfermiza y casi siempre dirigida, se da con especial virulencia. Cada ciudadano, cada grupo y cada colectivo debería hacer una visita curativa a la Puerta del río y de la mano del Santo decirse a sí mismo: “Tente, necio” y deponer todas las armas. Y con la ayuda de San Juan hacer otra ciudad por dentro.

El tercer punto cardinal para una ciudad moderna y humana sería el eco de lo del pozo y el cinturón del fraile agustino. ¡Si todos, personas y grupos, nos echáramos una mano para salir de cualquier pozo de la vida! ¡Qué ciudad apacible y enhechizadora  -ahora sí- sería la nuestra! Y esto no se logra con bandos municipales ni con invitaciones pastorales diocesanas ni con carteles políticos con sus frases de reforma. No. Esa ciudad, que pueda enhechizar al ciudadano y al visitante, solidaria y apacible, es obra de todos, sea ciudadano de a pie, joven de recorrido nocturno, político de turno, obispo residente o escritor de diario. Y san Juan bien debiera echarnos en esto su mano de santo. Es éste un buen punto cardinal para controlar los vientos de una ciudad moderna.

Y no por ser el último es éste, el cuarto, el punto menos cardinal, menos central y fundante. Me refiero a aquel aspecto tan primordial en la vida y milagros (nunca mejor dicho) de San Juan: su fe cristiana, su devoción al celebrarla y su valentía al proclamarla en medio de la ciudad. Ahí es nada. Y en eso insiste una y otra vez el papa Francisco: Dios en el corazón de la ciudad. Pues en eso anda ahora la Iglesia salmantina, en Asamblea diocesana para ver mejor los medios y modos de hacer esas tres cosas, tan de siempre y tan de mañana mismo: vivir, celebrar y anunciar en medio de la ciudad y por los caminos del campo. Que San Juan nos ayude a dar realismo y valentía a nuestra Asamblea diocesana y por eso me atrevo a señalarlo ya desde ahora como Miembro de Honor de la Asamblea. Y que participe como un asambleísta más. Nos hará falta y él, que nos sigue de cerca, lo sabe bien…

Ahí queda san Juan,  gestor de paz, pacificador ciudadano, ayudador del más desvalido y cristiano coherente y fiel; son sus cuatro puntos cardinales para situar acertadamente la vida y la convivencia de una ciudad hoy.

¡Por algo lo eligieron como patrono nuestros antepasados!