Lunes, 11 de diciembre de 2017

Médecin de campagne

Acostumbrado el gran público a que el cine y la televisión le cuenten historias de médicos indefectiblemente traspasadas por el fragor de un macro-hospital, la espectacularidad del diagnóstico cuasi detectivesco o la concurrencia de unos cuantos ingredientes propios del culebrón (sin herpes zoster de por medio), sorprende gratamente que llegue a la cartelera el título francés “Médecin de campagne” (en España, “Un doctor en la campiña”). Su director, Thomas Lilti, médico a su vez, realizó previamente “Hipócrates”.

 

El doctor Werner, magníficamente interpretado por François Cluzet, no lidia con las penurias del lejano Oeste como la doctora Queen, ni pasa tanto frío como el doctor Joel Fleischman en Alaska, ni goza de las preciosas vistas del doctor Mateo, ni nos cita cada martes en su consulta de Ballesol/Telecinco como hacía el doctor Nacho Martín. Jean Pierre pasa visita en la campiña francesa. Recibe en su casa y es recibido por sus vecinos en las suyas. Vive entre ellos. Vive de ellos. Vive para ellos. Y así, en una secuencia cotidiana de encuentros, se va encontrando y desencontrando consigo mismo. La enfermedad ajena no le ha servido para aprender la propia, ratificando una vez más que no hay enfermedades sino enfermos.

 

La película gala, en su sencillez y profundidad, es una de esas que refleja la vida normal de la gente normal tal y como es, con un interesante apunte sobre la relevancia de la presencia/ausencia de la sanidad en el presente y futuro de las comarcas con menor densidad de la población. Se ciñe a la realidad francesa pero, en parte, se puede aplicar a España. Quizá si se acerca a la sala algún estudiante de Medicina se suscite en él la vocación por la Medicina Familiar y Comunitaria, tan ignorada en las facultades, y ejerza luego, con gusto y provecho, la medicina rural. De rebote y sin buscarla, como le ocurre a Nathalie, la doctora Delezia, también es posible enamorarse de ella.

 

Un enamoramiento que permanece y se sosiega en el transitar de los días. Los mismos rostros, apacibles o en padecimiento. Las mismas rutas, bajo el sol o entre brumas. Las mismas narraciones de los mismos síntomas, floridos o latentes, con las mismas palabras. Lo mismo siempre… y tan distinto, como es igual y diferente la vida al discurrir las edades y la campiña al sucederse las estaciones.